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La Coctelera

palosanto

24 Enero 2012

EL ATAQUE. Cuento ganador del concurso - Hamburgo 2002 - de la sociedad Lietararia de lengua castellana

CUENTO DE IVO MORÁN

El ataque duró minutos. Los soldados entraron a la pequeña aldea y dejaron todo prácticamente en ruinas. Columnas de humo se levantaban silenciosas hacia el cielo azul y brillante. El primer grupo fue entrando de casa en casa, sólo se escuchaban disparos. A los pocos minutos, los más aviesos sacaron de las casas, a rastras, cuerpos inertes de hombres masacrados. Zoran estaba escondido en el desván de su casa y escuchaba los gritos desaforados de los comandantes ordenando matar. Las mujeres eran arrastradas con brutalidad hasta el medio de la plaza y allí, humilladas. Los niños y niñas que quedaban, formaron fila frente a las mujeres aterrorizadas. Mientras, Zoran temblaba en su escondrijo, y al mismo tiempo, sentía deseos de salir y encarar a los soldados, mirarles a los ojos y preguntarles antes de que jalen el gatillo – por qué nos matan?.- Los militares separaron a los niños de las niñas y los llevaron hasta unos muros, allí los ejecutaron sin contemplación. La respiración de Zoran era de locomotora, escuchaba balazos y gritos, el corazón quería salirse de su pecho. Estaba aterrorizado. De pronto, las pisadas de los soldados se sintieron dentro de su casa. No habían encontrado a nadie allí. – No puede ser!, vocifero un capitán, aquí tiene que haber alguien. La milicia empezó a remover todo, levantaron las camas y finalmente, un solado rompió la puerta del desván. Zoran cerró los ojos y dio gracias a Dios que su familia había salido de la aldea. El soldado que lo halló, lo encontró de cuclillas, acurrucado, tapándose la cabeza, en ese instante, los demás soldados habían abandonado la casa.

El cañón de la automática recorrió la cabeza de Zoran. Era momento de despedirse de la vida. Apretó los dientes y el soldado también apretó los dientes dispuesto a jalar el gatillo. Zoran sabía que iba a morir. Imprevisiblemente se levantó perdiendo todo signo de temor y exclamó mirando directamente al soldado: Por qué me matas? qué te he hecho?. Hablamos el mismo idioma, vivimos en un mundo común, y somos hombres de carne y hueso, por qué me matas?. El soldado poseía en ese instante el poder de dios, el poder de la vida y la muerte, todo resumido en una bala.- te mato porque tengo órdenes que cumplir.- explicó nervioso; era un joven, de unos 20 años. Zoran sintió la vibración de inseguridad de su verdugo y dijo decidido:- si me matas, nunca conocerás los secretos de la alfombra mágica. Estás concientizado y te han cegado ante un mundo que cambia. El joven soldado rastrilló el arma dirigiendo nuevamente el cañón a la cabeza de su víctima. –Lo siento, debo matarte.- .-No lo hagas!- suplicó Zoran- -Dame un motivo- preguntó el soldado -La alfombra mágica,-contesto el prisionero- déjame enseñártela y verás que estás engañado por tus jefes.- El soldado dudó, bajo el arma y con un gesto siguió a Zoran. En una de las habitaciones, entre todo el desorden, se encontraba la alfombra mágica: Esta es una alfombra virtual, vuela a la velocidad del pensamiento y nos permite vivir en todo el mundo. Zoran puso en marcha el artilugio, y sin equipaje, ambos estaban en países lejanos, segundos después, se enteraban lo que ocurría en el Canadá, en México, en el Japón. -Hemos perdido la inocencia, pero al final nos hemos vuelto un grupo étnico itinerante que puede abandonar este reducto de mierda, este agujero de muerte. Con esta alfombra de imágenes, te puedes trasladar por el mundo entero, y entender que ya todos pertenecemos a un solo mundo global, unido por las culturas, por maravillas y tinieblas. Si recorres las casas, verás que cada una tiene una alfombra mágica, y mientras que vosotros nos atacabais, los mensajes han volado a todo el mundo y no podrán ocultar esta matanza. Tarde o temprano, serás juzgado y terminarás pagando tu estupidez. Desde aquí, en esta aldea, estamos comunicados con el mundo.- Antes que Zoran termine de hablar, una bala destrozó su cráneo. Un comandante buscó al soldado y lo halló volando en la alfombra.- Qué haces?- preguntó el oficial mirando a Zoran en un charco de sangre tendido muerto al lado del joven. Yo? volando por el mundo antes que nos hagan pagar nuestros crímenes, hemos llegado a una aldea global, y no contamos con eso, estamos perdidos...

 

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23 Marzo 2011

Desenterrando muertos

Hace poco, en una narración referí el hallazgo de un cementerio preincaico cerca de Las Palmas en la Playa de Asia, hallazgo que fue hecho gracias a una misteriosa sombra que cruzó rauda nuestro camino sin haber dejado huella alguna sobre la tierra del lugar. Aunque quien escuche lo que relato piense que la historia es inverosímil, debo decir que es absolutamente cierta, y que por más estrambótica y original que suene, sucedió. Dejo pues, a guisa del lector, el creer o no creer.

Uno de los más entusiasmados en el descubrimiento del cementerio preincaico fue mi hermano Oscar. A diferencia de los demás jóvenes de su edad, acusó siempre desde su infancia el interés por la ciencia, la historia y la cultura en general; pasaba los días estudiando y leyendo, aderezando esos momentos con la deliciosa música clásica; razón de sobra que hizo que se interesara en lo que relataré a continuación

Durante la noche, estuvimos conversando con mi padre, quien aseveró que era muy probable que los restos que habíamos encontrado sobre la arena, fuesen preincaicos y pertenecientes a alguna cultura rudimentaria que ni se conocía.

- La riqueza de la cultura Paracas no la encontrarán allí – refirió – porque generalmente donde hay objetos arqueológicos de valor, ya pasó la mano del huaquero depredador, del expoliador de la cultura. Yo me inclino a pensar que se trata de algún vestigio de la cultura Chilca, en su fase temprana -

A mi padre, no había que discutirle sobre culturas preincaicas o la historia precolombina, él, conocía mejor que nadie la historia, y definía de inmediato a qué cultura pertenecía una pieza de cerámica preincaica.

A la mañana siguiente, después del desayuno con tamales de Mala y el pan de la antigua panadería del pueblo, cargamos una carretilla con azadas, palas, picos y rastrillos. Nos ataviamos de la ropa más vieja que encontramos para dirigirnos a la duna donde hallamos los restos óseos.

Entre duna y duna, un polvillo marrón amarillento se levantaba inquieto, y en algunas partes, estaba endurecido. Las dunas florecían en esa tierra por efecto de la arena que traía el viento del mar. Localizados los restos empezamos a cavar: de inmediato, y tras dos o tres palazos extrayendo abundante arena que depositábamos al lado del agujero, advertimos que la arena se desvanecía y en su lugar emergía un tipo de tierra diferente, entonces cavamos con más fuerza: pronto dimos con una capa de tierra endurecida aparentemente con sal, y el color de la tierra se iba tornando más oscuro aún.  Mi hermano, a quien nunca se le discutía una hipótesis, exclamó con firmeza

- ¡Alto! -  dejen de cavar -

Nos detuvimos. Respiró con pausa científica, observó circunspecto el agujero y se acercó mirando detenidamente las capas de tierra que habían quedado expuestas al borde: efectivamente, se podía ver claramente que cada capa formaba un estrato diferente, con colores diversos y compuestas de restos de valvas marinas, y lo que parecía ser tierra que no pertenecía en apariencia al lugar. Lo que nos llamó la atención, fue, que como indiqué antes, las dunas estaba formadas por efecto del viento y la arena traída del mar, por lo menos eso creíamos. Sin embargo, no podría haber sido así, porque si se enterraron seres humanos hacía unos cuantos cientos de años sobre el nivel de tierra del suelo, y las tumbas estaban enmascaradas por las dunas, algo había habido allí, quizá una construcción, una huaca, o sea un sepulcro  preincaico, el cual, por efecto del viento, había sido cubierto por una duna, indicio que no descartaba la hipótesis que los cientos de dunas que se extendían a lo largo de tres o cuatro kilómetros hasta llegar cerca del pueblo de Asia, no eran más que simples dunas. Una vez hecha la observación, Oscar ordenó nuevamente que caváramos. Tanto mi amigo Carlos como yo, estaba emocionado con la búsqueda, y por mi parte, sentía una misteriosa y desconocida sensación al pensar en desenterrar un muerto rodeado de piezas arqueológicas, o quizá, un tesoro.  Cavamos un poco más, hasta que la capa de tierra se endureció demasiado y cada palazo hacía que nos vibren todos lo huesos.

- Con el pico huevón - ordenó mi hermano que más parecía director de orquesta

Tomamos un pico cada uno y empezamos a romper aquel sustrato de tierra endurecida. Dimos varios golpes: uno, dos, tres, cuatro hasta que la porción de tierra endurecida que formaba aquel sustrato protector, se resquebrajó como si fuera un gran piso de cerámica. El diámetro del agujero ya era mayor, tendría un metro y medio.

- Hay que anchar el agujero – ordenó nuevamente el director

Nos pusimos manos a la obra, y fuimos retirando la tierra de los bordes con cuidado.

- Tenemos que ver si ese piso de tierra dura continúa en toda esta superficie - explicó Oscar señalando la superficie de la parte alta de la duna

Efectivamente, aquella porción de tierra sólida, continuaba por abajo.

- Bien ahora saquen esos pedazos de tierra endurecida.- dijo  mi hermano

Ya habíamos cavado bastante, a una profundidad de casi metro y medio. Oscar se encontraba arriba y seguía dándonos las órdenes de cómo y de qué lado cavar.

- Oye, por qué eres tan conchudo y no te pones a cavar con nosotros, te crees jefe

- increpe

- ¡No seas huevón! – Corrigió - si me pongo a cavar con ustedes, no puedo controlar que no lo rompan todo. Imagínate si hay un huaco valioso allí, y tú lo partes en pedazos, la cagas. ¿Entiendes? Entonces, si quieres participar en el descubrimiento, cállate y sigue el trabajo, luego bajaré yo a hacer el trabajo delicado -

Aunque me molestaba la forma con la que se dirigía a nosotros, la explicación tenía cierta coherencia. Carlos no dijo nada y con la mirada me invitó a seguir con la tarea.

Bajo la tierra endurecida,  apreció una especie de arenilla mezclada con tierra, valvas marinas y lo que parecía diminuta limadura de plata, o de algún metal.

Cuando retiramos todas la partes endurecidas, desde arriba, mi hermano me pasó el rastrillo diciendo:

- Listo. Ahora, muy despacio, vayan moviendo esa tierra.-

Pronto empezaron a emerger pedazos de caña puestas de forma paralela emplazas en un relativo orden, entonces, en ese instante, Oscar saltó al interior del agujero

- Miren par de babosos, ahora, hay que sacar las cañas despacio para ver qué hay abajo -

Solía siempre responder las afrentas del sabelotodo, no obstante, muchas veces, cuando el tema me interesaba, cerraba la boca y no le daba la contra para poder averiguar lo que me llamara la atención.

Ya en el interior, mi hermano extrajo una brocha de su bolsillo, y con los ademanes de un verdadero arqueólogo, barrió delicadamente la tierra entre las cañas. Se tomó todo el tiempo del mundo mientras que nosotros impacientes esperábamos arrancarlas para ver que diablos había abajo. Limpió y limpió profundizando el trabajo. Luego tomó nuevamente de su bolsillo un cortaplumas y abrió las cañas con la desilusión que bajo ellas no había ningún tipo de cavidad hueca como esperábamos. Durante todo el procedimiento de limpieza, mi imaginación voló literalmente: Imaginaba una bóveda fúnebre subterránea como las que había visto en el libro de historia del colegio, esas que pertenecían a la necrópolis de Paracas. Imaginé bajar a ella, colgado de una larga cuerda y abajo hallar sendos fardos con momias en su interior, todo rodeado de huacos, oro, y telas maravillosas.-

- Puta madre, aquí no hay nada, hay más tierra bajo las cañas, hay que seguir cavando - rompió mi viaje imaginario

Oscar tomó el pico, y arranco de cuajo las cañas: bajo ellas había un tipo de tierra más densa que no estaba compactada, pedazos de tela y lo que nos pareció pedazos de redes.

- Un momento – exclamó

De inmediato se acercó y tomó con la mano unos  pedazos de tela, y lo que parecía ser un pedazo de red.

- Miren, aquí ha habido gente que pescaba. Es interesante, las culturas primitivas de esa región, vivían de la pesca, es posible que el mar haya llegado hasta aquí, pero antes de que haya habido algún entierro, por eso la arena está llena de pedacitos de conchas.-

Oscar se sumió en un indescifrable silencio que rompió sobresaltándonos

- A cavar -

De inmediato tomé la pala y Carlos la azada y nos pusimos a cavar, uno, dos tres cuatro palazos extrayendo más tierra, más oscura y con un olor diferente. Los olores de la tierra siempre me llamaron la atención, y aquel olor lo recordaré toda la vida. Se trataba de un aroma a tiempo, a vida extinguida, a existencia pasada que estimulaba mis sentidos y disparaba mi fantasía: imaginaba a aquella gente, vestida como los había visto en los libros de historia, cargando vasijas, vestidos como en esa época caminado por la playa hace mil años, llorando a sus muertos en un cortejo fúnebre que se esfumaba en la bruma marina.

- Qué tanto piensas huevón hay que cavar - y se puso a cavar con nosotros. Dimos más palazos hasta que un pedazo inmenso de tela afloró entre la tierra y de inmediato saltaron un montón de costillas humanas.

- Lo encontramos, lo encontramos – grité

- No hemos encontrando nada huevón, es un pedazo de fardo, pero está todo roto. Esto ha sido una cultura muy primitiva- explicó

Seguimos cavando, con más cuidado. En un momento fue mi hermano el que iba cavando con una pequeña pala de jardinería que trajo en la carretilla, e iba sacando el polvo y la tierra con la brocha que extrajo. Advertí que los huesos estaban rodeados de tierra adherida a ellos, endurecida, y mi hermano empezaba a desenterrar el esqueleto siguiendo una línea lógica.

- Sí, aquí están las costillas, miren... – las costillas se desparramaban entre la tierra, entonces vimos que la columna vertebral, estaba allí, armada y atrapada en la misma tierra, pero no envuelta en la tela; la tela, marrón percudido, hecha jirones, se entrelazaba sin prolijidad alguna entre algunos de los huesos que nos se encontraban adheridos a la tierra, mas bien estaban sueltos. Luego siguió hasta llegar a la parte de las vértebras lumbares, y finalmente encontramos el iliaco, la pelvis seguida por los fémures.

- Vamos a buscar el cráneo - dijo y se puso a desenterrar con cuidado la parte más alta de la columna, hasta llegar a las cervicales, vimos el húmero, el cúbito. Los dos omóplatos y el radio fijos en la tierra endurecida y de un momento a otro, Oscar, descubrió la cabeza, enterrada y fija en la tierra, con la boca abierta, o sea el maxilar inferior abierto, como si el cadáver hubiera gritado en el momento que lo sacamos de su paz eterna. Percibí su queja, e imaginé a la persona que vivió en él, su carne, su mirada, su clamor, pensé que lloraba desde la eternidad porque lo sacábamos de su propia paz. Enmudecí. Cuando vi ese cráneo, sus órbitas oculares llenas de tierra, el cabello tenuemente adherido en los temporales, y los dientes, las muelas prolijamente limpias, exentas de caries, quedé impresionado. Carlitos estaba atónito y Oscar sonreía viendo nuestras caras.

- A ver - dijo y sacó la cabeza tomándola con ambas manos  frente a él y sosteniéndola nos miró con sorna y recitó:  “To be or no to be that is the question - y se echó a reír para acotar: Hamblet de Shakeaspeare, bestias. Bueno vamos a ver que comía este caballero, acto seguido, sacó el maxilar: nos enseñó las muelas, sin caries, limpias, y explicó:

- Estos señores comían pura verdura, y pescado, miren las muelas, y los dientes, están muy planos -

Ese día cavamos y cavamos en toda la superficie de la duna, habíamos pasado cerca de cuatro horas allí, y desenterramos tres cuerpos, y sólo pudimos hallar pedazos de cerámicas y una cerámica diminuta con diferente agujerillos de diversos  diámetro, pedazos de redes y lo que fue algo de maíz esparcido, u otros elementos que no estudiamos al detalle. Durante todo el procedimiento de búsqueda, con trece años, el hecho de sacar cráneos humanos y verlos con la boca abierta, clavados en lo que debe haber sido una especie de barro, y rodeados con telas hechas jirones, resultaba alucinante. Oscar por su lado llegó a la conclusión que ya era hora de retirarse.

- Me llevaré este cráneo, los otros dos, hay que volverlos a enterrar. Este me servirá para llevar a la facultad de medicina – informó

De regreso, Oscar se encargó de darle el reporte a mis padres, mientras que nosotros salimos a la parte de atrás de la casa a disparar con la carabina 22, solíamos poner latas a determinada distancia y hacer tiro al blanco. Ya de regreso y al entrar en nuestra habitación, vimos el cráneo, que en aquel entonces llamaba la calavera, sobre la mesa de noche. Mi hermano había tomado una cierra y le había cortado la parte superior de la cabeza para poder analizar su interior. Al destaparla, vimos un llavero en su interior apoyado sobre el agujero occipital, escudriñé el interior y observé interesado los orificios diminutos que habían dejado sobre el hueso las arterias y las venas que recorren el cerebro. Quedé desconcertado, y antes que preguntara apareció y nos dijo:

- Es para estudiar el interior. Miren – y señaló – esta es la silla turca, aquí se aloja la glándula hipófisis, una amiga que tienen en las cabezotas para que no se queden enanos. Y miren, por aquí entra el bulbo raquídeo. Luego levantó la cabeza que se apoyaba sobre la mandíbula sosteniéndola por la parte posterior y con la mano izquierda movió la mandíbula inferior haciendo hablar al cráneo modulando su voz de forma grave y cadenciosa: esta noche, ustedes que han profanado mi tumba, verán, les vendré a jalar los pies, les partiré el culo, par de huevones consumados, prepárense que estaré aquí a las doce, mi propio espíritu no los dejará.- y rompió en una carcajada

Pasamos la tarde corriendo por la playa y respirando la bruma invernal de la orilla, correteando a los carreteros para capturarlos y sostenerlos frente a frente propiciando una especie de combate entre ellos, un entretenimiento bastante salvaje propio de la juventud: hoy en día, no llego a entender ciertas diversiones que han quedado registradas en el recuerdo del tiempo, imagino, pertenece a mí mismo dentro de la otra persona que fui.

Al llegar la noche, estábamos extenuados, mi madre nos obligó a meternos en la ducha y nos dio una barra de jabón carbólico a cada uno. Llegada la hora de la cena nos sentamos todos a cenar y comentamos la jornada. Mi padre había estado pescando con el espinel y cenábamos una cojinova frita pescada por él y un  arroz con machas  compradas a los macheros que depredaban el mar sin control alguno, extrayéndolas con tractores y camiones, una verdadera locura. Durante la cena charlamos del gran descubrimiento, y mi padre nos informó que no había nada más que buscar allí, que dejemos en paz esas tumbas y mejor, juguemos al frontón, vayamos de cacería o lo acompañemos a pescar. MI hermano estaba totalmente de acuerdo.

- Papa, sólo voy a ir una vez más a sacar unos cuantos huesos que me servirán para llevar a la facultad -

- Mi padre quedó pensativo mientras mi madre servía, y sentenció:

Hazlo, pero dejen esas tumbas en paz.

Es noche ya tarde, se apagó el petromax y quedaron los lamparines de kerosene encendidos. Su iluminación amarilla, el silencio del exterior, el aullar del viento en el techo de Eternit de la casa y en las ranuras de los vitroven, le daba al ambiente un halo misterioso. Nos pusimos a jugar al ajedrez, primero yo con Carlos y el ganador con mi hermano. Aquel fin de semana, no había ni un alma en el balneario, en realidad poca gente solía ir en el invierno, y los que coincidían con nuestra familia, no llegaron. La noche estaba muy oscura, y, contrariando nuestra costumbre de corretear entre las casa con las linternas a pilas, depusimos la idea: nos infundía cierto temor la actividad que habíamos llevado a cabo toda la mañana.

