Publicidad:
Terra
La Coctelera

palosanto

7 Mayo 2010

Ivo Morán .- 2º parte de "Amor a primera vista"

y se encontraba sencillamente en paz con la realidad que vivía, sin inmutarse, y eso era verdaderamente admirable. Me acerqué a la mujer que empujaba la silla de ruedas mientras cargaba con dificultad una maleta de medianas proporciones, y, con cortesía le ofrecí ayuda.

-Si desea empujo la silla de ruedas.- informé- yo también abordaré el mismo avión.-

La mujer, de aproximadamente sesenta años, me miró con cierta desconfianza, echó un vistazo a la joven, me volvió a mirar y dijo suspirando:

-¡Bien!, ayúdeme, pero con las maletas.

-Está bien- repliqué

Tomé las maletas junto con mi maletín, inspiré y empezamos a caminar imprimiendo velocidad en nuestros pasos. La mujer empujaba firmemente la silla de ruedas, y la joven permanecía serena, iba rígida y segura en su lugar obligatorio.

-¿Su hija?-pregunté mientras que caminábamos

--Sí.- Contestó a secas

-¿Duerme?- inquirí insistente mientras observaba el perfil de aquella joven  obra de arte, se trataba de la belleza personificada en mujer.

La señora no contestó mi pregunta.

Entramos al ascensor y subimos hasta el segundo piso, nos acercamos al ingreso de la sala de embarque y la señora me dijo:

-Gracias señor, por suerte está usted aquí, llevar a mi hija más  la maleta, y empujar la silla es verdaderamente complicado.-

Efectivamente, pasar por los controles de acceso al avión, es un trámite oneroso por el cual todo pasajero debe pasar indefectiblemente, especialmente en estas épocas de locura terrorista, y encima con una silla de ruedas, peor aún. Me percaté nuevamente del nerviosismo de la madre, que en  inicio había interpretado por la tardanza y la posibilidad de perder el vuelo. Ya prácticamente estábamos por ingresar a la sala de abordaje, y ella, la madre, continuaba muy nerviosa.

-De repente la vieja ha metido coca en la silla de ruedas, la pobre escultural, bella y  paralítica doncella no lo sabe, y si yo llego empujando la silla, me meteré en problemas.- pensé.

Mientras estaba en la fila para pasar por el escáner reanudé mis cavilaciones: estudiaba la actitud de la madre, y la continuaba viendo muy inquieta, sus ojos se entronaban continuamente y miraba a todos lados.

-Serán un par de traficantes, quizá terroristas.- dije en mis adentros para inmediatamente contestar mis propias dudas con el clásico paliativo del temor en la consciencia que inhibe las conjeturas infundadas:

-¡No! Que va, son pensamientos paranoicos que me acosan por mi mismo estado de ánimo. Una mujer mayor que tiene que viajar con una hija discapacitada, con el consecuente trasporte de la silla de ruedas, más el equipaje, es una situación que puede alterar a cualquiera, encima, la mujer tiene su edad, y las personas mientras avanzan los años se hacen más sensibles a los problemas.

-¿Desea que sostenga a la silla mientras usted pasa su equipaje por el escáner?- pregunté a la señora

-¡Gracias caballero! Es usted muy amable. Pasaré nuestra maleta y sostenga usted a mi hija.- dijo esbozando una sonrisa muy dulce mientras que de sus ojos emanó un brillo de tristeza que percibí de inmediato.

Sostuve la silla de ruedas y la mujer se acercó a los guardias del aeropuerto quienes controlaban la situación con la mirada característica que adquieren en su misma profesión: indiferentes, detectivescos  y con un halo de ligera amabilidad. Puso su equipaje y la cartera en la cinta que escaneaba las pertenencias, y pasó por el escáner de cuerpo sin que éste registrara nada metálico, acto seguido tomó sus partencias y rodeo el punto de control para pasar la silla de ruedas por el lado, de inmediato uno de los guardias la siguió con la vista hasta que ella se me acercó y agradeciéndome se dispuso a empujar la silla de ruedas.

-¡Un momento señora! Espetó el uniformado

-Dígame. Contesto la mujer

-La silla de ruedas no puede pasar por aquí, nosotros le proveeremos una y la suya debe ir por equipajes, no se preocupe que desde aquí la llevaremos al avión. ¿El señor viaja con ustedes?- terminó por preguntar

-¡No!- espeté de inmediato- yo simplemente la estaba ayudando

El sujeto me lanzó una miradita investigadora y asintió.

Pasé mi equipaje por la cinta del escáner y mostré mi boleto de vuelo. Mientras tanto el guardia habló con uno de sus colegas que volteó a observarme.

-Me están mirando raro.-pensé

Todo se desarrollaba en rápidos instantes: apareció una mujer empujando una silla de ruedas que pertenecía a la aerolínea, y dos de los guardias se acercaron prestos a ayudar a la mujer a cambiar de silla a la joven. Mientras tanto, la belleza inválida no se inmutaba. Presumí que se hallaba inmersa en el mundo de los sueños y que pronto despertaría retirando las oscuras gafas, despercudiéndose y lo primero que vería sería a mí.

