Ivo Morán .- 3ª parte del cuento "Amor a primera vista"
Pasados unos minutos salió del lugar y dándome paso quiso enrumbar para su asiento
-¡Señora!- la detuve
-¿Diga joven?
-¿Me presentaría a su hija Afrodita? Lo mismo la puedo llevar a pasear en Piura y usted descansa un poco, sería para mí un honor.-
La mujer se limitó a sonreír.
Regresé a mi asiento y cuando pasé frente a ellas me detuve un instante
-¡Hola Afrodita!- saludé mirando a la madre mientras esperaba una respuesta facial de aprobación o desaprobación.
No hubo respuesta alguna, Afrodita seguía en su lugar, continuaba durmiendo y la madre dibujo la expresión de un jugador de póker, entonces regresé a mi asiento.
Llegado el momento, el piloto anunció el inminente aterrizaje, así como expuso las condiciones climáticas en la ciudad de Piura.
El avión se zambulló en las nubes mientras que divisaba como la nimiedad de la tierra vista desde el aire se iba agrandando y engrandeciendo la severa miseria que acordonaba la ciudad de Piura: pueblos jóvenes, invasiones, basura a raudales, paisaje típico en las provincias peruanas, esa misma foto de precariedad humana que rodea vecindarios y lugares encapsulados en su exclusión.
Una vez en tierra, el avión llegó a la terminal, donde por supuesto no existen mangas de acceso a las salas de arribo o embarque. Los pasajeros retiraron de los compartimentos sus pertenencias y fueron saliendo poco a poco para bajar por una escalera metálica y pasar por la pista a recoger los equipajes. Me detuve para ayudar a la mujer, pues dado el retraso tecnológico de la terminal aérea piurana, bajar a mi bella Afrodita sería una complicación para la madre y las azafatas que ayudaban. Una vez el avión estuvo sin pasajeros, un par de hombres de pieles cobrizas por el castigo solar, con mamelucos azules aparecieron por el corredor con la silla de ruedas, me acerqué solícito para ayudar a Afrodita y ponerla en la silla, los hombres hicieron los propio y entre todos la cargamos para colocarla en la silla, acto seguido tomé el equipaje de la madre, salimos por el pasadizo y los dos hombres la bajaron dificultosamente por la escalera cargando la silla de ruedas. Cuando toque la pista, sentí el sofocante calor en mi cabeza, el sol brillaba en el cielo, y de inmediato, el frescor que me había otorgado el aire acondicionado del moderno aeroplano quedo disipado por el tórrido calor piurano. Afrodita viajaba adelante en la silla de ruedas y ya había sido entregada a su abnegada madre quien la empujaba.
Mis pensamientos se toparon con ella: - Afrodita sonriendo, pestañando con esos ojos verdes, con su cutis de muñeca antigua, sus manos de artista tomaban las mías y con una dulce sonrisa me agradecía y aceptaba mi invitación a dar un paseo por la Plaza de Armas piurana para ir a tomar un heladito de tamarindo y comer unos chifles con cancha. En mi imaginar, llegaba a la Islilla con Afrodita, en una extravagante silla de ruedas provista de neumáticos para la arena, y la ayudaba a recostarse sobre una extensa y colorida toalla en donde tomaba el sol boca arriba sonrosando aún más su delicado rostro. Afrodita me solicitaba la lleve hasta la orilla, y yo, con la dulzura de un galán la llevaba cargada como lo hacen los novios en la luna de miel, para depositarla donde el mar acaricia la arena, y ella, sonriente me decía que pese a su disminución era capaz de nadar y correr olas a pecho, deporte que me apasionaba. Afrodita, la bella Afrodita, ya no era paralítica, ni lisiada, menos aún discapacitada, ella era mi compañera de meditaciones, una nueva esperanza.
Una vez fuera del diminuto aeropuerto, la odisea continuaba para la madre: llamó un taxi, y, junto con el chofer sacamos a Afrodita de su silla de ruedas para colocarla en el asiento trasero, la madre plegó la silla de ruedas la cual personalmente introduje en el porta equipajes del auto,
Había llegado la hora de despedirse, y para ser honesto no me podía resignar a dejar de ver a la bella Afrodita que al parecer, me lanzó un par de discretas sonrisas en el trayecto del avión al taxi.
-Señora- dije con cierta solemnidad, quisiera…-
La mujer me interrumpió esbozando una amable y diplomática sonrisa
-Gracias joven que Dios se lo pague, es usted una gran persona, rezaré por usted
-Qué suerte, orarán por mi y mis pecados- pensé- pero la verdad no es amor a la amabilidad, me interesa conocer a Afrodita.-
-¿Señora?- dije armándome del valor que vence la vergüenza.