Finalmente nos metimos a la cama, intercambiamos un poco de insultos con mi hermano, y quedamos profundamente dormidos. No sé que hora sería, me desperté para ir al baño: mi padre solía dejar el lamparín de kerosene encendido toda la noche en nuestro baño.  Crucé el pasadizo y eché una extensa micción,  regresé a mi cama arropándome entre las frazadas, hacía frió esa noche. Siempre tuve un temor desconocido a mirar por la ventana en las noches muy oscuras, especialmente en la casa de la playa; la parte posterior se hallaba baldía, con los surcos de los cultivos que alguna vez llegaron hasta allí, y a tan sólo cien metros, se erguía vetusta una antigua plaza de toros con las paredes ampolladas donde llegaban los mejores toreros españoles a deleitar a la oligarquía limeña más exclusiva, que acudía a las fiestas de Galesse, quien fue el propietario del Fundo las Palmas y fundador del Club y balneario con el mismo nombre. La oscuridad me intimaba, imaginaba que alguien aparecería allí con un rostro brillante, me levanté y cerré lo más que pude las cortinas, en el momento que regresé a la cama, sentí pasos en el exterior de la habitación, justo en el pasadizo: eran pasos lentos como si alguien arrastrara los pies.  Tomé una linterna diminuta que dejábamos sobre la mesa de noche y salí al exterior de la habitación. Pensé en mi ahijada, cuya historia no viene al caso contar, tenía dos años y dormía en la habitación para huéspedes. Justamente tenía un pijama con zapatos y una especie de cuerina en sus plantas. Convencido que se había levantado, me dispuse  avisarle a mi madre que la niña caminaba en el pasadizo, y al salir, me encontré frente a frente con mi madre. Ella encogió los hombros y preguntó:

-¿ Es la bebé? –

- No sé, creo que era ella – informé

Yo me encontraba parado al lado de la puerta de la habitación de huéspedes, entonces empujé la puerta que estaba entornada y lo primero que divisé fue a la niña plácidamente dormida. Me volví y le dije a mi madre:

- Está dormida, de repente se regresó a la cama-

- Seguro – repuso ella

De pronto, en ese instante, sentimos ambos que los pasos salían a la sala y comedor, despacio, alguien arrastraba los pies, el sonido lento y desapacible me crispó totalmente, mi padre apareció en el umbral de la puerta de su habitación, desconcertado, los tres escuchábamos los pasos arrastrase hacia el comedor, de un instante a otro, cesaron, estábamos petrificados, cuando nos íbamos a mover, escuchamos los mismos pasos fuera de la casa, dimos unos pasos hasta estar en  el umbral de la puerta que salía la sala y escuchamos que alguien tocaba la ventana de la habitación de mis padres que daba al la parte frontal de la casa. Inmediatamente, los mismos pasos que se arrastraban hacia las escaleras empezaron a descender a la terraza inferior. Nos miramos, y mi madre dijo:

- Eso pasa cuando se saca a los muertos de la paz que tenían -

Nos fuimos a dormir

Los años setenta en Asia

Buenos Aires febrero de 2001

Ivo Moran Albonico Gasparotto

Si los fantasmas existen, regresaré de la muerte para saludar a alguien

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23 Marzo 2011

La sinfonía del búnker

En 1933, Adolf Hitler creó la Geheime StaatPolizei poniendo al frente de la prestigiosa institución a Herrn Himmler, personaje de su entera confianza y agudo estratega en técnicas de espionaje. En esos días el nacional socialismo alemán crecía como la espuma. La nueva institución conocida por los alemanes como la Gestapo tuvo ilimitado poder de control sobre la población alemana. Antes que la guerra comenzará, y el nacional socialismo despuntara como un régimen absolutamente progresista, ya se vislumbraba el tinte antisemita como ideología básica del nuevo régimen. La nueva institución, Gestapo, era nada menos que la misma policía secreta, encargada de entrometerse en la vida de cuanto sospechoso hubiese, practicando sofisticados métodos de espionaje ciudadano, que desembocaba en otros de tortura, hostigamiento y exterminio. Las ideas nazis, férreas en sí, establecían la total hegemonía de la raza aria, la raza alemana. La Gestapo en principio, fundó su tarea básica en la individualización de judíos ricos e influyentes, gitanos, delincuentes, o cualquiera que representaran una amenaza para el estado, y todo opositor al régimen Nazi. Los funcionarios de la Gestapo, también desarrollaron valiosas relaciones públicas con industriales y empresarios acaudalados, principalmente, en Ruhr, asegurándose, la continuidad de lo que ya se había afianzado cuando aquel frío invierno del 30 de enero de 1933, Hitler consiguió la cancillería.

Durante los años siguientes, con la Gestapo a la cabeza, Hitler fue desarrollando una tramoya de intrigas y dudas en las  que esculcó a todos sus allegados para determinar quienes eran los leales y quienes no. El inicio de la era nazi estuvo teñida de numerosos actos violentos y vandálicos, silenciosos, inducidos por el régimen, que, tuvieron como blanco principal a los judíos, quienes de inmediato fueron acosados por  los mismos ciudadanos alemanes alentados por la propaganda antisemita que ya empezaba a florecer en toda Alemania. Al año siguiente, Hitler ya tenía identificados no sólo a los judíos acaudalados, o los que no quería tener dentro de su estado, sabía exactamente quiénes eran sus principales oponentes, y los que le eran, secretamente, desleales. Fue un prolijo trabajo que se llevó a cabo gracias a la Gestapo. En junio de 1934, finalmente, se deshizo de todo escollo que representara una amenaza para su régimen y proyecto: los asesinó. Gradualmente, el régimen Nazi fue implementando campos que destinó a la concentración de judíos, con el único propósito de esclavizarlos e ir aniquilándolos conforme perdían utilidad. Despojó a los judíos alemanes de todo derecho, tarea que fue extendiendo en otros países europeos, los confinó, persiguió, y construyó una máquina de exterminio, con una sofisticación bastante más diabólica que las que utilizaron otros genocidas en la historia de la humanidad. Este hecho, logró despertar la consciencia del mundo, de que entre sus habitantes, existe la tendencia irrefrenable de tratar de extinguir grupos humanos completos.

Conversé por primera vez con Jürgen, antes de haber conocido a Egon Krenz en el Offenenvollzüg de Berlín, sin tener en la cabeza toda la idea y lo que significaba para los alemanes la guerra, y sobre todo, tras ella, la división de su patria, y la posterior colonización de los capitalistas a los socialistas, con los consiguientes fenómenos sociológicos. Jürgen no sólo me hizo el relato del principio de la historia que he referido, también hizo una clara y sabia observación:

- La raza aria, o alemana propiamente dicha, no existe, no existió, ni existirá. Los arios son en realidad una raza de origen nórdico, una raza indoeuropea, por lo tanto, son híbridos. No todos los alemanes somos rubios, mira a mi esposa Bárbara, parece una andaluza –

Y tenía mucho de razón; ya lo he ventilado en anteriores disquisiciones, la cuestión de ojos azules, pelo rubio, y piel blanca, es un simple factor genético hereditario inherente a los genes de cada individuo. En esencia, es científicamente imposible, creer, o pensar que existe una raza determinada que sea pura. Lo he discurrido anteriormente, y cuando conversaba con Jürgen se lo comenté: las razas puras deben ser exclusivamente endogámicas, y, se remiten a lugares remotos y aislados del mundo, posiblemente en las tribus que sobreviven en la jungla del amazonas. Regresando a la conversación, Jürgen coincidió conmigo  e hizo una importante observación:

- Tratar de juzgar y entender a Hitler, y a todos sus secuaces, en un plano psicológico, sería como juzgar a Francisco Pizarro y a todos los conquistadores, o hacer lo propio con Hernán Cortés y sus allegados, explicaciones sobre matanzas, penden muchas en la historia universal –

Y tenía razón. Eso no es todo, vamos avanzando en el tiempo, y hay tanto genocida en el mundo, que tendríamos que poner a todos en el banquillo de los acusados: comenzamos por los genocidas tradicionales, los convencionales, los accidentales, los buenomalos, los resultantes,  los vengativos y terminamos con los defensores de los esquemas capitalistas que propugnan el genocidio enmascarado de las castas inferiores que alimentan sus sistemas.

- Los genocidas viven entre nosotros – me explicaba Jürgen con el rostro ensombrecido

Estaba totalmente de acuerdo. No hay que ir muy lejos para comprobar que no se respetan los derechos, ni las constituciones, ni la declaración Universal de Derechos Humanos, de eso, ahora que levantó la historia de la neblina de los recuerdos, y la transcribo donde la transcribo, más convencido me encuentro de la aporía abierta en la práctica del derecho en los países latinoamericanos.  Hitler fue un genocida y exterminó a cuatro millones de judíos, de eso no hay duda. ¿ Y qué pasa con el genocidio de palestinos en manos de judíos? Con los genocidios de los que han sido objeto los Kurdos por parte de los turcos, y los Tutsis y Utus, y los genocidios de los originarios argentinos, y el genocidio al que se condena a países africanos en manos de sus dictadores vendidos a la corrupción capitalista. Un genocidio quiere decir exterminio, por raza, religión o política: simplemente, aburriéndolos con la disquisición acerca de lo que se discurre en este preámbulo, el abandono de un grupo humano por su carácter racial, o la exclusión de pobres por factores económicos y raciales, obedece a un verdadero factor político, una xenofobia discreta que ha sido aguzada a través de los siglos por las mismas sociedades y sus estados, los genocidios abundan y son practicados en la misma actualidad. Es verdad, Jürguen tenía razón.

Caminábamos por el campo en Oranienburg, cerca de Berlín. El frío de aquella mañana era intenso, la bruma se iba enroscando entre los árboles, uno que otro cuervo graznaba aislado en la copa de los pinos que se hallan diseminados allí, andábamos a paso firme, tranquilos, y todo el entorno estaba perfectamente en orden, limpio, como todo lo que sucede en Alemania. Me indicó precisamente, el lugar por donde entraron las tropas rusas, donde estacionaron los primeros cohetes katuzka, y donde hubo cruentas luchas. Imaginé de inmediato los camiones estacionados en el fragor de la guerra, lanzando los cohetes uno tras otro, éstos, surcando el cielo centelleantes, para hacer blanco en la exangüe línea de defensa alemana y sobre los ya derruidos edificios berlineses.

Jürgen y Barbara habían comprado una antigua casa de campo que fue la casa principal de una granja, con una vasto terreno aledaño a un bosque donde se caza jabalíes, un antiguo e inmenso granero incluido en donde implemento sagazmente su oficina, dándole un cariz moderno que utilizaba las peculiaridades del campo para cubrir diversas funciones estructurales. La renovación les costó una fortuna, e insertarse en ese pueblo, en la pequeña comunidad donde se hallaba, fue complicado: en general eran ciudadanos que pertenecieron al bloque socialista de la DDR, bastante mayores, con algunas familias con jóvenes. Era el año 2001, y aunque ya habían pasado más de diez años desde la caída del muro, los ciudadanos del este, llamados osies, en los lugares alejados de la ciudad, o en pueblos cerrados, no se integraban del todo con el mundo capitalista. La rutina, la dinámica y la forma de vida, de la pequeña aldea no había cambiado en absoluto. Jürgen me contó que el pueblito sufrió la guerra, y aunque la diminuta iglesia del centro del pueblo no fue tocada por el fuego ruso, los soldados, al ir avanzando, saquearon todas las casas. Los pocos hombres que quedaban, eran ancianos que ya murieron o niños que empuñando su fusil, trataron de repeler la monstruosidad ofensiva rusa, y lógicamente fueron aniquilados. Cuando los soldados rusos entraron al pueblo, tras matar a los últimos soldados alemanes que huían de un lado al otro, violaron a las mujeres salvajemente, para continuar el irreprimible avance con dirección al centro de Berlín.

Tras la caminata por el campo, cruzamos el pueblo por el centro, observé que los vecinos nos espiaban ariscos desde sus casas, con la única novedad de poseer autos nuevos y occidentales estacionados, lo demás, se mantenía igual. Estudiaban a los visitantes con un ojo pequeño, con rostros sombríos, frunciendo el ceño, arqueando la boca, observando distantes desde sus zaguanes, sus áticos, y sus casitas prolijamente pintadas cuyos jardines tenían como guardianes esos duendes decorativos que suelen poner frente a las casas. Con tenue saludo respondían toda señal de cortesía. Entendí la razón por la cual Barbara, la mujer de Jürgen, siempre se lamentaba de tener que vivir allí.

La casa de Jürgen y Bárbara era cálida, con una hermosa cocina comedor provista de un horno espectacular donde Jürgen preparaba el cerdo en sus mejores variantes, nos sentábamos a beber cerveza Waissen y a cocinar, enfrascados en charlas imposibles en las que queríamos cambiar el mundo. Siempre supimos que era absolutamente imposible modificar este mundo rastrero. Justamente, en la calidez de aquella casa que el topógrafo había reconstruido, sorteando las miradas de reprobación de los vecinos locales que no aceptaban a los wessis en sus dominios y la hostilidad patente que profesaban contra ellos, y la falta de nexo con la vecindad, empezaron a ocurrir extraños fenómenos, que referiré en su momento.

Uno de los pasatiempos de Jurgen era el de buscar restos de las batallas que se libraron en Oranienburg  por la resistencia contra el avance soviético. Allí habían matado una cantidad importante de soldados alemanes debilitados, niños armados, y se había violado mujeres indefensas, muchas de ellas muertas ya por el tiempo. La vida tras la guerra tomó paulatinamente su ritmo regular, quizá, a toda esa gente le costó mucho recuperarse de los traumas causados por la locura y la muerte. Los árboles siguieron siendo árboles, y las ruinas quedaron bajo lo reconstruido, el viento siguió trayendo las brumas matutinas, y los mosquitos renacieron cada primavera para acosar a los lugareños. En esencia, todo regresa a la calma, y el Mal de la guerra tiene un poder de reorganización que sólo encuentra su par en la catástrofe natural. Lo único que no puede regresar a la calma, es el pensamiento humano alborotado por la brutalidad, la muerte y la incoherencia, exclusivo atributo del hombre. Jurgen tenía bayonetas, cascos, un viejo fusil Mauser, un par de pistolas Luger, y una caja llena de balas disparadas y casquillos de diferentes calibres.

- Estos son rusos- decía -. Y estos son alemanes. Esta bayoneta era alemana, y este pedazo de hebilla perteneció a un uniforme alemán - explicaba enseñando sus hallazgos

Jürgen guardaba todo en lo que fue un granero y en ese momento era su oficina, provista de un estilo arquitectónico digno de registrar. En el piso de ese mismo granero, mientras que lo empezaba a acondicionar, había hecho un importante descubrimiento: una puerta. La puerta era de hierro, la halló inesperadamente, estaba toda oxidada, como las de los búnkers en Suiza, esos que están dispersos en los Alpes y los han ido encontrando poco a poco. – La encontró casualmente, en momentos que él mismo hacía los trabajos de refacción y reconstrucción en la casa que había comprado por ochenta mil marcos. Sacando la base de tierra del granero, cuando iba a retirar tierra con una azada, se encontró con la pesada puerta de metal. La puerta poseía una cerradura, y estaba herméticamente cerrada. Buscó de inmediato una barreta, y junto con dos jóvenes empleados, trataron de abrir la puerta infructuosamente, era imposible. La curiosidad es un factor que está presente en cada hombre, e incluso en los animales, lógicamente Jürgen quería saber qué había bajo esa pesada puerta.  Los registros de los propietarios de la casa, eran nuevos, porque tras la caída del muro, la casa fue devuelta a los herederos de sus verdaderos dueños, fue en el proceso de repartición de propiedades de la Alemania Oriental. Los herederos, al ser víctimas de proceso de partición de Alemania, cuando se erigió el muro, migraron a los Estados Unidos. Vivían su vida, al estilo americano en la ciudad de Miami, posiblemente comiendo fast food ajenos a los recuerdos de sus abuelos, y padres enterrados junto con el sufrimiento de la guerra. La propiedad fue vendida por intermedio de una inmobiliaria, que se remitió a la venta por el área del terreno, y menospreció la construcción. Los ocupantes de la casa, ciudadanos de la DDR, fueron expulsados de la misma y terminaron en Berlín tratando de recuperar un poco de vida capitalista perdida durante el tiempo del socialismo. Finalmente, Jürgen buscó una sierra eléctrica y una comba de grandes proporciones, trabajó con sus ayudantes durante cuatro horas antes de abrir la puerta. La puerta se encontraba al ras del suelo, y para levantarla se necesitó hacer un gran esfuerzo. Jürgen observó la herrumbre que la rodeaba, y advirtió que en las esquinas tenía una especie de pasadores que estaban prácticamente invisibles por el óxido, y que sin lugar a dudas fueron parte de un sistema de apertura automática. La puerta cayó pesada contra el suelo del granero – explicó Jürgen- inmediatamente sentimos el golpe del olor a cerrado en nuestras narices, como si se hubiera abierto una cripta maldita, sentí una densa presencia entre nosotros, luego el aroma críptico se desvaneció, y mientras nos empezamos a asomar en la entrada, percibí un intenso olor a madera antigua, a escritorio del abuelo, a aceite de armas. Me asomé, y lo primero que observé fue una hilera de escalones que descendía en una escalera caracol, la piel se me puso de gallina, el búnker era más profundo de lo que había imaginado. Los peldaños se hallaban carcomidos por el tiempo, algunos, en la mitad de la escalera estaban partidos.  El fondo era oscuro, muy oscuro, y al parecer, desde el final de la escalera había un pasadizo que llevaba a algún otro ambiente. Regresé a la casa y saqué una linterna, y decidido me dispuse a bajar. De inmediato me ofreció compañía uno de los chicos que había trabajado en la apertura de la puerta, asentí sin mediar palabra: bajamos, lentamente con cuidado, tanteando cada escalón antes de depositar el peso del cuerpo encima, asegurándonos de no caer. Tenía una profundidad de unos quince metros, no era cualquier agujero. Llegamos hasta la base, y tal como lo supuse, un pasadizo se extendía frente a nosotros. A los lados había focos de luz, con cables envueltos en tela de arañas, el olor a antigüedad mezclado con aroma a polvo y tierra húmeda, se sentía con mayor intensidad. Percibía una extraña presencia, lo juro, una respiración vaga, de otro mundo, me cosquilleaba la oreja, reflejo inmediato, pensando en un arácnido, sacudí la cabeza varia veces. En el fondo había otra puerta, era de madera. El techo de concreto puro, estaba reforzado con metal. Era un búnker a prueba de bombas, un lugar seguro. No era de extrañar, porque en Alemania todos los civiles construyeron en sus moradas búnkers, sin embargo, este tenía un estilo algo más profesional. La puerta de madera estaba abierta, y del interior sólo se asomaba más oscuridad. Alumbré con la linterna y empujé la puerta, un chirrido desapacible recordó su antigüedad  de 66 años cerrada. El interior me dejó estupefacto: un severo escritorio, probablemente francés, de fina madera, cubierto de polvo, se erguía imponente frente a mí, tras él, una inmensa silla toda forrada en cómodo terciopelo rojo, que aunque estaba tapizado en hongos, anunciaba su elegancia. Tras el escritorio había un inmenso mapa de toda Europa, y en él, las rutas que tomaba Hitler en la guerra. En la pared pendía un cuadro del Fürer mirándonos con sus ojos de desquiciado. A los lados había un par de sillones más, y una mesa de centro, con algunos libros esparcidos, entre ellos, destacaba el libro que escribió Hitler: Mein Kampf. Recorrí todos mis derredores con la linterna alumbrando cuanto objeto había adentro: en un de las esquinas, un mueble desvencijado contenía varios fusiles y unas cuantas pistolas: El lugar, a pesar de haber estado protegido, debe haberse sacudido por el efecto de las bombas – explicó – Eso no fue todo, en un lado se extendía un inmenso librero que estaba fuera de su lugar. Me acerqué y alumbré tras él, y distinguí una portezuela cerrada, también de metal. El corazón empezó a latirme aprisa, el muchacho que estaba tras de mí, con mirada chispeante sugirió mover el librero para descubrir la puerta. Deposité sobre el escritorio la linterna, y me percaté que encima había papeles manuscritos, archivos a medio cerrar, y una antigua pluma posiblemente usada mientras todo temblaba. Dejé la tarea de investigar los manuscritos para después. Era impresionante, en aquel remoto lugar, encontrar el búnker solitario. Movimos el pesado librero: el polvo acumulado encima se esparció volátil. Cuando estábamos frente a la portezuela, percibí música lejana, Wagner. - no puede ser – dije en mis adentros. Me volví y miré al muchacho que estaba justo tras de mí, su rostro no reflejaba extrañeza alguna. La melodía, resonaba, llegada de otra dimensión, era imposible que él no pudiera escuchar, si era así, me estaba volviendo loco. – Musik – musitó el joven extrañado comprimiendo el rostro, respiré aliviado, no me estaba volviendo loco. La portezuela estaba cerrada, se le veía muy hermética. Golpee con el puño: era maciza, el sonido hueco avisó que tras ella tenía que haber un amplio espacio. Trae la barreta y las herramientas que hemos utilizado para abrir la puerta de arriba, y de paso, grítale a Bárbara para que te alcance otra linterna, es más fuerte y alumbrará todo esto. El muchacho salió del búnker, desde el escritorio alcancé a escuchar el crujido de los peldaños mientras que él subía. Quedé estático, en silencio, pensando e imaginando lo que se había vivido allí. La música había cesado. Le di unos toques a la puerta y sólo escuché el eco del silencio. Me acerqué a un sillón que estaba en una de las esquinas de la habitación, y me senté. El olor ha guardado ocupaba todo mi olfato. De pronto, escuché dos toques desde el interior de la puerta, eran débiles, como cuando el anciano toca la puerta, me sobrecogí totalmente, los pelos se me pusieron de punta. Aquella guerra, la sordidez de los nazis, sus sistemas de defensa, todo fue una verdadera locura. Eran sádicos, asesinos y despiadados. ¿Quién se habría escondido aquí – pensé sin descartar el temor que me infundía estar allí solo, ante lo desconocido. Ese ruido, ese toque en la puerta... ¿Podría alguien resistir tantos años en esas condiciones? No hallaba respuestas a mis propias preguntas, quizá, la puerta daba al sótano de una casa, no, era imposible, la casa más cercana estaba a cincuenta metros, justo enfrente de la nuestra. – ¿ Hay alguien allí? – Pregunté con timidez.  Un intenso pitido invadió bruscamente mis tímpanos, no hubo respuesta. Inmóvil aguardé que regresara el muchacho, tras unos minutos de espera que me parecieron horas, escuché sus pisadas por la escalera de caracol. Forzamos la puerta, fue un arduo trabajo,  su resistencia provenía desde le interior, la cara exterior no presentaba orificio alguno de llave, por lo que tenía que haber sido cerrada desde el interior. Con un pico golpeamos contundentemente los bordes, y la puerta no se abría, los marcos estaban revestidos en metal, y no podíamos moverla. Pasamos toda la mañana tratando de derribarla, pero fue imposible. Agotado, propuse subir para tratar en la tarde. En el instante que emergí a la superficie, me sentí aliviado. Eché un vistazo a la inmensa puerta al ras del suelo, y evoqué los recuerdos de mis lecturas de la historia de la guerra, recordé los documentales donde se veían volar las bombas, donde se apreciaba la destrucción, aquel paisaje de desolación y muerte -  En el instante que Jürgen añadió éste detalle, mi imaginación, con la facultad que le otorgan sus propias alas, voló de inmediato a ese pasado tenebroso: empecé a imaginar a los soldados desparramados, con los brazos extendidos por el rigor mortis clamando al cielo por una respuesta ante tanta barbarie, los ojos abiertos en cuerpos fríos e inertes, el terreno yermo por el fuego y el paso de las tropas, inundaba el alma de un gris pesar.  – Jürgen prosiguió su relato