Noté de inmediato que la señora se volvía a poner nerviosa, lo podía percibir, empero, no lo hacía notar, por lo menos advertí el esfuerzo que hacía para conservar la compostura. Me considero muy sensible, y, la vida me enseñó a descifrar los comportamientos y la conducta de la gente ante diversas situaciones.

-Hay que cambiarla de silla- dijo el guardia.

-Mejor nos apuramos porque el avión está  por cerrar el abordaje.- explicó el segundo

-Señorita yo la tomaré por las rodillas y mi compañero por la espalda para pasarla a la silla de ruedas de la aerolínea.- informó solmene el guardia que al parecer era el supervisor.

La deliciosa y postrada mujer no contestó, permaneció impávida, inmóvil, sin ni siquiera mover un pelo.

-¡Caballero!- exclamó la señora.- Háganlo despacito porque mi hijita esta sedada, tomó un sedante en casa porque está con dolores y tiene aerofobia, ya antes de su accidente la padecía.-

Ambos hombres, con la profesionalidad del caso, impregnados del sentido humano y la cortesía propia que deben proyectar en el trato con tanta gente, asintieron a la vez entendiendo la situación. Tomaron a la bella paralítica, uno por los pies, el otro desde la espalda y la trasladaron suavemente a la silla de ruedas que la conduciría hasta el avión, silla de ruedas que por cierto era más ligera y totalmente plegable para facilitar la movilización del pasajero a su asiento en el avión. Narrar todo esto nos proyecta una escena duradera; no obstante todo lo que cuento sucedió en apenas unos minutos que parecieron segundos pues los guardias de seguridad aceleraban sus movimientos cada

<!-- /* Style Definitions */ p.MsoNormal, li.MsoNormal, div.MsoNormal {mso-style-parent:""; margin:0cm; margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:12.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:ES; mso-fareast-language:ES;} @page Section1 {size:612.0pt 792.0pt; margin:70.85pt 3.0cm 70.85pt 3.0cm; mso-header-margin:36.0pt; mso-footer-margin:36.0pt; mso-paper-source:0;} div.Section1 {page:Section1;} --> vez más. Una vez en la silla de ruedas oficial, la pasaron por el escáner y posteriormente una azafata del avión ya la esperaba del otro lado para conducirla hasta la manga que daba acceso a los pasajeros dentro del trasporte aéreo. Por mi parte, pasé sin ninguna novedad los controles, exhibí mi boleto, y enrumbé tras la señora, su hermosa hija, y la azafata que la empujaba. Entramos al avión y enseguida, otra azafata, de cabello negro azabache, ojos vivaces, rostro anguloso y amable, dibujando una contagiosa sonrisa tomó mi boleto y me indicó donde debía sentarme. La azafata que empujaba la silla, ya se había detenido frente a los dos asientos que correspondían a madre e hija, y junto con la madre pasaron a la princesa a su asiento. Me di cuenta que mientras la movían, la pobre joven continuaba rígida, siempre sin moverse. Me atrevería a decir que noté una rigidez inusual en la joven belleza la cual atribuí de inmediato, en mis pensamientos, quizá, siempre en mi imaginación, al tipo de parálisis que padecía.

-Será parapléjica la pobre- pensé – Quizás no pueda ni hablar y sea uno de esos casos de una cabeza viva adherida a un cuerpo inmóvil por la parálisis. Pobre mujer, ¡siendo tan bella!- Finalmente se cerraron las puertas, llegaron los anuncios de rigor, las azafatas mostraron las medidas de emergencia, todas ellas luciendo cándidas e infantiles sonrisas, mientras que pensaba lo que siempre he pensado en esas demostraciones:

-Dudo que en una emergencia se desenvuelvan con tamaña naturalidad y luzcan esa sonrisa de niñas del kindergarten-

Me volví para mirar a la madre y a su hija y alcancé a ver el preciso momento que la madre ajustaba el cinturón de seguridad de la hija con ademán maternal.

El avión rodó por la pista, sus turbinas rugieron, los sonidos y timbres típicos resonaron en el ambiente, el pájaro mecánico vibró, levantó la nariz y despegó con los pasajeros con las tripas comprimidas por la inercia y velocidad en sus respectivos asientos. Eché un vistazo por la ventana y en segundos todo se empequeñecía abajo, convirtiendo el mundo en una insignificancia mortal y diminuta. El avión giró sobre las nubes, surcó el cielo, y sobrevoló el mar para enrumbar a destino. Pasados unos diez minutos, una campanita rompió el silencio y la espera, la luz de anuncio en los asientos avisó a todos los viajeros la posibilidad de zafar de los asientos, ir al baño, y quitarse los cinturones de seguridad. Por la ventanilla, el cielo se anunciaba diáfano, azul e infinito, las nubes flotaban como la espuma en el mar, y bajo nosotros sólo quedaba el extenso Océano Pacífico.