-La verdad quisiera poder ver a Afrodita, pasearla y conocerla algo más, no sé si le molesta, me imagino que usted tendrá temor pues yo soy un extraño, y ya de hecho, hacerle semejante pregunta es un atrevimiento. No crea que le he ayudado sólo por pedirle pasear con Afrodita es que...-
Guarde silencio pues me di cuenta que estaba hablando demasiado, mejor era esperar la reacción de la madre
Ella, por su parte me miró con una oculta complacencia y recorrió su vista por toda mi persona mientras de sus ojos emanaba nuevamente ese brillo de penuria, una luz trágica e ineludible, imagino, dada su situación
-Hijo, ¡No!, mejor no, Afrodita es de poco hablar, no dice nada y desde que ocurrió su accidente se ha mantenido calladita, Ya antes era muy silenciosa, tímida, y a pesar de su belleza y la atracción que causaba en todos los muchachos siempre se mantuvo aislada y lejos de las reuniones juveniles. Ella es muy intelectual, le gusta leer, el silencio, ama la música clásica, el teatro, dudo que le interese una chica así. Afrodita no comparte los gustos juveniles tradicionales o de moda, es una persona diferente, y ahora así, más difícil.-
Mientras la mujer me hablaba ya se había sentado en el asiento trasero del taxi y terminó diciendo.
-Buena suerte que Dios te bendiga, ya encontrarás una chica que cumpla de verdad tus expectativas.- cerró la ventanilla mientras que advertí que el chofer encendía el aire acondicionado del vehículo y partieron. En el momento que arrancaba el taxi, me di cuenta que en las mejillas de la mujer se escurrían un par de lágrimas inquietas.
Aquel día quedé absolutamente pensativo, lo que me había dicho la señora me hizo pensar aún más:- una joven tímida, callada, culta, de pocas palabras, y encima que no compartía los gustos consumistas de la gente de su edad, esa mujer era una revelación, algo fuera de lo normal. Tener una pareja callada, que se remita a la reflexión y que no coincida con las tendencias consumistas, era algo absolutamente inusual. Afrodita era la mujer perfecta aunque se encontrara postrada en una silla de ruedas. Generalmente el hombre busca el prototipo de mujer bella, que sea escudo de estatus, y si es inteligente mejor. No creo que nadie en el fondo, me refiero a los hombres que busquen todas estas cualidades en una mujer, no pensaría en la importancia que emana de la belleza de la candidata a la relación, un elemento accesorio que haga más completo el ideal romántico. Sé que mi imaginación vuela demasiado y mis proyecciones son un tanto idealistas ante la contundente realidad que no perdona y que doblega las fantasías y anhelos, pero, ¿cómo vivir sin soñar e imaginar? Además muchas veces en la vida los seres humanos convierten sus deseos, sus aspiraciones y anhelos en realidad.
Abordé un taxi y me dirigí al hotel de turistas de Piura, allí quedé sumergido en mis propios pensamientos y no pude extraer de ellos a Afrodita, ni a su sacrificada madre. Esa noche me senté frente a la piscina bebiendo una cerveza bien fría y seguí reflexionando:- lo mejor era averiguar dónde vivía Afrodita y su madre para luego tratar de conseguir una cita con ella, conocerla, demostrarle que su incapacidad no me importaba ni era impedimento para que despierte el interés en un hombre como yo, y sobre todo que tenga conocimiento que de alguna extraña y misteriosa manera me había atraído- Sé que suena absolutamente estúpido creer que tienes algo en común con una persona que jamás habías visto, peor aún, la cual no te ha dirigido la palabra y encima te ignora. La belleza quizá, pero que va, una belleza estática, eso era lo que observé en Afrodita, una belleza que puede contener cualquier escultura o estatua, hasta un cuadro nos proyecta la belleza humana y no podemos jamás aspirar a tenerla de compañera porque justamente constituye un simple cuadro que no tiene vida alguna. Si embargo, ese no era el caso de Afrodita, ella, estaba viva, postrada sí, pero viva, pensante y apartada de este mundo ilógico y abyecto que nos lleva a todos por el mismo sendero: el del sufrimiento.
Esa noche, decidí averiguar como sea la dirección de la casa de Afrodita, ir, encarar a su madre y rogarle que me deje conocerla, que me permita pasearla en su silla de ruedas y ser capaz de dialogar con ella, de compartir su mundo de quietud y discreción, y demostrarle que no me interesaba en lo más mínimo sus estado físico, que lo que realmente me interesaba eran sus virtudes intelectuales, su silenciosa personalidad, y todo eso, amplificado con su sentada belleza.