- El muchacho me siguió y le advertí que no comentaran nada a nadie hasta llegar al fondo del búnker, una vez descubierto lo que había tras esa puerta, era mi deber comunicar a las autoridades acerca del hallazgo. Bárbara me esperaba tomando una cerveza en la banca alta donde suele sentarse.-

Jürgen hizo una pausa, abrí la puerta de entrada de la casa. Bárbara estaba sentada en la banca predilecta, bebiendo su cerveza y fumándose un cigarro.

- Alles gut? – preguntó

- Sí, hemos estado caminando por la campiña – informé en español, ella hablaba un perfecto español andaluz.

Pasé ese día charlando con Jürgen. De manera extraña, no prosiguió el relato que me estaba haciendo una vez que Bárbara estuvo frente a nosotros. Aquel día, preparé masa para empanadas y con la ayuda de Bárbara, amasé con violencia contra la mesa, empolvándome de harina hasta las cejas, riéndonos, cantando y bromeando, fui rellenando las empanadas con carne de pollo. Luego las pusimos en el horno hasta que el olor flotante de la exquisitez acarició nuestro olfato. Comimos inmersos en una amena charla. Tras la comida Jürgen me ofreció salir a la terraza trasera para sentarnos y respirar un poco de aire de la tarde. Jürgen reanudó el relato:

Pasó varias horas forzando la endiablada puerta, con el pitido insoportable en sus tímpanos. Con el pico, prácticamente hubo que demoler los laterales de la portezuela, hasta que de un golpe seco, se desplomó para estrellarse contra el suelo del interior del lugar que protegía. Para ese momento el muchacho que le ayudaba ya había llevado una linterna de neón, Jürgen la tomó y extendió el brazo con la linterna tomada por su asa, e iluminó el interior: había un inmenso y solemne piano de cola, un gramófono de Roca Víctor en un lado, mullidos sillones y finos tapices persas, alfombras sofisticadas, con colores púrpura, bordada en hilos de oro, cristalería, y una inmensa mesa de comedor, en el interior había más puertas, se trataba de una galería subterránea. En uno de los sillones, en el extremo de la habitación, yacía un esqueleto con el uniforme de la Gestapo encima, reposaba en paz en su descanso eterno, la cabeza se hallaba ligeramente inclinada hacía abajo, un brazo pendía al lado del sillón, calzaba imponentes botas ya marchitas, el cuero cabelludo, del color de la arena, caía fino en hebras, el cráneo tenía una visible perforación en el parietal derecho, al pie del sillón, descansaba el arma que gestionó el viaje al más allá del insensato militar, una Luger cubierta de herrumbre.

- ¿Y qué hiciste? - pregunté

- Quedé petrificado, y no sabía que diablos hacer- explicó Jürgen para continuar  - Las puertas eran de habitaciones. Fui abriéndolas de una en una, encontramos camas cubiertas de sábanas revueltas, todas tapizadas en hongos verdes, las almohadas estaban allí, daba la impresión que la figura de los cuerpos aún se dibujaba encima,  había ropa de mujer, copas, botellas, platos, como si hubiera habido una orgía, en cada habitación había dos camas, estantes, roperos, mesa de noche, las reminiscencias de la vida extinguida. Alguien debió haber retozado allí, algo pasó, señales que allí se había escondido una buena cantidad de hombres y mujeres, comida seca, convertida en polvo, en recuerdo, llamaba la atención ver muchas botellas de vino, y otra puerta de salida que salía a un pasadizo, posiblemente a una casa vecina -

- Entonces – anime a que continuara

- Entonces nada, dejé todo cerrado y acordé con el chico que entró conmigo en no decir nada de lo que habíamos visto. Al momento de salir, les dijimos a los demás que no había nada, que era un agujero vacío. Pasé varios días pensando en la situación, era menester mirar los papeles y descubrir qué sucedió en ese lugar. También por otro lado, en Alemania, donde todo es muy funcional y práctico, y, los Vollks, tienen que ser juiciosos en extremo con los asuntos que impliquen al estado, era mi obligación comunicar a la policía el hallazgo, para que ellos informen al ente competente al respecto, probablemente el ministerio de cultura, yo que sé... -

- ¿ Lo hiciste?-

- No lo hice. Le conté a Bárbara, y se atragantó con su cerveza Waissen. – Estás loco  gritó - hay que comunicarlo al Kulturam – Le insistí que quería develar el misterio yo solo, que no deseaba gente extraña dando vueltas por la casa. Nos había costado mucho esfuerzo construir lo que habíamos hecho, renovar la construcción, limpiar el terreno, el granero estaba destinado a ser mi oficina, y ya le había pagado al arquitecto, los planos estaban hechos, y no era lo más adecuado echarnos para atrás. La empresa de mediciones topográficas era muy rentable en ese momento con el auge inmobiliario en la parte oriental alemana. Te imaginas, lo que hubiera significado para nosotros que aparecieran funcionarios del gobierno y me cerraran el granero para que hagan allí investigaciones arqueológicas sobre la guerra. Bárbara decidida, fue a la municipalidad del Besirk, la atendieron con cara de pocos amigos, todos eran socialistas frustrados, hostiles, muchos de ellos extrañan su sistema, otros no. Los de esta área sí. Insistió para conocer los registros de las personas que habían vivido en esta casa, tu sabes que en Alemania se registra todo, hasta los tornillos de los autos están registrados desde que los compras, todo cambio debe ser anotado, se trata de una obsesión muy teutona. Bárbara dio finalmente con el misterio, en esta casa vivió un nazi, y según lo que averiguó se suicidó en el ático de  la casa, fue encontrado muerto, colgado de una soga en una de las vigas del techo. Cuando Bárbara regresó con la noticia, estaba pálida, habló a tropezones y me explicó que el que vivió en esta casa, fue probablemente el abuelo de los dueños que nos la vendieron y que vivían en Miami, y que se colgó en una de las vigas del ático. Nos sentimos confundidos, y nos quedamos mirándonos frente a frente, como dos niños asustados. Los ruidos y los pasos era algo de lo cual nos habíamos acostumbrado en las noches. En la cama, nos reíamos juntos de aquellos ruidos extraños, atribuyéndolos a gatos que suelen caminar en el techo, a las ramas de los árboles colindantes que golpeaban con sus brazos el techo y las paredes de la casa, impulsados por el viento, a la vejez de las vigas, cuya madera se dilata y se contrae de acuerdo a las temperaturas radicales que se dan en esa zona de campo. Otras veces, escuchábamos golpeteos en el techo, arriba de las vigas del ático, y lo achacábamos a los cuervos que gustan de picotear entre las tejas, entonces, simplemente nos reíamos. Luego vinieron las preguntas, la noticia de que un Gestapo se hubiera suicidado en la casa donde vivíamos cambió nuestro pensamiento, sacudió nuestra tranquilidad: ¿Qué paso realmente en esta casa? Me lo pregunto hasta ahora. Por un lado, el dueño, oficial de alto rango de la Gestapo, que se llamó Hendrik Müller, acabó con su vida en el instante que los rusos entraban por estos mismos campos y empezaba a lanzar toda la fuerza de su artillería ocupando Pakow, y por el otro lado, teníamos un nazi muerto en los subterráneos del granero, en un búnker recién descubierto en cuyo interior, sin lugar a dudas se escondió mucha gente. Eran muchas preguntas, y pocas respuestas ¿Dónde estaba esa gente? ¿Quién era el muerto que teníamos en el búnker del granero?  ¿Cómo es que había un búnker aquí? ¿Qué personas bebieron y durmieron en el búnker, y, por qué tanta habitación? ¿ Adónde llevaba el pasadizo que salía del salón del búnker? ¿Qué vecinos sabían de la existencia de este búnker? -

Jürgen me contó entusiasmado, con lujo de detalles, que no reproduciré para no extender la narración hasta el cansancio, cada paso que fue dando el ejercito ruso, y cómo se desarrollaban las cosas en el fragor de la batalla. Tanto Bárbara como él, azotaron su mente en toda la trama, él estudiando los mínimos detalles de la guerra, y ella, parloteando de arriba abajo para desenmarañar el misterio. Se esforzó en trabar amistad con sus hoscos vecinos, con el sólo propósito de averiguar qué había sucedido. En la casa vecina, moraba una anciana con párpados venosos cuyas temblorosas y marchitas manos, con uñas largas y gruesas, se aferraban siempre a la puerta, limitándose en hacer escuetas referencias del pasado, con inexactitud premeditada. El marido, postrado en una silla de ruedas, pasaba horas como una marioneta olvidada, mirando el campo desde su inamovible posición en la terraza.

La noche se asomó en pueblo, y la oscuridad se alzó como una manta negra cubriendo el día, sentados en la terraza, la brisa fresca que cabalgaba trayendo como jinete al frío, se hizo sentir, observé la concavidad del cielo, y las primeras estrellas centellaban en el lejano universo, de pronto, Bárbara salió de golpe de la casa, hablando sin parar, estaba algo bebida, llamó a su marido haciendo un mohín seductor, lo cual comprendí y entendí de inmediato, lo miré con cierta complicidad, él se levantó y se retiró con Bárbara a descansar bastante temprano.

- Mañana continuaremos con la charla- alcanzó a musitar mientras que desaparecía con dirección a su habitación y besuqueaba a Bárbara en el cuello. Quedé solo, con la interrogante de la historia: faltaba saber que pasó con el nazi del búnker. Me senté en el sofá de la sala y encendí el televisor, sintonicé la BBC de Londres: un poco de noticias, lo usual: guerras, economía, sucesos; terminé apagando la televisión y decidí sentarme a leer. Busqué un libro que leía en esos momentos: Shibumi de Trevian, era fascinante, quería conocer el desenlace final de la historia de Shibumi, leí un largo rato, inmerso en mi lectura hasta que el cansancio descolgó mis párpados anunciando que mejor era ir al sobre: Subí las escaleras, la habitación de huéspedes era justamente el ático donde se había suicidado Hendrik Müller. Entré e instintivamente lo primero que hice fue mirar al techo: las vigas lo sostenían, se veían lustrosas, renovadas, encima de las vigas un par de claraboyas mostraban el cielo que brillaba con magia estelar – Esas vigas – pensé. Allí se había suicidado el oficial, Recorrí con la vista el ático, el piso era de madera nueva, un parqué luminoso muy bien lustrado, una delicada alfombra frente a la cama, un cómodo sillón en un rincón, el escritorio “ad doc”, su lámpara, el aroma a madera fresca, un ambiente acogedor, sazonado con un buen odorífero; y tras todo ello, ¿Qué había? La efigie fantasmagórica de la desesperación y la muerte: imaginé al oficial  suspendido en el aire, soga al cuello, estrangulado, con gesto trocado, torcido, y la lengua tumefacta afuera, balanceándose grotescamente por las vibraciones causadas por el estrépito bestial de las bombas rusas, su uniforme impecable desabotonado mostrando su pecho aún tibio, sus botas lustrosas sin tocar suelo firme, elevado, ajeno a todo. Cerré los ojos atando ese látigo mental que azuzaba la imaginación. Me concentré en carneros saltado una verja, en paisajes pintorescos de la selva, del Cuzco y quedé finalmente dormido.

Un golpe intenso me despertó: la luz del escritorio quedó encendida, me sobresalté apoyándome sobre mis manos con el tronco erguido. La calidez de la habitación permitía que duerma destapado, siempre odié esas sábanas tipo sobre que guardan dentro una manta, son típicas en Alemania, me asfixian, la arrimé con los pies, me incorporé - Quizá son Bárbara y Jürgen haciendo el amor en su habitación – aplaqué el incipiente temor. Nuevamente escuché un golpeteo, no podía precisar de dónde venía, un ruido extraviado en la audición, en el espacio - ¿de dónde viene? - me preguntaba. Otra vez, volvió a sonar. Me acerqué con el oído en la pared, sabía que era impertinente escuchar a los amigos retozar en la cama, no es lo más educado, quizá era Jürgen poseyendo a Bárbara de manera salvaje, embistiéndola sobre la cama y sacudiendo catre y todo el mobiliario de la habitación matrimonial, pero no, no era eso, era un ruido impreciso, lejano, sordo, ahogado. Comencé a dar vueltas como un ratón en una caja, mirando los derredores, estudiando todo, buscando una razón, nada. Decidí ir al baño, en las noches los hombres solemos despertarnos para miccionar con una involuntaria erección, salí de puntillas: en el exterior todo se hallaba inmerso en el silencio, sin atisbo de movimiento, pasé frente a la habitación de mis amigos, estiré ligeramente el cuello, avergonzándome de lo que hacía, para escuchar en el interior: nada, cuando me empecé a alejar, alcanzó mi oído el ronquido gangoso de Jürgen: dormían profundamente, no retozaban, no se amaban, sencillamente soñaban. Al regresar al ático, un golpe de frío invadió todo mi cuerpo, la tremulidad se apropió de mí: allí estaba Hendrik Müller, se reía a carcajadas, parado frente a mí, con la pistola en la mano, el ático no era el mismo, los colores eran otros, entre  Müller y yo había una soga gruesa que pendía del techo, levanté  la vista y advertí que las claraboyas eran diferentes, era el espectador de una cuadro disparatadamente real que no se puede entender, atroz, Müller levantaba el arma y la ponía en su sien, la bajaba y miraba la cuerda, y reía a carcajadas batiendo las mandíbulas, enseñando sus enormes dientes brillantes, empero, no podía escuchar nada, era una carcajada muda, como la imagen de una película muda, en blanco y negro, con un protagonista que hace su papel lóbrego, un papel que invita al llanto.

Describir la secuencia de aquel espectáculo es alucinante, y lo que fue sucediendo después, más aún: Hendrik Müller, el extinto oficial de la Gestapo, deja de reír, me mira directamente a los ojos, me mantengo expectante, inerme, de una sola pieza, se mueve lentamente, deposita la pistola en una silla que no está en el ático y a su vez esta allí en el pasado, la secuencia es gris, borrosa, sobre pasa el entendimiento, Müller sonríe con la mueca nítida de la maldad, se para sobre la silla, y se amarra la soga alrededor del cuello, la ajusta, la anuda, me observa con gesto provocador, la invitación a ver su propia ejecución, todo esta perdido, leo en sus labios, ríe con la soga al cuello, sólo puedo ver esta secuencia, nada más, intento observar el ambiente interior. Mis ojos no pueden ver más que esta película muda, terrorífica, Hendrik Müller, patea la silla, y queda colgado: su cuerpo convulsiona, se sacude, su rostro se torna oscuro, su lengua sale expulsada, entumecida, sus ojos saltan de las órbitas y expira en aquella película en blanco y negro, muda, el cadáver se balancea. Como un sonámbulo retrocedo, aterrado, sin poder respirar arrancó el grito cautivo en mis cuerdas vocales.

Abrí los ojos y Jürgen esta parado al lado de la cama, Bárbara tras él. -  Has estado soñando – tranquilizó. Bárbara, estiró el cuello y me calmó: - Jürgen y sus historias asustan a cualquiera, pero no te preocupes si oyes ruidos, los árboles del lado de casa, tienen las ramas muy largas, no las hemos podado por un buen tiempo y con el viento golpean el techo, Herrn Müller está lejos del mundo, no estés pensando cosas que las pesadillas no te van a dejar. Jürgen sonrió, golpeo mi pecho con suavidad paternal  diciendo:

- Duerme, mañana hablamos, es tarde -

Al día siguiente, desperté con una profunda confusión en la mente: ¿Había soñado? ¿Qué sucedía en realidad? Escuché de inmediato el ruido de la sofisticada cafetera que tenían en la cocina, solían preparar elaborados cafés con suculentos desayunos. Antes de entrar a la ducha, lancé un vistazo al techo del ático: todo en orden. Pensé en la necesidad de saber cómo era físicamente Hendrik Müller.

- Hendrik Müller, se ha vuelto una obsesión – medité

Sin embargo, una vez comenzado el juego que hacía Jürgen, tenía que llegar hasta el final de la historia. Luego de la ducha bajé al comedor y allí me esperaba Jügen y Bárbara sonrientes. Me hicieron todo tipo de comentarios de la noche anterior: que había estado caminando toda la noche por la casa. Que gritaba, que hablaba en sueños, que entré y salí del baño, y que en definitiva, la historia de Jügen me había alterado.