El viaje transcurrió ligero, el vuelo a Piura dura un poco más de una hora, lo que no da tiempo a un relax aéreo, ni a comidas sibaritas, menos aún a ver películas de vuelo, en consecuencia, los viajantes deben conformarse con un pequeño aperitivo, una que otra gaseosa e intercambiar las usuales trivialidades y aforismos pelotudos en las espontáneas conversaciones entre desconocidos que comparten asientos. Por mi parte, y debido al casual encuentro con la señora que llevaba a su hija, mi mente escapó de los pensamientos de fracaso que me atormentaban, trasportándolos al mundo rígido de la chica de la silla de ruedas. Me trajeron una cerveza, un emparedado seco de jamón y queso envuelto en celofán, y me zambullí en una profundidad mayor en aquellos pensamientos: imaginaba a la princesita en silla de ruedas cuando caminaba, coqueta, sonriente luciendo aquel cutis rosado e imperturbable, aquella calma contagiosa. Imaginaba su cabello flotar al vaivén de la brisa a orillas del mar de la Islilla. La imaginé bailando al son de una música que eructaba un saxofón, blues agradables que contagian paz. Dibujé en mi propia imaginación a la doncella vestida a la moda caminando con gracia entre la gente en una calle habitual, y la trasporté a mi imaginario frustrado donde ella caminaba conmigo de la mano dejando atrás su silla de ruedas.

-Este encuentro fortuito con la disminuida familia me ha hecho daño- dije en mis adentros- Mis frustraciones se están magnificando y empiezo a imaginar escenas dignas del pensamiento de un demente. No hay nada de esto que pudiera ocurrir.-

Me dieron ganas de ir a cumplir una función excretora, la ineludible micción, entonces me levanté del asiento y me dispuse a ir al servicio, acomodé mi camisa y di unos pasos entre los asientos hasta llegar justo en frente de la chica, me detuve, la observé: continuaba con las gafas de sol, su cutis de muñeca de porcelana brillaba con los rayos de sol que se filtraban por las ventanillas, esa palidez angelical teñida de rosa era poesía pura, era la más sublime inspiración para los poetas, sus manos perfectas, las cuales descansaban distendidas sobre su regazo, y sus dedos con las uñas pintadas de color rubí, delicados y largos como los de una pianista, eran caricia a la vista.

-¡Hola!- le dije – ¿Ya despertaste? ¿Cómo te sientes?-

Silencio

La bella dama no contestó, se limitó a mirar de frente, y ni siquiera se inmutaba. Me pareció verla sonreír y moverse un poco, aunque no estaba seguro del todo pues en ese momento el vuelo fue afectado por una breve turbulencia.

-Bueno señorita, cuando te sientas mejor tal vez podamos conversar un poco.-

Caminé hasta la cola del avión donde se hallan los servicios higiénicos encontrando allí a la madre de la joven, hice un gesto y ella sonrió, esperaba. El silencio en la atmósfera era roto únicamente por el rumor de las turbinas y el ruido que hacían las azafatas armando los carritos donde repartían los aperitivos. Decidí hablar con la señora:

-¿Qué tal señora? ¿Ya más tranquila?- inquirí buscando preguntas acerca de la doncella que me empezaba a intrigar

-¡Ay! Hijo, sí, por suerte ya un poco más tranquila, eso de viajar con mi hija en estas condiciones es muy doloroso, te agradezco me hayas ayudado.-

-Por favor señora, faltaba más, ¿Cómo no ayudarla? De verdad, y con todo respeto, su hija es muy bonita, lo malo que no le he podido ver los ojos…-

La mujer interrumpió lanzando un suspirito empañado en la pena

-Ay hijo, la vida es difícil. Mi Afrodita tiene ojos verdes.-

-¿Se llama Afrodita?- pregunté entusiasmado

-Sí ese es el nombre de mi hija- repuso ella

-Qué nombre tan especial, es griego ¿No?-

-Sí, mi padre era griego, un hombre diferente, adoraba a su nieta, por suerte nunca la llegó a ver en estas condiciones, él murió hace unos años.-

-No es muy común ver griegos que hayan emigrado al Perú.- comenté

-Lo sé- dijo ella- es una larga historia familiar.

Silencio

La portezuela del servicio se abrió mientras el cuerpo obeso de un hombre emergía de su interior, se le veía desencajado. De inmediato un penetrante olor fecal flotó volátil tras él: la mujer hizo un mohín de asco y no tuvo más remedio que sumergirse en el habitáculo escatológico con resignación necesaria.

 

*

Tags: cuentos

servido por Ivo sin comentarios compártelo

sin comentarios · Escribe aquí tu comentario

Escribe tu comentario


Sobre mí

Avatar de Ivo

palosanto

Lima, España
ver perfil »
contacto »

Últimos comentarios

Fotos

Ivo Moran todavía no ha subido ninguna foto.

¡Anímale a hacerlo!

Categorías

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?

Crea tu blog gratis en La Coctelera