Al día siguiente, pagué una cantidad de dinero a uno de los taxistas que estaban en la puerta del hotel para que me presentase a uno de los empleados de la aerolínea que había utilizado en mi viaje, y así, averiguar el nombre completo de Afrodita y su madre, y luego, su dirección, aparecer en su casa y presentarme formalmente. Hasta que estuve frente a la persona que me proveyó del nombre completo de Afrodita y el de su madre, y no me costó mucho gracias a la guía de teléfonos que consulté vía Internet, averiguar su dirección. Retrasando mi viaje reflexivo a la Islilla, mi plan de meditación y catarsis, preso de algún tipo de obsesión que yo mismo desconocía en mí, atrapado en mi propia terquedad, resolví aparecerme en su casa. Eran las cuatro de la tarde, entré al hotel, me di una prolongada ducha mientras que ensayaba las palabras que le diría a la madre para poder obtener el permiso de sacar a Afrodita a dar un paseo, me vestí, me perfumé y salí decidido a visitar a Afrodita. Vivía en la avenida Grau 345, en el mismo centro de la ciudad de Piura, cerca de la Plaza de Armas, por lo que tuve que efectuar una corta caminata para verla. Al llegar frente a su casa, me encontré con una casona clásica de esas que se hallan en proceso de extinción, justo antes de llegar, observé que llegaban varias personas y que tras tocar el timbre ingresaban a la morada de Afrodita. Lo que me llamó la atención era que se trataba de tres parejas, y los hombres vestían traje y dos de ellos corbata.
-Posiblemente hay algún tipo de reunión familiar en su casa- pensé
Me armé de valor y me acerqué a la puerta, toqué el timbre y a los pocos segundos la puerta se abrió: una criada emergió vestida con el clásico uniforme de la servidumbre, en el momento que empecé a pensar en el estatus social de Afrodita y su madre, y en el preciso momento que imaginé a un estricto padre, un intenso olor a flores interrumpió mis sentidos arrancando mis pensamientos de cuajo. La empleada, me hizo pasar sin preámbulo alguno, y sin preguntarme ni siquiera quién diablos era yo, lo cual me pareció muy extraño. Una vez dentro recorrí la mirada por la casa, era una casa grande y elegante, se trataba en definitiva de una casa perteneciente a una familia de una alta posición económica, pero eso no fue todo, el interior estaba atiborrado de gente, los hombres vestían traje y las mujeres estaban ataviadas de elegantes vestimentas. Para ser sincero toda mi ilusión se convirtió en confusión: me percaté a la velocidad de un rayo que todos los allí presentes dibujaban expresiones de tristeza, podría decir que hasta dolor. En el fondo, en lo que debe haber sido la sala había un féretro, coronas de flores y una gran cantidad de gente congregada a su alrededor. De un instante a otro descubrí a su madre entre todos los presentes, ella, por su parte me miró y, dibujo una tenue y entristecida sonrisa. Me acerqué a ella y le pregunté sin rodeos:
-Disculpe señora, no quiero ser impertinente, ni me gustaría ser entrometido, la verdad, me he tomado la libertad de venir porque quería conocer a Afrodita, y bueno… no me imaginé que alguien de la familia había fallecido.-
Quizá la abuelita, o el mismo padre habían muerto, y no era el momento indicado, pero me encontraba allí, y ni modo, tenía que dar el pésame y conseguir consolar a la bella Afrodita.
La señora, me miró como quien mira un paisaje lejano e inalcanzable, su rostro se comprimió dejando traslucir un profundo dolor.
La verdad señor.- me dijo suspirante y a punto de romper en el llanto.- es que a quien velamos es a Afrodita.-
La noticia me cayó como una piedra inmensa encima aplastando todas mis fantasías e ilusiones, sin lugar a dudas las ilusiones de un iluso perdido.
Con voz temblorosa, sin atisbo de esperanza pregunté:
-¿Qué paso? Entonces ya venía muy enferma desde Lima-
-No señor, le confesaré algo, y por favor, no lo comente. Afrodita murió en Lima, y desde que abordamos el avión en el aeropuerto Jorge Chávez, ya estaba muerta. Tomé la decisión de traerla en esas condiciones porque era más rápido, más barato, y certificar su muerte se pudo hacer en Piura. Ahora perdóneme, no quiero entrar en detalles, debo atender a los presentes.
-Mi sentido pésame señora.- alcancé a decirle mientras se perdía entre todos los presentes que habían llegado a despedirse de la espectacular Afrodita.
Ivo Moran
Relato escrito una mañana de abril, inspirado en una noticia de la televisión, y en la tristeza de querer alcanzar lo inalcanzable en este mundo: la razón
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