- Por esa razón le he pedido a Jügen que no me cuente nada más de lo que sucedió en esta casa ni lo que hay en el sótano de la oficina – sentenció Bárbara con tono histérico

- Búnker – Corrigió mi amigo

- Es igual, Búnker sótano, cripta, madriguera, socavón, me da igual. La historia del demonio me costó demasiada ansiedad, y no pude desembarazarme de los fantasmas que veía por mucho tiempo, ¿Sabías que estuve en tratamiento médico por todo eso? Por esa razón le he pedido a mi marido que no hable más del tema, que lo deje de lado y no me acose. Es suficiente. Mira, tú no eres el único que padece estas alucinaciones. Jügen, con la careta de santo que pone, tiene la particularidad de contar la historia y sugestionar a cuanto huésped llega a la casa. Son varios los que han visto a Hendrik Müller colgado de la viga. Yo lo vi – sentenció estrujando su expresión

- Cómo era - interrumpí

-NO quiero hablar de eso – gruñó Barbara – Ya he dicho que esto ha traído bastante complicación en nuestra vida. Ya es demasiado complicado vivir en este pueblo, en este campo, tan lejos de todo y de todos. La gente no sale jamás en la noche. Todos se encierran como ratas en sus casas, y encima, andan diciendo que los espíritus de los caídos en la guerra, aquí, vagan llorosos en las noches, ¡NO! Es demasiado, Por favor, dejemos el tema y si deseas seguir escuchando a mi marido y que te lave el cerebro, te acondicione a escuchar lo que no se oye para que quedarte totalmente sugestionado, allá tú. Estoy fuera del juego.

Tuve  que cerrar la boca. Una vez acabado el desayuno, hice una reverencia a Bárbara agradeciéndole, y se limitó a dibujar una tenue sonrisa. El tema la perturbaba. Al levantarme de la mesa hice un gesto a mi amigo y él salió tras de mí. Esa mañana garuaba, antes del zaguán, había un espacio techado donde se dejaban las botas y los impermeables, tomamos un impermeable cada uno y salimos a caminar.

- Lamento que hayas pasado por este momento incómodo- se disculpó – es mi propia culpa, no debería ser tan estúpido de hablar tanto y sugestionar a mis invitados, aunque... es irreprimible –

- Lo entiendo perfectamente – le dije para animarlo a que continúe con la historia, no sin antes averiguar si existía alguna foto de Hendrik Müller

- Sí, hay una. En el búnker, en uno de los cajones del escritorio, la segunda y última vez que estuve allí, la encontré, es una foto antigua, y en ella está Müller y Hanz Grosz, el Gestapo que está en el búnker. Supe que eran ambos porque en el reverso estaban los dos nombres escritos, y Grosz guarda en su uniforme su identificación militar-

-¿Grosz? Como el pintor y caricaturista - interrumpí

- Efectivamente. También lo sé, no porque lo haya sabido, sino porque a partir de conocer su nombre traté de indagar. Paradójicamente Grosz el pintor, escapó de Alemania porque sus caricaturas y pinturas ridiculizaron más de una vez el militarismo nacionalista alemán. Sus publicaciones en el “ Lustigue Blätter “ fueron la causa para que en 1932 se haya visto forzado en abandonar Berlín y refugiarse en los Estados Unidos. La pregunta es qué unía a Hanz Grosz de la Gestapo con el Grosz caricaturista. Posiblemente eran homónimos y antagónicos. Por otro lado, es llamativo el hecho que la familia de Müller también se haya ido a los estados Unidos, y que la familia de Grosz, el militar, también lo hayan hecho, como lo hizo el pintor. El misterio quedará. Hanz Grosz, por un lado ayudo a escapar a algunos judíos, y por otro lado bajo la obediencia debida, tuvo que incurrir en la misma persecución. Hendrik Müller, verdadero dueño de esta casa, tuvo a sus vecinos aterrorizados, y vivía esculcando sus acciones, entre ellos hay uno por lo menos que fue cómplice de Müller. Grosz y Müller fueron muy amigos, pero algo siniestro los unió y desunió. Especulé siempre en la misma lealtad a Hitler.

Mientras hablábamos, no me daba cuenta de cuánto en realidad avanzamos caminando, la casa estaba a miedo kilómetro del pueblo, y frente a ella, había unos tres vecinos más, los cuales, según me contó Jürgen, siempre se mantuvieron a distancia de la pareja. Sentir la garúa en el rostro, el mes de noviembre, es el preludio del duro invierno que castigará la zona campestre de Oranienburg. La humedad fría, sumada la amena conversación, y a pesar de barajar un tema que aparentemente suena fabulador, hacían de aquel momento un verdadero deleite.  En un instante ambos nos percatamos que estábamos entrando al pueblo, levanté la vista y de inmediato descubrí la mirada turbia de un vecino, un hombre muy viejo con profundos surcos en el rostro que le daban una expresión dura. Sugerí cambiar de rumbo y emprender la marcha a través del bosque para poder seguir charlando. Me interesaba saber qué paso con el búnker que encontraron bajo el granero y si en realidad se averiguó dónde llevaba ese pasadizo. Finalmente tras cruzar la zona de casas, emprendimos la caminata por el bosque, hasta llegar a un claro donde había un inmenso tronco reposando en el suelo, y aunque muerto, estaba rodeado de vida: la humedad, por doquier, avivó los recuerdos de mi infancia, mis caminatas en la residencial San Felipe, en un país tan lejano como el Perú. Había una serie de hongos que crecían adheridos en la base del tronco caído, el musgo, los pequeños e imperceptibles insectos sobre él; evoqué de inmediato las explicaciones de mi hermano: de los hongos que crecían en los jardines de la Residencial, de los champiñones que servía la mamma en sus sabrosas comidas y su comparativa con los hongos de los jardines, de toda la vida que existe en el musgo recordando las veces que puso musgo en su pequeño microscopio, revelando el universo microscópico que existe en el mundo. Sentado allí, cerca de Berlín, lejos del mundo al que pertenecía, podía transportarme a cada referencia de mi propio recuerdo. Pensé también en el mundo infinito e inexplorado de la inexistencia humana, el ser y no ser un ser ausente en el mundo carnal, el poder de la mente, y el poder de la sugestión, la verdad y la no-verdad. Jürguen me observaba pensativo

- Todo esto te confunde ¿No es cierto?

Me limité a asentir. Esa mañana Jürgen se despachó con la historia completa. Al retornar al búnker, ya había decidido con Bárbara no comunicar nada a las autoridades, llegó a la conclusión que definitivamente, no era lo más apropiado. Sus proyectos empresariales y la propia estabilidad de la pareja se verían amenazados: un descubrimiento así, implicaba la injerencia de extraños para develar la verdad de la historia, para que historiadores, arqueólogos, buscadores de la memoria, y de hechos ocultos que sucedieron en la guerra, emerjan como miles de abejas que desean entrar en su enjambre, allí esta la miel, lo que ellas más buscan y protegen. No podían darse el lujo de ser ciudadanos ejemplares sacrificando su propio sacrificio en aras de la historia, total, ya todo estaba dicho, y lo que hubiera pasado con Grosz y Hendrik Müller, ya estaba hecho. Müller estaba enterrado en un lúgubre cementerio cerca al pueblo, con una lápida negra, sin un epitafio que hable  de él como un ser humano ejemplar, tan sólo indicando nacimiento y muerte, Requiescat im Pace. Una tumba más entre miles de tumbas. NO sabemos ni sabremos exactamente el lugar preciso de cada muerte, el hecho es que allí murieron demasiadas personas. Grosz por su parte, nunca fue enterrado, su esqueleto uniformado, seguía en el búnker, con aquel orificio de bala sin salida en el parietal derecho, la Luger a sus pies y el anuncio que algo sucedió allí. ¿ Y qué fue lo que sucedió? Jürgen me explicó que regresó con el joven al búnker, bajando por la escalera de caracol, entrando al despacho, y luego accediendo al salón con el imponente piano de cola francés, que hoy en día debe costar una fortuna. - Era un piano del siglo XIX, una maravilla- contó Jürgen - La segunda vez que llegó allí, conforme se acercaban al salón del piano, aquella lejana música los volvió a envolver, sobrecogidos se quedaron inmóviles, una melodía larga: se trataba de  Johann Sebastian  Bach, La Gran Misa en Si Menor, una sinfonía que no emergía del piano, tampoco del gramófono, provenía de la misma dimensión que la noche anterior secuestró mis sueños. Durante dos días Jürgen estudió todos los documentos del escritorio, halló listas de nombres judios y pasaportes con los que posiblemente ayudo Grosz a escapar a algunos de ellos. También encontró un listado de sospechosos de poseer identidad espuria, con direcciones consignadas  e directivas que estaban dirigidas a realizar determinadas detenciones. Müller, era el encargado de ejecutar el procedimiento. En el pueblo, había un fervor altamente leal al nacional socialismo, aunque Müller sospechaba de todos, razón por la que, al pasar al lado de la DDR, ellos, prefirieron siempre la doctrina socialista. Los huéspedes de las noches anteriores a la invasión rusa, probablemente escaparon por el pasadizo, el cual, daba a más casas. Jürgen y el joven, provistos de una linterna, ingresaron a una red de túneles que recorrían cientos de metros por debajo de la tierra. Buscaban una salida, una pista, pero cada desembocadura estaba sellada con cemento. Salían a la superficie, y orientándose, recalaban en una vivienda, o merodeaban entre las casas tratando de encontrar alguna señal avizora. Esos dos días entraron y salieron muchas veces, llegando a la conclusión que los pasajes secretos recorrían el pueblo, y entraban y salían de distintas casas. Me dijo que al recorrer aquellos pasajes subterráneos, una densa omnipresencia los aturdía. Por momentos su curiosidad se vio flaqueada por el temor a lo desconocido, porque la música empezaba a emanar de la nada en los momentos menos esperados, y mientras se iban acercando a las puertas selladas, un murmullo de ultratumba, interjecciones guturales y secas, pisadas y pasos que corrían inundaban el ambiente aterrorizándolos. Había porciones de los túneles totalmente anegadas, repletas de filtraciones, con paredes resquebrajadas. En el escritorio de antesala al salón principal del búnker, hallaron una extraña carpeta, revestida de cuero y atada con un cordón dorado que en su tapa rezaba:  Geheimegesellschaftt (sociedad secreta) en cuyo interior había una serie de instrucciones para evadirse cuando la guerra estuviera concluida. Por alguna razón, ellos, Hanz Grosz y Hendrik Müller, sabían que perderían la guerra, estaban preparados. Jürgen me relató que estudió al detalle la carpeta, los destinos finales eran Estados Unidos, Argentina y Chile, en la lista de los miembros de la sociedad, había muchos nombres, entre ellos, algunos vecinos del pueblo. También advirtió que contaban con depósitos millonarios en Suiza y en bancos latinoamericanos de Brasil y Argentina. El plan era huir, escapar de la locura y encontrase en alguna parte que no se precisaba. –Es posible – relató Jürgen con el rostro ensombrecido – que hayan tratado de escapar antes, no obstante, el avance de los rusos no coincidió con sus cálculos. Es probable, que muchos de los que estuvieron ocultos aquí, durante el tiempo que hayan podido permanecer, fueron protegidos por las familias que hoy viven en este mustio pueblo. Estoy seguro, que todo lo que se cocinó en el búnker, fue un secreto a voces en el pueblo. El descubrimiento era demasiado pesado para sacarlo a la luz, y las manifestaciones de melancolía, a través de la música, los murmullos y las voces lejanas en los pasadizos, anunciaban que el sufrimiento y la desesperación seguían allí. El ser humano, pierde la consciencia ante el placer y el dolor, como lo dijo Platón, enfocando este principio, el poder, producto de la prosperidad, y la riqueza, colman de un placer, que con el tiempo y su control, se vuelve subliminal en la persona, e inconscientemente lo empuja a hacer estupideces, a perder la consciencia, ha cometer actos errados. El dolor, extendido, la pérdida de lo material y del poder, hará su efecto análogo en los afectados.- Jürgen filosofaba, y especulaba.

Decidió tajantemente cerrar el búnker, llenar la entrada de piedras y cemento, colocar hormigón y dejar a Han Grosz descansar en paz, en el mismo sillón donde se suicidó cuando se vio sitiado. El joven que lo acompañó, impulsado por la curiosidad, e interesado en la intrigante historia, decidió indagar por su cuenta, preguntando en las casas donde suponíamos salían los túneles. Visitó a cada familia, mayormente constituidas por ancianos o personas mayores bastante apagadas, muchas veces hostiles o desconfiadas, le cerraron la puerta en la cara por el hecho de mencionar a Grosz o Müller.

- Lo que debemos determinar es, quienes estuvieron aquí, dónde están – insistía el joven  Alexander - explicó Jürgen. El punto es que se la pasó preguntando con  vehemente impertinencia a todos los que pudo, despertando un profundo malestar, que se extendió a nosotros, razón por la cual hasta el día de hoy nos miran mal. A mí poco me importa, la que sufre con todo esto es Bárbara quien vive confina en la casa y tiene episodios de ensimismamiento, pasea en las noches por la casa cantando sola, al momento de despertarme, a menudo la encuentro sentada en la sala escudriñando la nada. El aislamiento le hace daño, y se desprende de la frustración haciendo compras exageradas en Berlín. Sólo te puedo decir algo, y es que las voces nunca han cesado, los murmullos, los suspiros, y la música. Escapan del suelo del granero, haciendo de la noche una verdadera pesadilla a quien se atreva a pernoctar allí. Por esa razón no estamos jamás en las noches en ese granero, es una oficina que sólo funciona de día. La puerta fue sellada con todo lo más pesado que encontramos, obstruimos la entrada con grandes piedras, cemento, tierra y hormigón y encima se puso una doble loseta de concreto, aún así, la música escapa en las noches, parece que emergiera de los intersticios de las paredes que se resquebrajan inexplicablemente. Alexander murió unos meses después de cerrar la entrada, apareció muerto en Kreoizberg, tirado como u perro al lado del Spree cerca de Hermanplatz, estaba degollado. Nunca se dio con el autor del crimen, tampoco se pudo aclarar razones o circunstancias.

Desde aquel día, cada vez que fui de visita a cada de Jürgen y Bárbara, les agradecí la hospitalidad que me profesaban, sus modos amables, pero decliné las invitaciones a quedarme a dormir en su casa. Me limitaba a ir, almorzar y salir corriendo antes que la noche engulla el día. Cada vez que acudí a sus invitaciones, sentí la carga de miradas que escapaban de las ventanas de los vecinos. Con el tiempo, noté que Jürgen y Bárbara iban cambiando, deteriorándose, ella, sumergida en una extraña alteración, y él, absorto en inescrutables pensamientos, entonces, no regresé más. Lo último que supe de ellos, fue que abandonaron la casa, su proyecto, y se trasladaron a un pequeño pueblo en Jaén España, donde compraron una hermosa casita cerca de las montañas. Estoy planeando visitarlos, esperemos, no exista una nueva historia, de los fantasmas que dejó la guerra civil española, que con seguridad, vagan en los olivares de esa hermosa región.

Ivo Moran Albonico Gasparotto Marzo 2010

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23 Marzo 2011

Ivo Morán

UNA SOMBRA QUE AVISÓ

Los días en aquel entonces eran más largos que los de hoy. Quizá, el mundo al girar en su órbita cuando aún somos pequeños, toma más tiempo, o simplemente, la explicación acertada y coherente es que no tenemos la problemática de los mayores, por ende, el tiempo se distiende y nos enfrascamos en los juegos propios de los niños, extendiendo el tiempo irreal. En esos años, pasábamos los veranos en la playa de Asia, todo el día surfeando, y a veces pescábamos con el cañoncito y el espinel, o sencillamente echaba el chinchorro al mar; en el invierno, sin el constante brillo del sol, los fines de semana, mis padres se entregaban a la lectura, la tertulia y la gastronomía, mientras que nosotros cazábamos palomas en el camino entre Las Palmas y la carretera. Con el paso de los meses y conforme íbamos conociendo el área, fuimos ampliando nuestras cacerías hasta cruzar la carretera y alcanzar  las orillas del Valle de Omas, justo frente a la Playa Asia. No sé a ciencia cierta cómo estará Omas hoy en día, porque la atención de los limeños está centrada en el balneario, entonces, evitaré hacer conjeturas equívocas que no se reflejen en la realidad.

Mi amigo Carlos, amigo de la infancia y fiel compañero de cacería, solía pasar los fines de semana en nuestra casa de la playa; él siempre llevaba su carabina 22 Mosberg y yo mi escopeta calibre 20 marca Rossi de un cañón, regalo de mi padre. Con trece años, la inquietud que nos provocaba la idea de salir caminando en la madrugada rebasaba la espera causándonos dificultad para conciliar el sueño, por ende, con pocas horas de sueño el despertar era accionado por la alarma de la emoción. La noche anterior mi madre solía preparar la cena, nos sentábamos todos, incluso mi hermano, y comíamos alrededor de la mesa iluminada por una Petromax, no faltaban los consejos por parte de mis padres mientras que comíamos: del cuidado y la precaución que debíamos tomar andando solos con armas de fuego. En aquel entonces, no existía el terrorismo, y la playa de Asia y su Valle, eran lugares seguros y muy tranquilos. Los terrenos que se extendían entre Las Palmas y la carretera, en la madrugada, con la neblina baja y aquella garúa casi perceptible, ofrecían una vista muy peculiar: largas extensiones sembradas de algodonales marchitos, algunos moribundos, señal del vestigio de lo que fue una próspero valle algodonero, propiedad de la hacienda de la familia Peschiera, que por cierto les fue expropiada y entregada a sus campesinos los cuales se encargaron de hundirla en la decadencia y el abandono por su falta de conocimientos y su propia ignorancia. La tierra, arenosa, húmeda, el lúgubre paisaje, los espinos entre terreno y terreno, los canales de regadío deteriorados donde en vez de agua había arena acumulada por el constante viento, consumaban la atmósfera críptica que a mí me fascinaba. Sujetar la escopeta, y hundir mis botas de cacería en la arena, el olor de la garúa y el aire salado que provenía del mar, en consonancia con los sonidos que emitían las lechuzas más ese paisaje, me transportaba a un mundo mágico y lleno de misterios que mi mente iba creando en el camino. A mi lado, Carlos Durand, mi inseparable amigo, siempre marchaba atento, con la carabina en mano y listo para descerrajar el disparo necesario a la primera paloma que estuviera a tiro, la cual con seguridad, él abatiría con su puntería extraordinaria.

Saliendo de las Palmas, a la orilla de los terrenos abandonados se extendían caprichosas, montones de dunas que por obligación teníamos que cruzar. Una madrugada, en la cual la excitación y el insomnio que antecedían a la cacería no nos dejaron dormir, salimos algo más temprano. Aún era de noche, y el viento soplaba suave desde el mar, la niebla se empozaba entre aquellas dunas, los algodonales, a lo lejos, danzaban como sombras indecisas, y el silencio sepulcral, me produjo el incipiente temor de que algo extraño sucedería. Cuando íbamos bajando una duna, Carlos me alertó con una señal: giré para mirar la dirección que me indicaba, pensando que se trataba de algún zorro, u otro tipo de animal, empero, no fue así; lo que vimos fue el perfil de una persona que pasaba rápidamente, demasiado, entre duna y duna  escapando en segundos de nuestro ángulo de visión. Pensamos en un loco.

- Debe ser un loco –  susurró Carlos

Hasta hace poco, no sé si aún, los dementes, en el Perú, si eran indigentes, quedaban deambulando a su libre albedrío por cualquier lugar. Muchos de ellos, expulsados de su casa, víctimas de esquizofrenia aguda, consumían su vida vagando en las carreteras, vestidos con harapos  o desnudos y totalmente percudidos, descalzos, alimentándose de basura ante la indiferencia de todos, hasta caer muertos en algún lugar inesperado. MI madre me contó historias de locos perdidos y olvidados por el mundo, por su familia, advirtiéndome, que no me acercara a ellos, podrían ser muy peligrosos. Yo me preguntaba si dios los había olvidado, y cuando le preguntaba a mi mamma, si dios los olvidaba, ella respondía incómoda

- Son los hombres los que olvidan y no Dios -

- Cuidado Carlitos - le dije - puede ser un loco malo -

En nuestra inocencia, aún con armas de fuego en la mano, capaces de matar, no pensábamos en ellas como algo para nuestra defensa.

Asustados corrimos hasta llegar a los espinos y luego por los algodonales mirando constantemente a nuestras espaldas. Ya alejados del extraño encuentro, respiración en orden, cruzamos la carretera, y era aún de noche. Al otro lado de la misma, el valle, en aquel entonces todavía estaba verde, habían cultivos de algodón, higueras, pacayes, y cierto movimiento de los campesinos. Luego de caminar un rato internándonos en el campo fértil, el día empezó a despuntar, el sol emergió tras las montañas iluminando de hermosos colores las copas de los árboles y los cultivos para esconderse en las grises nubes invernales. Pasamos el día cazando y abatimos una buena cantidad de palomas madrugadoras, cuculíes y tortolitas que sujetábamos en nuestros portapresas.

Ya de regreso, recordamos a la persona que habíamos avistado en la madrugada, entonces, seguimos nuestras propias huellas para alcanzar la localización exacta  y así, poder investigar las huellas del misterioso personaje que cruzó nuestro camino esa madrugada. Recuerdo nítidamente en aquel entonces, mi pasión por las fantasías, la observación de las huellas que imprimían nuestras botas en el campo, en la arena de los algodonales conjugando ese aire de penumbra y olvido que rodeaba esa zona. El constante estudio de los canales de regadío deteriorados, los agujeros en el campo para determinar si eran o no, madriguera de lechuzas, y el olor del ambiente preñado de humedad y sal, y de fondo, flotando inmensa sobre el mar, la Isla de Asia, imponente, reluciendo sobre el Pacífico. Seguimos nuestras huellas y alcanzamos las mismas dunas donde habíamos cruzado en la madrugada, fue sencillo determinar el lugar donde empezamos a correr con el temor a cuestas, bastó observar nuestras propias huellas: tenían mayor espacio, estaban impresas con mayor profundidad y rodeadas de la arenilla diseminada a su alrededor exponiendo las capas de tierra bajo la arenilla que traía el viento. Nos detuvimos en el sitio exacto donde empezó nuestra huida: el sujeto errante, había pasado justo en la duna de enfrente. Cruzamos buscando sus huellas, de acuerdo al calzado sabríamos si se trataba de un loco, que generalmente andaban descalzos, o si eran ojotas, hechas de neumáticos viejos, pues los campesinos en aquel entonces las usaban, y sus huellas eran reconocibles de inmediato, o alguna persona extraña. Empezamos a buscar en la duna, una y otra vez (en esos lugares no caminaba nunca nadie) tan sólo perros vagabundos y nosotros los días que íbamos de cacería. Recorrimos palmo a palmo la duna, sus derredores, y no encontramos huella alguna. Carlos levantó la vista y me miró intrigado encogiéndose de hombros, yo repliqué.

- Vamos a ver a la otra duna, de repente, la sombra que vimos, estaba allá, y con la noche nos pareció verla más cerca – sugerí

Ambos caminamos hasta la siguiente duna, siempre sobre el mismo ángulo de donde la habíamos visto y donde empezó nuestra carrera, al llegar, nada, no había ni una sola huella. Era normal que el viento soplara y borre toda huella durante unas horas, sin embargo, en la base de la duna, donde había una especie de maleza del desierto y la tierra era menos arenosa, las huellas no se solían borrar, más bien, quedaban endurecidas por la llovizna y la sal del ambiente; huellas frescas, ni una sola. Decidimos subir a la duna y al llegar a la parte alta, con sorpresa, encontramos sobre ella esparcidos fémures humanos y costillas también humanas. No eran de animales porque en ese tiempo, conocía muy bien la anatomía humana, y sobre todo, mi hermano estudiaba medicina y me ilustraba constantemente temas de su carrera.

- Fue una pena – alcancé a decir a Carlos

Definitivamente, aquella espectral sombra, fue el preludio de todo lo que empezaríamos a experimentar en Las Palmas

Corrimos de regreso, olvidando las palomas que se batían en los protapresas salpicando la sangre sobre nuestros pantalones, llegamos corriendo a la casa, y fuimos directos donde mi madre a contarle la historia. Le explicamos que al salir, habíamos visto aquel espectro confundiéndolo con un loco, y de regreso, no habíamos encontrado huella alguna, y en su lugar, hallamos huesos humanos esparcidos en la duna.

- Oscar - dijo mi madre llamando a mi hermano mayor

Él, estaba sentado en la terraza leyendo un libro.  Displicente, siempre escéptico a todo, entró a la casa con una sonrisa irónica para decir:

- Sí, escuché la historia, bueno, ¿Qué pasa?

- Regresa con ellos a las dunas y mira esos huesos y dime qué es lo que hay- ordenó mi madre

- Dejamos las palomas en la cocina y salimos con mi hermano caminando. En todo el trayecto nos tildaba de estúpidos y pesados, para él nunca lo dejaba en paz. Al llegar a la duna, comprobó, que, efectivamente, se trataba de huesos humanos. Se acercó modificando su expresión de incredulidad escéptica para convertirse de inmediato en un arqueólogo inminente

- Cavó indiferente con los pies la arena: saltó arenilla de diferentes colores, y pedazos muy pequeños de tela hecha jirones, entonces de inmediato exclamó:

- Aquí hay un cementerio preincaico, vamos a buscar unas palas y seguro encontraremos huacos

Mis padres se dedicaron muchos años antes a la búsqueda de tumbas preincaicas y a la arqueología. Poseíamos una hermosa colección de piezas preincaicas, de bronce, cerámica, e incluso collares con partes de oro.  Tanto mi madre como mi padre estuvieron de acuerdo en que regresemos al día siguiente a cavar allí y ver lo que había, y con todo el alboroto que el descubrimiento causó en la familia, olvidaron, que quien nos dio el aviso de la existencia del cementerio, fue, posiblemente, uno de sus propios habitantes.

Situaciones que pasaron allá por principios de los setenta

Ivo Moran Albonico Gasparotto- febrero 2011 Buenos Aires

*

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23 Marzo 2011

I.M.

LOS ACREEDORES

El último cobrador de mis rentas no volvió a reportarse, simplemente desapreció, y no me quedó más remedio que acudir personalmente a efectuar las cobranzas. Antes de él, otro de mis cobradores desertó tras ir a cobrar la renta a la bella inquilina de la que me habían hablado.

Cuando llegué a la casa, por primera vez, ella me recibió con mucha amabilidad, su voz sonaba a la dulce melodía de la sirena, he leído muchos libros que la pintan como algo excepcional, con un tono cadencioso y suave, suerte de voz cantarina que emerge de un poema que no hay humano que sea capaz de entender, que infunde demencia en los hombres. Y ella, que te puedo decir Esteban, ella era una mujer dotada de frescura, naturalidad y belleza innata capaz de cautivar a cualquier hombre. Me encantó la forma como abrió la puerta: primero, sus manos delicadas aferradas al borde, con las uñas prolijamente pintadas de cereza se asomaron anunciándola, luego, emergió medio rostro, dibujado,  mirando desde adentro con la puerta entornada: sólo alcancé a divisar uno de sus ojos, el cual era azul como el cielo. Cuando abrió la puerta de par en par, entonces la sorpresa fue mayor, su otro ojo era pardo como el mío. Sus cabellos, finos como los de un ángel, parecían sostener la garúa de la poesía. Ya dentro de su casa, me detuve sin saber qué decir o cómo empezar, ella me rodeó grácil, con movimiento felino, lanzó una leve sonrisa  y me invitó a sentarme en una antigua silla situada cerca de la mesa del comedor. Hubo un corto silencio suspendido entre ambos, parada frente a mí, parecía un ser andrógino, sí, como una sirena que tiene de pez y de humano.

- Le traigo un refresco señor.- me dijo cautivándome con su voz angelical

Asentí como párvulo acorralado, con la sonrisa del púber complacido que acusa la cara del imbécil perpetuo. Cuando se dirigió a la cocina la observé por atrás, su estrecha cintura resaltaba sus bellas caderas y la hermosa cola. Investigué el entorno: era todo antiguo como la silla, los muebles se hallaban algo degastados, las alfombras deshilachadas, y las paredes despintadas. Me llamó la atención el olor que flotaba en el ambiente: no era agradable, tampoco desagradable, extraño aroma dulce como el tocino crudo. De repente, ella salió con la blusa desabotonada, sus senos turgentes me apuntaban.

- No tengo agua fría, pero aquí está el cheque señor- dijo extendiendo la mano con un cheque entre sus dedos - espero no tenga problema porque me falta algo de dinero y la cuota no está completa.

De pronto sonó el teléfono y ella se excusó con el ademán de una dama de la alta alcurnia y se retiro del comedor para dirigirse a la sala, pude escuchar lo que hablaba:

- Sí Fernanda, sí, no me digas... es tan problemática la cosa, mierda, entonces quieres que vaya de inmediato, ¡ay¡ no sé que voy a hacer, mi auto se ha estropeado, aunque... ah ya sé, aquí está el señor que ha venido a cobrarme la renta, el dueño de casa, y le pediré que sea tan amable de llevarme con él, seguro que me ayudará.-

Entonces el silencio dio el aviso de lo que su interlocutora replicaba.

- Que vaya sola, peor ¿por qué? Es tan urgente, bueno a ver que hago -

Y colgó

Salió consternada y disparó sin preámbulos:

- Es mi mejor amiga, tiene un problema muy grave, una hemorragia, ya sabe, esas cosas de mujer y necesita que la lleve de inmediato al hospital.

- Llamen a una ambulancia – sugerí imprimiendo preocupación

- No entiende, debo ser yo quien la lleve, es algo delicado -

Que desea ¿qué le presente el auto? - pregunté asombrado

- Exactamente, por favor – acotó natural

- Lo pensé, era una mujer excesivamente bella, quizá un favor futuro... no sé, no podía negarle un favor

- Bien tómalo, pero conduce con cuidado, mira que el seguro solo cubre accidentes si soy yo el que lo conduce.

- Regresaré pronto- e hizo un mohín de complicidad

En  minutos ella conducía mi auto y yo me quedaba solo en la casa, su casa, mi casa.

- Me senté a pensar, y me dio sed, entré a la cocina, y abrí la nevera: no había nada excepto una lata de atún

- Verdad, ella me dijo que no había agua.- pensé

Al lado de la nevera había un inmenso congelador

Imaginé que quizá allí podría encontrar hielo, lo abrí, en su interior había tres cabezas humanas, la escarcha cubría sus rostros, uno tenía bigotes y sus ojos estaban abiertos con expresión de terror, todas esas cabezas se hallaban seccionadas por el cuello, vi varios brazos y pies seccionados en un lado del congelador. Me asusté, salí de golpe, vomité en la puerta, me miraban, salí despavorido y antes que llegara a la esquina, ella me dio el alcance con mi propio auto,, toda la sangre de mi cuerpo acudió en salvataje a mis entrañas, ella sonrió con dulzura y me arrolló.

Ahora me pueden encontrar en la conservadora, hay cuatro cabezas.

 

Ivo Moran (épocas negras)

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23 Marzo 2011

PENSAMIENTOS - AFORISMOS

El problema en la literatura de esta época de tecnología es que hay demasiados idiotas pegados a redes sociales, a los teléfonos móviles, y no tienen tiempo para leer, y es que por añadidura “trabajan demasiado”  ellos dicen que son los que más lee

Escribir para no ser leído es como bailar sin pareja

Para leer en tranquilidad sólo se necesita estar lejos de las personas que hablan y ven televisión.

Las editoriales de las grandes ciudades necesitan de personajes de elite para que sean convertidos en escritores, eso vende. Necesitan impulsar sus ventas mediante estos personajes, o centrar a sus escritores en el mundo fatuo, frívolo y odiosamente tecnológico de los burgueses del siglo XXI.

Cualquier tragedia puede convertir a un personaje en un mártir, y, generalmente escriben su historia y se vuelven escritores. Hay personajes que escriben su tragedia con sangre sudor y olvido, y a ellos que son los que más vemos, no los podemos leer.

Si un personaje público sufre una tragedia será condecorado, entrevistado, y crecerán todos sus valores. Si a un personaje de la vida diaria le ocurre una tragedia, tendrá que prepararse para salir de ella sin mucha queja para no perturbar a los que no desean ver tanta desgracia y buscan eventos más importantes

No comprendo cómo es que la estupidez que irradian los programas bobos de la televisión, puede, incluso, a veces, capturar mi propia atención.

Los genocidios más grandes de la historia universal, son los genocidios encubiertos que practica el capitalismo latinoamericano excluyendo a los pobres y niños originario

Los progresistas, en Latinoamérica se amparan en todos los líderes estultos  y avaros que no les interesa otra cosa que ellos mismos

Es notable que los niños que se vuelven delincuentes son siempre pobres, y los hombres que son delincuentes fueron pobres, y es más notable aún, ver a los ricos delinquir explotando a los que se hacen delincuentes

Los verdaderos dueños de la tierra son generalmente lo que no tienen derecho sobre ella

El nativo latinoamericano es bueno para el folklore y no es bueno cuando hay que pensar en todo lo que se le debe

Se informa del hambre de los nativos olvidados cuando los teleadictos están aburridos de las muertes ciudadanas, hay pocas catástrofes, y se necesita un poco de rating

En Latinoamérica somos campeones de la amnesia histórica: olvidamos muy pronto el mal que nos hacemos unos a otros

Patria no es la acumulación de riqueza, Bill Gates tiene más dinero que mi patria y no es más que una persona. Patria es la convergencia general de razas, ideas y tolerancia recíproca con verdadera justicia social

NO creo en la bandera, no creo en el himno, no creo en los nacionalistas, sólo creo en la especie humana, y ya no sé, si podré seguir creyendo en ella

Es notable el poder que tiene la prensa para utilizar su presunta libertad, para manipular, destruir y construir el mundo que desean los más poderosos.

El silencio y el olvido, la indiferencia y el desprecio hacen del escritor un ser diseñado para resistir incluso la muerte dentro de sus propias obras.

Es insólito el pensamiento repetido que he visto escapar como vapor de los labios de funcionarios que deciden destinos humanos: “estamos en Latinoamérica, esto debe ser así” quizá es más el vaho de la genética programada por los colonos e insertada en criollos y mestizos, mientras manejan los hilos, intercambian puestos y siguen motivando la ineptitud que entorpece la funcionalidad de progreso.

El sexo y el crimen son los símbolos más notorios de la civilización humana

Los vicios de carácter destructivo, entre la mayoría de hombres, son sencillamente el reflejo de la búsqueda de la felicidad en el sendero errado, y el error de incurrir en la propia debilidad de no salir de aquel sendero, por aquel sentimiento efímero de bienestar que siempre se ausenta e impulsará continuamente, la presencia de aquellos vicios.

El crimen que proviene de un menor de estrato pobre, es la notable prueba de la terrible falla en el sistema y el estado incapacitado para velar por su propia esencia.

La sociedad ante incidentes de muerte por el crimen, entre sus miembros, en nuestros sistemas democráticos con la triste idiosincrasia digna de la sociedad colonial, se exalta, se organiza, e impulsada por el sistema desigual  institucionaliza la venganza, busca castigo, y se va volviendo más ciega respecto a la verdadera solución.

Los escritores llegados en la nave del consumo, suelen decir que no les interesa la popularidad, se hacen los desinteresados respecto a los premios, menciones y concursos, y cuando los hacen famosos, están en todas las fotos y su ego se hincha tanto que se convierten en pacientes de una extraña patología del envanecimiento.

Escuché en un teatro porteño, en donde asesinaban la memoria de Kafka musicalizando La Metamorfosis, a un concurrente confundir esa magnífica obra con la película  norteamericana llamada La Mosca, fue tal mi indignación que me retiré de aquel patíbulo de la literatura; el vulgo elegante permaneció atento a la interpretación cumpliendo la formalidad y sumando en su haber algo de lo que van dejando de la cultura.

Conocí políticos muy importantes, y por añadidura a sus parientes y amigos. Cerca de ellos, conocí a eximios diplomáticos de los más variados países. Por otro lado conocí a criminales famosos e importantes prontuariados abogados que los rodeaban, y por añadidura, también convergí con sus parientes y amigos. Eran dos grupos con características diferentes en apariencia y con actos moralmente iguales, unos legitimados y bien encubiertos, otros imposibilitados de alcanzar el refinamiento de los primeros por la misma ignorancia en la que ellos los mantienen.

Una vez me senté a la mesa con un premio Nobel de literatura, y otra vez con  un literato que actuaba como si fuera el Nobel, con seguridad ninguno  me recuerda, uno aunque humilde demasiado importante, y el otro desconocido, actuando como una estrella: ante ellos siempre se pasa inadvertido.

A veces me pregunto que tipo de medicación puede tomar un juez para calmar su consciencia cuando hace su trabajo inapropiadamente, y otras veces me pregunto si existe el tratamiento preciso, que les haga perder la consciencia y neutralice la calidad humana.

Quizá hay hombres que crecen y se agigantan con un uniforme y el minúsculo y violento poder que le confiere alguna institución sobre otros hombres, ellos, siempre, en algún instante quedarán solos, frente al espejo, desnudos, y volverán a ser y a entender, lo insignificantes que son, como somos todos los hombres.

Cuando tuve la suerte, por primera vez, de acudir a un festival internacional de literatura, esperaba encontrar un clima sin tensiones, sin embargo hallé una atmósfera preñada de tensión y una lucha de egos inmensos, entonces comprendí, que entre todas esas estrellas de las letras no había espacio para un satélite que desee un poco de la luz de esas inalcanzables estrellas.

En Latinoamérica, si quieres encontrar una editora que publique tus obras, necesitas dos cosas importantes: un padrino, o buenas relaciones; el estilo y la calidad vienen después, para eso está el dinero.

No sé quien es el más avieso, el juez, el fiscal, el abogado, o el infeliz que será juzgado por cometer un crimen y depende de ellos, que a su vez representan el sistema que procura que exista.

No hay nada peor que un fundamentalista que amparado en su religión,  cree poseer la verdad, y en realidad sólo posee esa verdad particular que ha probado en la historia universal que es la mejor herramienta para matar.

El mejor ejemplo de la materialización de la estupidez y lo absurdo se puede encontrar en la lentitud burocrática que marca las pautas de la justicia.

Para poder entender a los hombres hay que llevar un lente que nos haga ver sus virtudes y oculte sus defectos.

El único ingrediente capaz de destruir el amor es la rutina.

Prefiero creer en el universo como Dios omnipotente que en los dogmas acomodaticios que profesan los religiosos y con ellos legitiman la muerte y el abuso.

En Latinoamérica el estado suele ser el cómplice más fuerte de los monopolios que expolian la riqueza y agravan la pobreza

La peor condena es la incertidumbre, y la justicia siempre condena por adelantado.

La soledad suele ser el momento idóneo para la reflexión y el pensamiento, y el olvido es el momento idóneo para pensar que a veces, estamos realmente solos.

Necesitamos de accidentes que rayen la tragedia para corregir lo que no se hizo.

Los pobres e ignorantes lloran  a sus muertos a gritos, mientras que los ricos y educados lo hacen discretamente, con gafas oscuras y en elegantes ritos, ambos muertos terminan en la misma fosa y ambas familias retornan a la vida que les ha tocado vivir.

Hoy en día para trabar amistad con las personas hay que nadar en la prudencia,  y es que existen tantas formas de esconder la maldad, que no se puede saber si una mirada seráfica es en realidad un gesto de bien.

Para el buen televidente es más interesante el morbo que despierta la desgracia, que la gratificación que porta una buena noticia.

Los culebrones de la televisión plasman situaciones absurdas para que sus seguidores puedan paliar el disparate social de la modernidad.

Las redes sociales de Internet son una vitrina que nos permite mirar donde los demás desean ser vistos, además fomentan encuentros virtuales capaces de crear personalidades, caracteres y esa buena voluntad que en realidad no existe en la mayoría de sus usuarios.

La ignorancia del joven bravucón, sus ademanes déspotas y su violencia continua, son patéticamente tristes, y el nítido anuncio que en el futuro, será reciclado en una cárcel para causar mayores daños en la sociedad

No hay nada más estúpido que el despilfarro, que tirar comida a la basura y dejar los grifos abiertos sin cuidado alguno; en la cárcel he visto los mayores despilfarros de capital humano (personas), comida en la basura con hambre en las alforjas, y agua perderse en sumideros mientras un niño, en algún lugar, no la tiene

Es indignante darse cuenta que en la justicia, en los entretelones de lo absurdo, no se hace un trabajo prolijo, y meten a todos en un solo saco, y lo más grave, no estudian detenidamente cada detalle; especie de dioses, y ese poder conferido por los humanos, ellos lo confieren a otros peores que ellos

Todo momento de la vida es bueno, y cada instante puede ser mejor, el problema es que de tanto quejarnos y buscar es momento de felicidad, olvidamos cómo entender lo bueno que hay en el sendero del vivir

La pobreza y la riqueza extrema, vuelven a muchas de sus víctimas, seres capaces de cometer locuras, y perder la consciencia de sus propios actos

Para que seas aceptado por la sociedad, es más importante un buen auto, estar bien vestido, que ser inteligente y estar arropado de experiencia y cultura

Hay gente que se jacta de viajar a menudo por el mundo entero y conocerlo, acuden a hoteles caros, viajan en “truppes” turísticas, y realizan periplos organizados con guías, esos viajeros nunca conocen en realidad todo lo que ven, son los viajeros de tarjeta postal

Prefiero un agnóstico honesto que un creyente sincero.

La iglesia Católica Apostólica y Romana, a pesar de su nefasta historia, hizo algo por el mundo, y es que en su esfuerzo interpretativo de lo que enseñó Jesús, algo bueno hizo, el problema siempre estribó en sus facciones y sus gestores

Quizá los musulmanes no sean tan abyectos como los pintan los xenófobos europeos, tal vez los europeos no sean tan aviesos como los dibujan los seguidores fundamentalistas del Islam, posiblemente, si la creencia estuviera relegada a la intimidad personal y a la libertad que nos puede haber dado un supuesto dios, no habría diferencias

Yo vi morir personas víctimas de una bomba rastrera puesta en la Plaza Perú de Madrid, por terroristas vascos, casi muero allí.  Años después, me senté a la mesa con los mismos terroristas que por poco me matan y había que llamarles políticos, fue por azar, entonces entendí que ellos no matan personas, no hacen actos individuales, son simplemente seres egoístas, fanáticos  de principios que los vuelven ciegos

Y me encontré con terroristas de Sendero Luminoso, convergí por azar, y en esos días enterraron a muchos muertos por ellos, y entre los cadáveres tenía conocidos, nunca entendí ni aprobé la muerte, tampoco comprendí el olvido al que por muchos años, esos mismos terroristas fueron condenados por el estado peruano, entonces los entendí sin realmente entenderlos

Una personalidad diminuta con poder es más peligrosa que una gran personalidad con ese mismo poder

Llama más la atención en Latinoamérica un programa que enseñe la voluptuosidad de las mujeres fabricadas, los glúteos rellenos de siliconas y los pechos hinchados artificialmente, que otro en el cual haya que pensar un poco, en los demás

Antes los militares y dictadores imponían sus ideas con la fuerza de las armas y con muerte genocida. Hoy las imponen los políticos demócratas con la fuerza de los medios y con la muerte naturalmente legitimada por el hambre y la miseria, la muerte espiritual y la de la dignidad, ambas formas de sumisión y muerte, devienen criminales

El que se precie de ser socialista, anarquista o revolucionario social, que comience por no pretender ser mejor que los demás y buscar primero su comodidad

Conocí a un par de anarquistas en BS Aires, ellos decían estar contra la propiedad privada y el estado, y aseguraban tener convicciones muy intensas, y ambos inmersos en su aporía de lucha social, vestidos con marcas de consumo buscaban dinero, para ser como los que ellos dañaban con una camiseta Nike

Yo le pregunté a un joven imbécil si al faltarle el respeto a un hombre mayor no pensaba en sus padres, y no me supo contestar

No pensemos que el hombre viejo debe ser necesariamente sabio, porque muchos hombres pasan la vida voluntariamente enquistados en su ignorancia, y cuando despiertan en sus arrugas y canas, ya es tarde para buscar la sabiduría

No pensemos que todo hombre muerto es bueno, pero si pensemos que tuvo algo de bueno, a pesar de todo el mal que haya hecho en el mundo

Dicen que todo tiempo pasado es mejor, así nos parece, porque ya escapó de nuestras manos y jamás podremos recuperarlo para entenderlo e interpretarlo

Me parece hilarante ver a los medios atacar a personajes tildados de xenófobos, si pensamos un poco, todo lo que no corresponda a nuestra especie, de alguna manera, no sé si genética, por herencia cultural o por desarrollo de convicción, nos causa, una discreta fobia, muy adentro, que algunos tratamos de enmendar

En Latinoamérica, muchos quisieran ser blancos y de ojos azules, y en la televisión, en la publicidad, ese ideal se cumple, es una herencia que nos dejaron, esos blancos de tercera categoría, que eliminaron a los verdaderos latinoamericanos e inclinaron la balanza del entendimiento, con hierro de muerte

Los buenos recuerdos son un elemento adicional que siempre ayuda a encontrar esperanzas

Nuestro mundo es una guerra de energías, comienza en nuestros cuerpos y es repartida por nosotros mismos, las hay por doquier. Hay quien vive de la energía ajena, hay quien tiene mucha energía, y hay quien sólo sabe robar energía para sobrevivir, la sustrae, entonces, mejor aléjate

La ignorancia supina que impera entre muchos burócratas se va coagulando de tal forma, que sus costras hacen que todo sea más lento y más incoherente en nuestros estados.

Es impresionante y desconocido para el vulgo desprevenido, la ineptitud de muchos esbirros del sistema judicial en Latinoamérica, la impunidad con la que manejan ellos las leyes modificándolas para su propio beneficio o por ganar mayor reputación. Es triste saber que los semidioses que los manejan, muchos de ellos jueces y legisladores, no representan a la verdadera justicia, más sí, son el ejemplo más indigno del abuso del hombre sobre el hombre.

Los medios de comunicación tienen el mayor poder de la civilización moderna, y los poderosos se valen de ellos para reafirmar su presencia y para encubrir sus actos oscuros dentro de la legalidad que preconizan cuando defienden la libre expresión, esta última, bastante desvirtuada con el libertinaje de expresión que vuelca la información al mundo de la difamación, el oprobio y la falsedad

Hace poco, un compatriota fue galardonado como Premio Nobel de Literatura, no es que ame sus obras, pero son interesantes y su esfuerzo es admirable; me sorprendió la ola de envidia y crítica que desató el premio entre otros “intelectuales” latinoamericanos, ellos, en sus rabietas lo crucificaron y sacaron todas las miserias del galardonado a la luz. Creo que olvidaron que el premio le fue otorgado por su carrera de escritor, su Dedicación y su esfuerzo, y no por lo que haga o no haga en su vida privada, por sus pensamientos o inclinaciones políticas, quizá, todos esos críticos prospecto de mariposas, olvidaron que para cada zapato hay un pie, igual que para cada escritor y su estilo existe un lector.

Leí los comentarios de un intelectual argentino acerca de nacionalismos, patriotismos y chauvinismo, revelando que profesaba el nacionalismo moderado, comparando sus ideas con la calidad patriótica de los próceres de la independencia. Su artículo estaba escrito a sazón, quizá de la envidia y en colación, por supuesto, al nuevo Premio Nobel y el discurso que hizo cuando fue galardonado. Para los intelectuales, el nacionalismo y el patriotismo no deberían impulsar ningún tipo de sentimiento especial, no existe nacionalismo altruista, justamente porque la especie humana se constituyó dentro de la misma evolución, y las leyes naturales, esas que no conocen de patrias o de nacionalidades. Ser presa de un arrebato de animosidad o de efervescencia al cantar un himno o al ver flamear la bandera de la patria, es el signo más visible de atraso y el anuncio que la evolución natural continua cayendo en la etapa de la destrucción y no hay vuelta atrás. Y, pensar en las motivaciones de los libertadores de América y de otros lugares bajo el yugo colonial, tratándolas de comprar con este mundo moderno, sin barreras y globalización, es una verdadera necedad, toda época tiene un instante y una dinámica.

En Latinoamérica existe una tendencia generalizada: querer ser como los países del primer mundo, tratar de copiar sus paradigmas y emular sus actos culturales, defender sus políticas y buscar homologar nuestros estilos de vida con ellos, no obstante, cuando surge la incompetencia, la irracionalidad, y queda desnuda la patética realidad de injusticia generalizada, los principales interesados, suelen atenuar el discurso y decir: todavía nos falta, somos Latinoamérica. En verdad son el reflejo de la mediocridad e incapacidad de nosotros mismos para poder alcanzar los mismos valores y la anhelada justicia social, quizá, a ellos, no les interesa: es que los beneficiados del desequilibrio, se reproducen como ratas

La mayor apología del crimen y la muerte emana de las pantallas de un televisor, y llega desde un canal que emite noticias diseñadas para acrecentar la delincuencia

Pueden haber escrito Focault, Derrida, Morin, entre otros, sobre el perdón y la falta de efectividad de la represión como solución al delito y al crimen, lo cierto, es que también existen cientos de instituciones que supervisan los Derechos Humanos, y velan por la verdadera justicia, yo me pregunto si en realidad todo eso ha hecho que cambien las cosas...

Hay grupos inmensos de personas que trabajan para que no existan abusos y se cumplan los derechos humanos, esos derechos que avanzan y retroceden de acuerdo a la conveniencia del poder que se halle de turno, sin embargo hay una realidad indiscutible: aún no se respetan los derechos humanos y no existe compromiso ni un verdadero esfuerzo en cambiar la realidad de represión e inducción social al crimen.

Hay quienes no toman en cuenta a los poetas, y los empequeñecen ridiculizándolos ante los escritores, parece que han olvidado, que cada instante gratificante de nuestra existencia, combina algo de vida, de novela y todo está enmarcado en una gran e indiscutible poesía

La sobre exposición a las cámaras fisgonas que vigilan las ciudades del mundo moderno no dejan de reproducirse, ahora invaden lugares que antes hubiera sido impensable controlar, contradicen los principios de intimidad, privacidad  e individualidad colectiva. Es tal el grado de furor vigilante que la explicación se ha convertido en una lógica, un axioma, una forma de vida que las nuevas generaciones aceptan naturalmente, a tal punto que van incorporando la vigilancia a su esfera más íntima, en sus casas, y el resultado es exhibido en las vitrinas virtuales de las redes sociales, hoy en día, el mundo es un gran panóptico, y quien no forma parte de esa dinámica, comienza a ser un ser antisocial

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23 Marzo 2011

LA MUJER DE NEGRO

San Isidro Lima Perú, 1978. Vivía en la calle Cádiz, a tres cuadras de la casa del presidente de la república, el General Francisco Morales Bermúdez. En aquellas fechas, Lima aún no era la ciudad desbordante y caótica que es hoy, el concepto urbanístico empezaba a deteriorase y los servicios básicos como el transporte y las prestaciones sociales perdían estabilidad  hundiéndose en la  paulatina anarquía. Se acercaba el momento que Morales Bermúdez entregaría el poder a la democracia, y silenciosamente, en la sierra de la provincia de Ayacucho, se agazapaba la idea maoísta que predicaba Abimael Guzmán desde la Universidad de Huamanga. Ese año fuimos de cacería hasta la misma ciudad de Ayacucho, conduciendo un Toyota último modelo por la carretera de Libertadores: el viaje fue tortuoso, largo y accidentado: el invento japonés se sacude como un frágil bote en el mar, los baches como cráteres parecen tragarnos, y nuestras cabezas se baten como  títeres fijos a los asientos.  El viaje parece que nunca acaba, la lluvia embarra toda la carretera y el auto queda empantanado varias veces, se rompe el tubo de escape y hay que descartarlo, una piedra destroza el parabrisas, se revientan tres neumáticos y hay que esperar para que pase un camión y nos socorra, llega la noche, el día, la noche y el día, el sol emerge en la madrugada desbocado sobre la montañas, el frío congela en la noches nuestras manos entumeciéndolas despiadadamente y la calefacción estropeada brilla por su ausencia, parece que no llegaremos jamás:  Al final llegamos, ese fue el viaje a Ayacucho, una tortura desmedida.  La carretera en aquel entonces no poseía asfalto, y el encalaminado, más las piedras del camino se encargaron de demoler el auto, al arribar a  Huamanga  el auto estaba destartalado.  Pasamos varias semanas en esa ciudad con una iglesia en cada esquina, en casa de la tía Salomé, esposa de Miguel Chahud hermano de la madre de Carlos, ella nos mimó y atendió con la ternura que no esperaba. El Toyota se reparó y nos dispusimos a ir de cacería a las montañas. Nos habían avisado de un maravilloso lugar donde encontraríamos una fauna impresionante. Caminamos por los andes, subiendo las montañas y llevando a cuestas las escopetas, una pequeña tienda de campaña y dos bolsas de dormir. Carlos, como siempre me acompañaba. En ese lugar él era el conocedor de los terrenos; su  madre, la señora Teresa Chahud, Siria de nacimiento, había llegado al Perú procedente del oriente junto con su familia y se instalaron en aquella provincia una buena cantidad de años atrás. Preguntando en las montañas, dimos con un lugar llamado Niñobamba, donde las aguas termales brotaban de la tierra andina curtida por los milenios, hirviendo, burbujeantes, y tan solo estaban canalizadas precariamente por unas paredes de adobe. Los campesinos construyeron dos piscinas empozando las aguas termales entre paredes de adobe cubiertas por un techo de brillante calamina. Para acceder a las aguas, cobraban minucias con lo cual se podía disfrutar todo el día de sus propiedades medicinales y relajantes. Básicamente nadie acudía allí como turista, era más bien un lugar remoto donde unos cuantos ciudadanos ayacuchanos podían ir y disfrutar de aquel maravilloso lugar.

La fauna, era sencillamente espectacular, compuesta de miles de vizcachas, perdices y en los recodos del río que corría paralelo a la carretera se podía ver patos migrantes que se detenían ahí en determinadas épocas del año. Ascendimos hasta una explanada entre dos altas montañas, y divisamos un grupo de casitas con paredes de piedra; nos acercamos y nos encontramos con varios nativos del lugar solicitándoles que nos permitieran acampar cerca de ellos. Fue impresionante para mí encontrar esa gente, anclada en el pasado, con un estilo de vida prehistórico, sin hablar el castellano. Al principio tuvimos dificultad para entablar diálogo con ellos. Por medio de señas y no sin antes haberles obsequiado chocolates y unas cuantas vizcachas que habíamos cazado en el camino, nos atendieron con inmensas y verdes sonrisas por el chakchado de hojas de coca, ofreciéndonos afablemente una de sus casas para que nos quedemos allí. Las viviendas de aquellos originales, estaban edificadas con paredes de piedra unidas con barro donde crecía el musgo dándole el aspecto vivienda desprendida de la misma naturaleza; eran techadas con el ichu arrancado de la altura que se hallaba apoyado sobre troncos que seguramente extraían de las orillas del río, o de los valles cercanos; el interior de aquellas viviendas se encontraba en un nivel más bajo que el suelo donde se asentaban,  y cada familia vivía en un solo ambiente donde dormían y cocinaban, guareciéndose del frío inclemente de la noche en la altura. Una brasa instalada en uno de los rincones, ardía noche y día, dándole un calor perenne al ambiente. Sus camas eran hechas de piel de carnero seca y amontonada, cubiertas con frazadas compradas en la ciudad. En el interior se respiraba un aroma intenso a carnero, humo, olores corporales y comida, no obstante, aquella mezcla inaudita conformaba un extravagante olor digno de un ambientador descabellado, no era desagradable, más bien aquel intenso aroma, una vez percibido por el sentido del olfato, era disparado al cerebro, y éste ponía en acción aquella sinergia estrambótica de nuestra existencia, lanzándome a un mundo prehistórico, un paisaje primitivo encapsulado en el mundo de la vorágine moderna. La alimentación básica de los indígenas era el cuy, las gallinas que criaban, la papa de altura seca por el frío llamada chuño, la carne seca de la llama o charqui, y los quesos de oveja que ellos mismos producían, eso sí, con el nutritivo maíz andino llamado mote. Nosotros buscábamos venados, y pretendíamos subir hasta la parte alta de las montañas para tratar de cazar uno. Durante el día y medio que compartimos el tiempo con esa diminuta comunidad, una suerte de allyu moribundo, pensé seriamente acerca de la realidad peruana, del anacronismo el cual tiene el país y sus tentáculos más abyectos, durante siglos, sometidos a sus propios dueños. Recordé a José Carlos Mariátegui, un visionario, y con cierta pesadumbre, a tantos años de su muerte entendí que para cambiar mi país había que hacer una revolución de verdad, libre de corrupción, y quizá con las armas en la mano. Pensé en la belleza natural que se extiende por doquier, en cada región maravillosa, en el amarillo de la costa, en el marrón y blanco de los andes, y en el verde de la selva, y en la estupidez humana que parece decantar en países como el mío plenos de recursos en contraposición del egoísmo y el retraso de su pueblo. Ya entrada la tarde, a lo lejos divisé a un joven que llegaba caminando, los presentes, salieron de inmediato para saludarlo exultantes, y mientras que lo esperaban acercarse, se volvían y nos lanzaban miradas chispeantes que deseaban expresar algo. Al llegar, se presentó: se trataba de un joven de la comunidad que vivía en Ayacucho, hablaba muy bien el castellano. Nos explicó que él decidió salir de la montaña, sus visitas a la ciudad aguzaron su inquietud y decidió marcharse de la comunidad enquistada en el pasado, y regresaba de cuando en cuando de visita. También nos indicó un lugar en la altura donde con seguridad podríamos cazar un venado. Conversamos con él, y nos explicó que escapar de la montaña era la única opción de cambiar el sentido a su propia existencia.

- Mi padre nació en estas montañas, mi madre también, mis abuelos igual. No sé desde cuando se remonta la historia de una familia que no tiene historia, porque no existen registros de los eventos que han venido ocurriendo en nuestras generaciones. Nosotros, somos como las vizcachas que vienen a matar, existimos entre las montañas. ¿Creen ustedes que esto es lo espera de la vida un hombre que se para en la cumbre de un pico nevado y ve pasar un avión,? ¿Creen ustedes que son jóvenes como yo que se puede vivir en esta montaña toda la vida, ser parte del paisaje como si nos hubieran dibujado en él y no llegar a ni siquiera comprender la grandeza y la riqueza que poseemos? No, esto no es así, por eso, voy a Ayacucho y acudí a la escuela y ahora a la universidad de Huamanga, tenemos un líder que cree en el cambio del Perú, un profesor de filosofía y letras que tiene la verdadera solución -

No hicimos muchas preguntas y le pedimos que nos mostrase el lugar donde se encontraban  los venados. Se ofreció a acompañarnos al día siguiente. Nos acostamos entre las pieles de carnero, embutidos en las bolsas de dormir para sumergirnos en el sueño inmediato guiado por el cansancio. Despertamos tras dormir muy poco, en la madrugada, con la aurora acariciando los techos de las casucas. La madre de Juanca, ataviada con coloridas polleras, no sirvió solícita sopa de carnero con queso fresco y mote, la cual estaba deliciosa, tomamos infusión de hojas de coca con chaplas;  salimos caminando hacia la parte alta de las montañas. Los cañones de la escopeta estaban tan fríos que no se podían tocar con la mano, nuestras manos lucían mortecinas por la helada de la madrugada en la altura, los pies agarrotados dentro de las botas hacían el paso más tortuoso, y el sol esparcía atolondrado sus rayos entre las montañas filtrándose entre las piedras y creando auras y diminutos arco iris, conforme ascendíamos, las vizcachas corrían de lado a lado, o se calentaban sobre las formaciones rocosas tentándonos al disparo. No disparábamos porque lo que buscábamos eran venados. Escalamos un largo rato la montaña, hasta que llegamos a una especie de descanso entre las afiladas rocas que formaban un derrotero natural donde había una casuca como la de los de la comunidad de Juanca, nuestro guía y nuevo amigo. Me llamó la atención la casuca, y le pregunté a Juanca, pues así pidió que le llamáramos, por qué esa vivienda estaba sola, como un hongo solitario que había crecido entre las rocas en una parte tan alta e inaccesible.

- Aunque no lo crean- dijo –  son supersticiones, se dice que allí vive una mujer, una mujer que viste de negro, y que dicen que es la mujer del Sopaipahuahua, el diablo en quechua, que sale en las noches a buscar almas, pero nunca se le puede ver. Dicen que ella es la que busca a los que morirán. Todos temen pasar por aquí – Juanca rió – son tonterías, el único diablo que existe es el que nos roba y nos condena al hambre, a ese maldito hay que acabarlo –

Sin decir nada, lo miré directamente al rostro y percibí el fulgor rebelde de sus ojos, la agudeza del ataque y la venganza. Caminé hasta aquella solitaria vivienda, el interior estaba muy oscuro, me asomé y un golpe de aroma excremental sacudió mi nariz. Definitivamente la mujer del demonio no se hallaba, y en su lugar alguien había echado una pestífera cagada. Continuamos la marcha preguntándole por los sitios exactos donde había visto venados, mientras él y mi amigo Carlos intercambiaban conversaciones sobre la realidad de Ayacucho y situaciones de las familias propias de la ciudad. Nos detuvimos agitados luego de un buen trecho de escalada, el sol ya había remontado hasta ubicarse tras las nubes y calculamos que para llegar al sito de los venados tendríamos que caminar todo el día, recién en la tarde llegaríamos al punto donde se encontraban  y si matábamos uno, o si no lo hacíamos, tendríamos que dormir en la altura para  empezar a descender la siguiente madrugada.

Ya entrada la tarde, llegamos al punto donde supuestamente pasaban los venados: Era un gran pico, con un poco de nieve en su cumbre, inaccesible totalmente a menos que se poseyera equipos especiales de escalamiento, a pie se podía llegar hasta unos cincuenta metros cerca de su base, allí las dos montañas se unían, y desde la unión de ambas se podía apreciar la cadena de montañas que las precedía formando la cordillera con caprichosas entradas y salidas, con abismos capaces de causar vértigo. Sentados sobre las rocas cubiertas de líquenes de colores y musgo terciopelo, apoyamos las escopetas sobre la misma roca, bebimos agua de la cantimplora y quedamos embelesados admirando el panorama: desde lo alto, se divisaba la carretera diminuta, como una insignificante lombriz que culebreaba, el río, corría paralelo, y el valle de Niñobamba se veía fértil y colorido. El humo de las comunidades aledañas, trepaba el cielo deshaciéndose en la atmósfera anunciando la vida prehistórica de los andinos peruanos. Observé al otro lado, y descubrí en las montañas situadas frente a nosotros, majestuosas, extendiendo sus brazos de tierra y rocas para mostrar a rebaños de carneros con pastores y sus mujeres vestidas con polleras; cerca de ellos, los niños correteando con sus perros pastores sin raza determinada, sin pedigrí, y todo ese universo natural, causó en mi una sensación especial.

Nunca vimos un venado, pasamos horas horadando el viento inhóspito de la altura, escuchando su silbido engañoso entre las rocas descomunales de los andes. Llegó la noche, para engullir el día, con bocado un brutal que expulso el viento aún  más fuerte y más helado que salía de sus oscuras entrañas. Las estrellas empezaron a aparecer pálidas en el cielo centellando indecisas, entonces  resignados por el fracaso, armamos la carpa para protegernos del frío, el viento era tan vigoroso que para fijarla, tuvimos que luchar contras su fuerza invisible. Conforme avanzaba la noche, el viento se ponía más recio, y el brillo de la luna inmensa como un gran farol, alumbraba la parte posterior de la montaña lanzando las sombras como monstruos dispuestos a devorar la vida. Nos arropamos como pudimos, nos pusimos los guantes y nos sentamos los tres tiritando, pero hipnotizados con aquel espectáculo. En un momento, mientras que admirábamos la escena, sin poder creer lo que veíamos, ante nosotros, tan sólo a unos cinco o seis metros, cruzó una mujer caminando, vestía una pollera negra, y llevaba la cabeza cubierta. Fuimos presa del pánico, y Juanca quedó mudo como si le hubieran cocido la boca

- Es la mujer de muerte – exclamó Carlos con el rostro comprimido

- Tranquilos – calmé – Es posible que sea una  engaño de las luces que proyecta la luna, y nos ha parecido ver lo que hemos visto. Sin embargo, sabía que no era así, y que en realidad sí había cruzado una mujer

Esa noche nos introducimos a la carpa y ninguno de los tres pudo dormir. El viento silbaba en el exterior, la carpa se agitaba como el papel de una cometa a merced de la locura del viento, teníamos los ojos clavados en el techo que se sacudía haciendo ruidos desapacibles y enervantes, y el frío entraba hasta nuestros huesos. Conforme paso el tiempo, una intensa cellisca se apoderó de la altura anunciando al universo cuan diminutos somos. Juanca era quien mejor llevaba la situación. Nuestro guía pasó su infancia y niñez entre los andes, disperso por las montañas, pastoreando los carneros y ayudando a su padre que controlaba sus sembríos de maíz  y papa; estaba preparado para los embates del clima, y para acontecimientos que no poseían explicación. Tras la corta y extensa noche, descendimos en la madrugada, con los dedos de los pies congelados como cubos de hielo, nuestros labios se cuartearon como una pared de arcilla por efecto de la helada y la sequedad del ambiente, todo ello, tan cerca al cielo. De bajada abatimos unas cuantas vizcachas apuntando a sus cabezas para que no huyeran heridas y mueran sin necesidad; finalmente aterrizamos extenuados en la pequeña comunidad siendo recibidos con profunda felicidad por parte de la familia de Juanca y de los demás comuneros. Ese día, a orillas de un riachuelo que llegaba de la altura, con la ayuda del agua helada, desollamos las vizcachas, sacamos sus vísceras con un cuchillo de caza. Al medio día las cocinamos bajo la tierra haciendo una exquisita pachamanca acompañada de papas, maíz, mote, y carne de gallina. Al finalizar el banquete, sentados con toda la comunidad en el pasto de la explanada, bebimos con ellos aguardiente, y chakchamos hojas de coca mientras que tocaban la zampoña y bailaban desenfrenados sus bailes más tradicionales. Poco a poco se fueron embriagando más, y más hasta explotar en un delirio frenético que los transformó en otras personas. Una de las mujeres empezó a gritarnos afrentas en quechua, dos hombres se adhirieron a la mujer y nos increparon con palabras que para nosotros eran inescrutables, un tercer hombre trató de alcanzar una de las escopetas y cayó de bruces en su propia borrachera. Juanca, que se hallaba alegre, ensombreció su mirada en la vergüenza:

- Lo mejor es que se vayan, yo iré con ustedes. Cuando mi gente se emborracha, parece que la mujer que vive allá arriba entrara en sus cuerpos, beberán hasta la noche, y mañana seguirán, y quedaran dormidos y anestesiados por el mismo cañazo. Salimos corriendo, mientras que una india se le prendía a Carlos de la casaca, y él se trataba de zafar procurando no hacerle daño, pues mi amigo Carlos era un joven de un metro noventa y ocho centímetros de alto, y bastaba que le dé un golpe con una de sus manos de oso, para hacerla rodar como una piedra. Bajamos medio ebrios por el camino por donde habíamos escalado, escupimos la amargura de la hoja de coca y sentí que mis labios, mi boca y mi lengua se hallaban insensibles, anestesiadas, mientras que en el mismo instante, una fuerza impensable me hacía controlar todo con la agudeza de un halcón depredador. Llegamos al auto y enfilamos por la carretera hasta un pueblo cercano donde nos detuvimos y descansamos en el mismo vehículo. Despertamos a la media noche y Juanca no estaba presente El frío nuevamente aguzaba nuestros cuerpos, la cuerina del auto daba la impresión de un panel refrigerador, la oscuridad insondable  nos rodeaba apabullante, los vidrios del auto se hallaban empañados por la respiración perlándolos por el frío en el exterior. Giré la cabeza buscando un punto de referencia hasta que encontré una lucecita lejana que brillaba, rememoré el lugar y recordé de inmediato que allí había una especie de bodega. Carlos se iba desperezando, entonces me ajusté la chalina en el cuello y salimos al exterior: el golpe frío cambió la textura de nuestras pieles y la tortura de las manos y los pies empezó a tomar su posición acostumbrada.

- Camina rápido – aconsejó mi gigante amigo

Corrimos hasta la bodega  y llegamos al umbral de la puerta: adentró, había un lamparín de kerosene y cinco jóvenes cantaban alrededor de una mesa. El lugar estaba atiborrado de sacos de azúcar, latas de aceite y granos diversos entre otros enseres que se vendían allí, tras el mostrador, una nativa dormitaba indiferente al grupo de camaradas y ellos en coro repetían cantando:

- La hierba de los caminos la pisan los caminantes, ya la mujer del obrero la pisan cuatro tunantes de esos que tienen dinero. Los señores de la mina se han comprado una romana, para pesar el dinero que toditas las semanas le roban al pobre obrero - y cantaban estas canciones que de inmediato reconocimos como revindicaciones comunistas. Juanca advirtió que nos encontrábamos en el umbral de la puerta, nos observó con mirada torva mientras que esgrimía una sonrisa indescifrable: seguía bebiendo

- Los sujetos que cantaban con él, al momento que se percataron de nuestra presencia callaron de inmediato levantándose de sus asientos mientras iban murmurando entre ellos, Uno de ellos, bastante más pequeño que yo, lanzó un grito inesperado que más pareció el aullido de un can

- Malditos burgueses de Lima-

- Mierda para ellos – vociferó otro-

Se fueron tornando agresivos ante la indiferente observación de Juanca. Retrocedimos hasta la parte exterior: adrenalina recorrió nuestro torrente sanguíneo y no sentí el frío, no escuche el viento ni aprecié estrella alguna en el infinito, sólo percibí el oscuro instinto de defensa y me preparé para el consiguiente ataque de aquellos fanáticos borrachos, el más pequeño se lanzó descontrolado sobre mí blandiendo los puños como un boxeador, lo esquivé y de un puntapié cayó al piso, de inmediato otro se puso enfrente y Carlos le dio un brutal puñetazo en la frente que lo dejo sentado sobre sus posaderas. Inmediatamente intervino Juanca, como si hubiera regresado a la persona que habíamos conocido.

- ¡Tranquilos¡ - bramó con un rictus de sargento en el rostro

Los otros dos se levantaron rezongando y Juanca los tranquilizo susurrándoles unas palabras al oído que no alcancé a escuchar.

Esa noche terminamos bebiendo con ellos cañazo, cantando las mismas canciones que cantaban y que aprendimos. Discernimos sobre el Perú, la explotación de los indios, el olvido al que habían sometido a sus familias, y el desprecio del cual eran objeto entre los cholos mestizos que una vez entrados a un nivel mayor económicamente, no sólo los despreciaban, también los explotaban. Hablamos de Mao y la revolución china. Conversamos acerca de José Carlos Mariategui, y quedé perplejo al ver con la versatilidad que manejaban los temas marxistas. Estábamos en un momento de transición, el gobierno militar socialista revolucionario, tras entregar las tierras a los campesinos, con el consiguiente manejo de ellos mismos y su propia producción, devolviéndoles cierta identidad y la unión comunal como en los aullyus podría haber cambiado las cosas. No fue así. Ellos no percibían su existencia en un campo favorable. Seguían empobrecidos, olvidados, dejados a la buena de dios, a su suerte en la ignorancia en la que tenían que nadar. El tremebundo fantasma de la pobreza seguía cerniéndose sobre ellos y la democracia no traería beneficio alguno, ni procuraría una vaga aquiescencia de mejora social para el campesino. Se lamentaban de la situación de los campesinos reclutados para trabajar en las minas, sumergidos como fantasmas perdidos en el centro de las entrañas de la tierra, arrancándole sus órganos vitales para venderlos a los imperialistas y que ellos los devuelvan para implantarlos en nuestras industrias ya procesados, hechos máquinas de producción que serían utilizadas para depredar y expoliar al proletariado. La consciencia de estos jóvenes era clara, y siempre el tema desembocaba a la falta de escapatoria: Estaban acorralados, y su lema era muerte o victoria. Quisieron comprarnos las armas y nos negamos. Finalmente, en la madrugada se retiraron a hurtadillas agazapados entre las sombras que proyectaban las casitas del pueblo, con el brillo de las calaminas en los techos y el sol rompiendo el crepúsculo para iluminar todo. No sé cómo, pero luego de despedir a todos ellos con un fraternal abrazo, nos lanzamos por la carretera conduciendo el Toyota para dirigirnos a Ayacucho.

Ya cerca de la ciudad, la aventura no acabó: un uniformado de verde olivo, conocido en el léxico mundano como policía, nos esperaba erguido al borde del camino. Nosotros ya habíamos anunciado nuestra aparición rodeados de una nube de polvo, balanceándonos en el automóvil sobre el encalaminado de la carretera; lo divisamos a lo lejos, presto a detenernos, solitario, a unos cuantos metros de la caseta policial. Conforme nos íbamos acercando, el uniformado crecía, y crecía, hasta que el pitido de su silbato y la mano de la autoridad extendida nos ordenó detenernos. Abrí la ventanilla, y el agente se acercó.

- Caballeritos – apresuró al ver nuestra juventud –  Brevete, tarjeta de propiedad – solicito con ademán militarizado

- Extraje ambos documentos – Los inspeccionó estirando los ojos, escudriñando de reojo el interior del auto. Luego estiró la mano devolviéndome la documentación pertinente, y sin mediar palabra, introdujo la cabeza en el auto.

- Aquí huele raro- insinuó

- Ustedes han bebido ¿No?–

- Si- intervino Carlos

- Estuvimos cazando en Niñobamba, cerca de una comunidad, y para que los comuneros no se pongan violentos tomamos unos cañazos con ellos.

- Ah sí, ustedes chupan y manejan y tienen armas – dijo achicando un ojo

En es momento se volvió y llamó con una seña a su compañero que se encontraba recostado en la puerta del puesto policial

Se acercó caminando con abulia: era un policía de abdomen protuberante,  con mejillas teñidas del rubor de la tuna roja, iluminadas por el sol. Llegó sonriendo De inmediato nos hicieron abrir la maletera, allí encontraron cuatro escopetas, una carabina 22, morrales, municiones, y cerca de quince vizcachas desolladas y sin vísceras envueltas en hojas de plátano que habíamos traído por consejo de Salomé para conservar la carne fresca. A un lado había tres patos cazados en el recodo del río, unas cuantas palomas y seis perdices.

- Estos no son subversivos – dijo riendo el policía gordo

Carlos mostró las licencias de las armas, y los policías nos explicaron que había rumores que en la altura se estaban armando los comuneros, que se empezaba a gestar un movimiento de sedición, y que muchos de los sediciosos estaban siendo formados en la universidad de Huamanga. Nosotros escuchábamos sin decir nada, Nos faltaba un par de licencias y fue motivo para que exijan  la ineludible coima que consistió en un cajón de cerveza el cual tuvimos que beber con ellos, acentuando la cantidad de alcohol que ya nos circulaba en la sangre, Tras varias horas de beber, cerca del medio día, el policía más gordo y de mejillas sonrosadas, decidió que era hora de preparar una buena comida. Subió al auto y enrumbamos por la carretera hasta que dimos con un caserío en cuya entrada se alimentaban unos cuantos cerdos, el policía bajó del auto y desenfundó su revolver calibre 38 para descerrajarle un tiro a un lechón que seguía a su madre: un chillido atroz, el crepitar de su cuerpo y el cerdito cayó al piso inmerso en las convulsiones de la muerte, la madre huyó despavorida con los demás cerdos, y las gallinas que rodeaban a la diminuta piara, saltaron cacareando y soltando plumas que quedaron suspendidas en el aire. El guardia se arrojó al piso y tomó al lechón de las patas, lo sacudió y lo introdujo en el piso del asiento trasero del auto, allí estiró patas y quedó tieso. En ese momento salieron los habitantes del caserío, los divisé en el espejo retrovisor, y el policía sacó el brazo y los saludó. Mas tarde  preparamos una parrilla y devoramos el cerdo con lo que quedaba de cerveza.

Aquel viaje fue todo un evento, jamás lo olvidaré. En Ayacucho dormimos dos días seguidos, atendidos con el cariño y la dulzura única de la tía Salomé. Descansamos en el patio de la casa, sentados frente al jardín con un árbol de limones, aspirando el aroma cítrico que flotaba en el ambiente. Jugueteamos con los perros de la familia, y finalmente, decidimos no regresar en el Toyota, ni hacernos al camino que otrora  casi nos muele los huesos, donde tuvimos que soportar frío y angustias. Habíamos tenido bastante aventura, entonces conseguimos un chofer que se comprometió a llevar el auto una semana después, y terminamos abordando un pájaro mecánico de la extinta aerolínea Faucett Perú, desintegrada por la estupidez de la dinámica económica peruana que se encargó de aniquilar cualquier transporte decente y propio, dando paso a los extranjeros, a los colonos, a los imperialistas, tal como lo describió Juanca.

Llegué a Lima una mañana soleada, aún el cansancio estaba impregnado en mis huesos, traje conmigo vizcachas, patos y perdices, chaplas, queso fresco y regalos que nos dio la tía Salomé. MI padre me recibió sonriente en la puerta de la casa en la avenida Cádiz,  dejé algunas cosas en el zaguán de la casa, y mi hermano entró indiferente mirándonos, procedente de sus interminables estudios en la universidad Cayetano que captaban su atención totalmente, convirtiéndome siempre en un minúsculo personaje a su lado. Mi madre, emergió sonriente de la cocina, desvaneció la preocupación, y suspiró aliviada al veme intacto. La gorda Andrea, amada nodriza natural de Abancay y encargada de la casa, saltó discretamente de alegría al ver las chaplas y el queso, y esgrimió una bella sonrisa que perfiló su noble nariz aguileña de nativa peruana pura y sin mezcla alguna. Ese día almorzamos vizcachas, con polenta y vino, nos sentamos alrededor de la mesa con Carlos presente que fue a su casa y regresó corriendo para no perderse el polentonne que hacía la mamma. Recuerdo todo como en una foto revelada a la usanza de esos tiempos, con los colores algo opacos y eternos, la camisa a cuadros de mi hermano Oscar, su sonrisa de aprobación mientras se chupaba los dedos, y estudiaba anatómicamente los huesos que iba limpiando.

Esa tarde, acomodé mis armas en el armero, puse las municiones restantes en el cajón de municiones, recorrí con la vista los trofeos de caza que pendían en las paredes de mi habitación, los arpones de pesca submarina con los que cazapa peces bajo las aguas del pacífico, mi tabla  hawaiana con la que remontaba las olas, y me sentí feliz de estar en mi propia habitación, decorada con esas cortinas azules que mi madre me hizo escoger, con la alfombra azul y la cubrecama azul, el escritorio y la biblioteca con vitrinas donde tenía pájaros disecados y antiguos revólveres en exhibición. Aspiré al aroma a madera que expelía silenciosa la biblioteca.  Caí en la cama rendido, y entré en el adormecimiento vigilante que dispara el cerebro, estaba entrando en el sueño profundo, cuando de pronto, percibí la presencia observante de alguien, entonces abrí los ojos para ver quien era, pensando que se trataba de mi hermano o mi madre, la sorpresa fue grande: no era ninguno de ellos. Enfrente tenía a una mujer vestida de negro, que me miraba desde una dimensión imposible, espectral; su rostro estaba cubierto por un velo negro y se hallaba rígida ante mí, su tétrica presencia no sólo me crispó totalmente, sentí que no podía moverme, quería gritar, y al mismo tiempo sentía que mi rostro se iba deformando, en un rictus aterrado, con los labios arqueados y los ojos abiertos, era como estar muerto y ver la vida a través de esa ventana imposible, esa ventana que nadie puede cruzar de regreso, desde donde se ven dos partes de la existencia. El grito estaba atorado en el fondo de mi garganta, y no podía hacer nada, hasta que de un segundo a otro, la mujer se desvaneció, y mi cuerpo recobró la compostura de la vida, mi corazón retomó su ritmo y mi rostro se distendió.

Hasta hoy, y siempre estaré convencido que esa mujer que estuvo frente a mi, así como otros visitantes, fue y son, los emisarios de la muerte que aún rondan mi vida y no se animaron a llevarme a aquel reino desconocido al que todos llegaremos.

Ivo Moran Albonico Gasparotto  Buenos Aires febrero 2010

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23 Marzo 2011

Espiritismo

Ocurrió en no sé que mes en el año 1971 en la Residencial San Felipe. El general Juan Velazco Alvarado regía el país con su junta militar revolucionaria. Las expropiaciones galopaban ante el descontento de un reducido grupo de ciudadanos, se trataba de los oligarcas y los burgueses, ellos, jamás comulgaron con las ideas socialistas, menos aún con el hecho de devolver al originario peruano su identidad y otorgarle la consciencia de que gozaba de los mismos derechos de quienes lo explotaban. Se echó del país a todos los consorcios y monopolios estadounidenses, se nacionalizó la producción del petróleo, las comunicaciones y se homologó la educación para que no existieran privilegios ni discriminación entre los estudiantes, Velazco, quiso instaurar el quechua como idioma oficial, devolviéndole a esa milenaria lengua la importancia ancestral en la población nativa en muchos lugares recónditos del país donde no se hablaba el castellano. Creó la reforma agraria en la cual la tierra pertenecía quien la trabajara echando fuera a los terratenientes, a los gamonales que acaparaban la riqueza para sí mismos, extinguiendo para siempre al latifundista peruano. Los propietarios de las grandes haciendas sufrieron, muchos de ellos quedándose literalmente en la calle, sin saber que hacer, sin saber dónde llorar viendo cómo sus posesiones eran repartidas sin contemplación al trabajo que les había costado forjar sus fortunas; se les compensó con cantidades ridículas de dinero, y muchos de ellos terminaron suicidándose, o sencillamente, emigrando fuera del país. Fueron años de cambios, donde la consciencia y la reflexión funcionaban hasta en los niños, tiempos en los cuales los infantes, por más párvulos que fuesen, intercambiaban opiniones con sus padres y participaban en la vida política y los eventos que sacudieron esa década. Durante su gestión, Velazco también nacionalizó los medios de comunicación, detonante para que toda la comunidad de burgueses y oligarcas salieran a las calles enfurecidos a protestar. La reacción del gobierno fue rotunda y no cedió, sin embargo no existió la represión abusiva, ni tampoco planes de exterminio o sistemas paraestatales de desaparición forzada de disidentes como ocurrió en ese entonces en otros países latinoamericanos como Chile, Uruguay y la Argentina. Esta historia no versa en la política, mucho menos pretendo hacer apología del socialismo, básicamente porque en ese entonces, tras los ingentes cambios sociales hubo tanto aciertos, como desaciertos. Ese año yo aún era un niño, y transcurría mis días jugando con los amigos del barrio, correteábamos por los jardines que hoy en día lucen inmensos árboles que en aquel entonces eran tan sólo pequeños arbustos. Bajo la Residencial San Felipe, yacía parte del antiguo hipódromo, quedando algo de su construcción en pie donde funcionaba el Ministerio de Marina. Las protestas obligaron a la junta militar a imponer el toque de queda, y a las nueve de la noche toda actividad se apagaba.

Ya desde niño siempre me sentí atraído por las historias que escuchaba de mis padres acerca de espíritus y fantasmas errantes, de la forma que tenían los muertos de despedirse, y como tratar de invocarlos. Los días de toque de queda, permanecíamos en casa jugando juegos propios de niños, mi hermano, con su juego de química marca Merit y yo con mi juego de magia de la misma marca.

Una de esas noches, mis padres no pudieron regresar a casa porque el toque de queda al parecer, los sorprendió en casa de unas amistades; llamaron por teléfono avisando que no debíamos preocuparnos, que nos quedáramos tranquilos y nos portáramos bien. Quedábamos a cargo de Angélica, la joven encargada de la casa y también de cuidarnos. Cenamos polenta frita con huevos, queso derretido y abundante mantequilla, finalizando la cena, Angélica nos acompañó a nuestra habitación asegurándose que durmiéramos para levantarnos temprano e ir al colegio. En esa época teníamos una mascota, mi gata llamada Pepa, siempre me seguía y actuaba más como perro que como una gata. Una vez en la cama, apagadas las luces, el estallido de dos secas detonaciones nos sobresaltaron, de inmediato corrimos a la ventana: en la vereda caminaban dos soldados de la marina de guerra aparentemente borrachos llevando cada uno un rifle de asalto FAL; observé el edificio las Moreras y vi una buena cantidad de vecinos que se iban asomando a hurtadillas, una tensa calma emplazó el ambiente, inesperadamente, uno de los soldados levantó el fusil y grito: ¡ Viva la revolución carajo! Y disparó una ráfaga de balas al aire, en ese instante bajamos la cabeza automáticamente. Seguimos espiando por la ventana hasta que se perdieron por los estacionamientos, sólo alcanzábamos a escuchar en la lejanía palabras que no podíamos entender hasta que desaparecieron tras otro edificio. Regresamos a la cama y mi hermano dijo: ahora te contaré algo que te ayudará a dormir: se lanzó con una serie de historias de fantasmas que había escuchado de las reuniones de mis padres:

- ¿Te acuerdas cuando estábamos viviendo en la Paz? – preguntó muy serio echado en su cama

Sacudí la cabeza afirmativamente. Esos días dormíamos en la misma habitación, y en la mesa de noche entre las dos camas, había una pequeña lamparilla. Lo observaba atento

- Sí, ¿qué pasa? – inquirí

- Te acuerdas que cuando regresábamos a la casa en la Paz, un par de veces encontramos los discos de Mercedes Sosa tirados por el piso, y las revistas médicas de papá también -

- Sí - respondí pues lo recordaba claramente

- Bueno, sabías que en esa casa habían matado a un señor que estaba en contra del gobierno de Paz Estensoro, que llegaron a esa casa y entraron y lo mataron a balazos

- ¿Verdad? – pregunté interesado

MI fantasía volaba e imaginé de inmediato la secuencia: dos hombres vestidos de negro entrando por la puerta de la casa y matando a balazos a un desconocido. Y luego, imaginé al espíritu del hombre salir de su cuerpo y sentarse en uno de los sillones de la sala para esperar que todo termine, También imaginé al hombre que no visualizaba, caminar entre nosotros y mirarnos con gesto ausente, impotente, con la tristeza empozada en su alma errante.

Dejamos La Paz por los principios de la revolución, por los muertos en las calles. Recuerdo que mi padre solía caminar armado, con un revolver calibre 32 que portaba en una sobaquera escondida bajo su traje, recuerdo los muertos en las calles y las protestas masivas de los mineros, han pasado más de cuarenta años, y en mi memoria, perduran aquellos recuerdos que no son realmente frescos pero si tienen el color de la pintura que queda en la pared de la memoria, y que se va descascarando con el paso del tiempo, con el embate de la intemperie de las mismas vivencias y el cambio de climas en la vida, y finalmente se descascara y terminará algún día opaca, perdiendo el color por todas las pintadas de nuevos colores que le irá dando la vida misma. Así es la vida, como una pared que va recibiendo todo tipo de tonos, se descascara, brilla, se ampolla, le cae el sol, la noche, la lluvia y hasta le escribe encima mensajes y epigramas que no quisiéramos que estén allí, y finalmente puede pasar alguien y hacerle un agujero, rasparla, rayarla, mientras que todo transcurre dentro de la exigüidad que posee la vida: se recuestan encima las personas, las mujeres, los amigos y amigas, a veces se mean en ella, puede pasar un perro y miccionar también encima de ella y no puede protestar, puede posarse un ave y cagarla desde arriba, o puede llegar un artista y pintarle un bello mural e incluso aparece un subversivo y deja una consigna maldita que queda grabada encima y todos los que la lean, recordaran a la pared, y la pared está allí, siempre allí, esa es nuestra vida, una pared. A veces, le ponemos ladrillos encima, crece, se vuelve alta e imponente, otras veces, socavamos su base y la ponemos en riesgo de derrumbe, y un día, el que menos pensamos, se desploma y no queda más que el recuerdo de ella. Quizá sobreviva una foto, desteñida, tal vez alguien haya copiado esos epigramas, y todo se resuma en una epígrafe que nos recuerde: aquí yace fulano de tal, que vivió para cagarla, para joder al prójimo, o también puede decir: aquí yace sultano de tal, que hizo mucho por nosotros y nos dejo este importante legado: la pared, su vida, entonces, ese polvillo que se desprende de los ladrillos, de la pintura, del cemento que unió e imbricó todos los acontecimientos, se difumina con el viento, vuela con la brisa convirtiéndose en un espectro errante que fue la pared.

MI hermano aquella noche me relató varias historias, acerca de unos parientes en la selva, y sí los teníamos. Me contó que eran padres de un niño, y que él niño una vez salió a pescar en una canoa por el río Perené, y la canoa se volteó y él y sus amiguitos cayeron al agua y fueron arrastrados por el temible caudal del río en crecida. El accidente fue a las dos de la tarde, y a las tres de la tarde, en casa de esos parientes, todo se hallaba calmo, tan sólo se escuchaba el rumor de los árboles que se sacudían por el viento, y nuestra tía, hacía algunas labores domésticas, de pronto, escuchó la voz de su hijo que decía: - mamma, he regresado – y ella contestó: - Qué bien, regresaron bien temprano ¿ Vas a salir? –

Y la voz del niño respondió - No mamma, nunca más me voy a ir, aquí me voy a quedar para siempre – Ante esa extraña respuesta la madre salió a buscar al chico, y no lo encontró, entonces buscó con más afán, y nunca lo halló. Asustada corrió al pueblo para preguntar por él, y en ese instante traían en una vieja camioneta, en la tolva, el cadáver de su hijo que había perecido ahogado en las aguas del Perené. También me narró la historia de unos vecinos: hacía poco había muerto el padre de la señora Hilda, no recuerdo exactamente de que murió, vivíamos en el mismo edificio, éramos muchos niños, y las familias, en ese tiempo, eran todas jóvenes, ahora San Felipe está habitado por viejos, por familias que se dispersaron, y si existen niños por allí correteando, entre esos árboles inmensos y los bellos jardines, es porque los que habitaron esos departamentos murieron, se fueron, o son simplemente los nietos, los hijos de nuestros amigos visitan a los abuelos. Y mi hermano me dijo que todo el barrio acudió al funeral del padre de la señora Hilda y en la noche, uno de los inmensos candelabros que escoltaban el ataúd, cayó intempestivamente al piso, como si una fuerza invisible le hubiera empujado, los presentes exaltados, con el temor a lo desconocido se sobrecogieron y se miraron mutuamente: puede ser que hayan pensado que era el espíritu del padre de la señora Hilda que se despedía, pero no fue así, en ese preciso instante, la madre de doña Hilda, que era una señora ya mayor, se descompuso, y, por el estrépito de la caída de los candelabros nadie se había percatado, de pronto, uno de los presentes advirtió que Hilda madre estaba desvanecida sobre su silla, se acercaron y no estaba desvanecida, acababa de morir en el funeral de su propio marido. - Doña Hilda se había despedido – sentenció mi hermano con el rostro ensombrecido esperando asustarme. Sabes que ella siempre venía por aquí, de repente llega su espíritu caminando y empieza a penar en el edificio –

- Mentira – repuse

- Mira vamos a hacer algo para ver si hay algún espíritu por aquí - propuso

- ¿Qué cosa? –

- No sé cómo se llama, pero lo he visto en una revista -

Nos levantamos sigilosos, y mi hermano bajo de puntillas y sacó su cajón de herramientas: allí estaba el juego de Mecano, sus formones, los alicates, desarmadores y todas las herramientas posibles, un par de tarros de pintura y un pedazo de madera triplay. Saco un serrucho y lo más lento posible cortó la madera dándole una forma triangular, acto seguido, extrajo una de sus brochas delgadas y escribió las letras del alfabeto, los números, un si y un no, y en cada lado de la parte baja dibujó un sol y una luna respectivamente.

¿Qué es esto? pregunté

- Es para invocar a los espíritus que se encuentran aquí –

- No seas mentiroso - reí

- De verdad huevón, es para eso. Ahora concéntrate que voy a prender una vela y voy a poner una copa sobre la tabla.

- ¿Aquí? –

- No mejor vamos a la sala de estar, allí hay una mesita de madera -

- Fuimos a la sala de estar y pusimos la tabla sobre la mesita, una copa encima, apagamos las luces, encendió las velas y quedamos en silencio.

- Ahora, concéntrate –

Empecé a reír

- No te rías imbécil, es en serio, con esto vamos a llamar a los espíritus, si lo crees de verdad, van a venir, y le podemos hacer preguntas.

La vela flameaba a nuestro lado, mi gata Pepa dormitaba sobre un televisor a un metro de distancia, entonces mi hermano en tono solemne dijo:

- Espíritus presentes, manifiéstense, den una señal, los llamamos, queremos hablar con ustedes- agravó su voz para hacer la cuestión más misteriosa. Comencé a tomarme en serio la sesión, y mi sonrisa se desdibujó. Mi hermano repitió nuevamente las palabras

- Espíritus presentes, los llamamos, vengan, y cerró los ojos - su voz modulada parecía de ultratumba

Entonces extravié la concentración recordando una situación: unas semanas antes, junto con mi amigo Carlos jugando habíamos oscurecido la habitación colocando frazadas en las ventanas, con un cordel de pesca que nunca faltaba en casa, atamos las puertas de los roperos, una silla y una muda de ropa en el interior del guardarropa; entre nuestros amiguitos estaba Muya, un niño cuyo padre había muerto unos años antes, él tenía dos hermanos mellizos que en ese momento tendrían ocho años. Mientras mi hermano invocaba a los espíritus recordé lo que sucedió con los mellizos Omar y Mauricio a quienes les dijimos que íbamos a llamar a los muertos en mi casa, entonces vinieron, Carlos tenía los cordeles sujetos en la mano y yo me senté frente a una pelota de fútbol envuelta en plástico blanco al modo de adivino frente a su bola mágica, y Carlos con voz grave recitó:

- Espíritu presente si estás aquí manifiéstate – mientras yo me hacía el concentrado, Carlos jaló las cuerdas: las puertas se abrieron, la muda de ropa cayó al piso, el ropero también se abrió con un sonido seco seguido de un portazo, Omar se puso pálido, Mauricio estaba mudo

- ¡Es Alfredo mi padre! – alcanzó a gritar lívido antes de que salieran corriendo como atletas de los cien metros planos

Al evocar la broma en mi recuerdo, perdí la concentración y rompí a reír

- ¡Qué pasa carajo! - Amonestó – acaso no te tomas las cosas en serio, esto es de verdad. La expresión de mi hermano era muy seria, y por lo visto deseaba comprobar si había espíritus en la casa. Le referí lo que le hicimos a los mellizos y la gracia le provocó risa

- Sí muy chistoso, pero esto es diferente, es de verdad, aquí no hay hilos, no es la tarde, son las doce de la noche y tienes que concentrarte

- Nada de lisuras y a ponernos serios - ordenó

Mi hermano se concentró, agravó la voz y repitió nuevamente las palabras de invocación, esta vez con un tono más sepulcral. Cerré los ojos mientras que pensaba firmemente en los muertos cuyas almas podrían caminar por las calles. Pensé en el mausoleo familiar, me transporte al interior del imponente mausoleo donde estaba enterrado mi abuelo, y aparecí al lado de mi nona observando la tumba de una tía que jamás conocí, Yole Quirina, su tumba estaba en la base del sepulcro, yo estaba rodeado por las paredes y las lápidas de mármol, el florero con las flores marchitas reposaba acompañando la eternidad de la muerte, las moscas zumbaban y percibía el olor extraño que desprenden los cuerpos inertes, el efluvio de la putrefacción filtrado a través del mármol, ese aroma dulce y extraño que no llega a repugnar, el anuncio que el cadáver se irá convertido en carne seca. Imaginé a esos parientes en sus ataúdes, mirando la tapa del cajón, reposando en aquella nave quieta en su nicho, los muertos fríos, sin labios esgrimiendo la sonrisa del final Traje a mi mente las hormigas que entraban en un diminuto hoyo en la lápida donde habían depositado hacía poco tiempo el cadáver del nono Pietro. En el fondo de mis pensamientos, resonaba la voz de mi hermano llamando a los espíritus, y en ellos, caminaba por el cementerio El Angel, entre tumbas, nichos y lápidas. Un sonido desapacible me sacó del sueño en vigilia, de aquel viaje en la imaginación, qué sé yo... la copa sobre la madera empezó a moverse sola, y ante nuestra estupefacción marcó ocho letras, un nombre: Fernando, levanté la vista y mi hermano Oscar mostraba una palidez extraña, sus ojos miraban fijos a la copa, su mirada estaba clavada. La copa avanzó y se detuvo en el borde de la tabla.

- Ya con voz entrecortada Oscar pregunto:

- Fernando ¿estás con nosotros? -

La copa se movió hasta el SÍ. MI hermano me observaba desencajado, sus ojos recorrían inquietos toda la habitación

- Pregunta pues - musite

Dudó, pensó y preguntó:

- ¿Cuándo has muerto? -

La copa se fue moviendo lentamente hasta marcar un uno, un nueve, un tres y un siete, 1937.

Observé a mi hermano y su frente se hallaba perlada de sudor. Por mi parte, estaba absolutamente desconcertado, trémulo, de pronto: mi gata Pepa saltó sobre un escritorio contiguo al televisor y se erizó totalmente lanzando el agudo maullido que caracteriza a los felinos cuando se ven amenazados, la gata, miraba fijamente un punto en la habitación, se mantenía erizada, indudablemente en ese instante había una presencia. Mi hermano se levantó bruscamente tomando la madera para arrojarla por ventana, se volvió, tomó la vela e hizo lo propio

Corrió, encendió la luz y se sentó en el sofá frente al televisor respirando agitado, tras un par de minutos solicitó:

- No le digas nada a la mamma ni a papá -

Unos días más tarde, jugaba solo en la habitación, eran aproximadamente las siete de la tarde. Angélica había salido a comprar el pan, mi hermano fue a casa de un amigo, de pronto, el toca discos que se encontraba en la sala, uno de esos de vinilo que funcionaban con aguja de diamante, en el primer piso, se encendió solo, y la música empezó a resonar en toda la casa. No me atreví a bajar las escaleras para a pagarlo, quedé estático, con el corazón acelerado, cuando me dispuse a levantarme pues jugaba en el suelo, escuché los pasos tenues de alguien que subía la escalera, me puse más rígido aún, lo desconocido infunde un temor extraño, imprevisible, los minutos parecían eternos, hasta que escuché que Angélica abría la puerta, había regresado de la panadería. No conté nada.

Días después, las luces de la habitación se apagaron dos veces mientras que hacía mi tarea en el escritorio que teníamos en la habitación.

Creo que desde esa noche, nunca más fui el mismo. Algo cambió totalmente en mi, somos como la pared, o como el río que fluye y es siempre río que sin embargo cambia en su interior: todo sueño que tuve desde esa noche de espiritismo, se modificó, me proyectó a situaciones que difícilmente podrían creer, toda percepción de las personas varió, y la forma que empecé a observar este mundo miserable, ruin y bestial, tuvo que ser definitivamente diferente, como si aquel sujeto etéreo llegado de otra dimensión que estuvo en la sala de estar, me escoltara cada instante de la vida

Ivo Moran Albonico Gasparotto Buenos Aires 2011

Residencial San Felipe tiempos de infancia realmente feliz ¿existe esa felicidad?

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