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1 Junio 2010

Harry Shuller era una personalidad en el Balneario de la Playa Máncora

Cuento de: Ivo Morán

Harry Shuller era una personalidad en el Balneario de la Playa de Máncora al norte del Perú, lugar actualmente concurrido por muchos turistas alternativos, noveleros , extranjeros, desadaptados, y en especial, surfistas y una parte del mudillo proveniente de la élite de juerguistas de Lima quienes van a Máncora porque está de moda. También acude a ese hermoso lugar gente normal y familias en busca de paz que deben rebuscar. La mayoría de turistas locales, al igual que los muchos extranjeros, desperdician sus noches bebiendo en los bares al margen de la carretera durante las ruidosas juergas estivales, quizá, emborracharse es más divertido que contemplar estrellas y el mar fosforescente que invita a la poesía; estos visitantes, gracias al fabuloso microclima de de la zona, acuden a Máncora incluso en el invierno. Extrañamente, los restaurantes y bares que allí existen, en vez de mirar al mar, se observan frente a frente en ambos lados de la carretera contemplando por las dos franjas el paso pesado y ronco de los camiones de carga y autos que transitan en la Panamericana rompiendo la oscuridad de la carretera con sus faros cegadores; la verdad, nunca entenderé, aunque se puede entender descifrando economías y estupidez, el porqué en el Perú, en los hermosos lugares de la costa se construye y se alimenta el progreso al margen de la carretera y no frente al maravilloso Océano Pacífico.

Cuando fui la primera vez a su hotel, antes que lo construya y creara ese ambiente tan familiar, acogedor y armonioso frente al mar, a la entrada del pueblo, fui directamente a buscarlo. En aquel entonces, el mar acariciaba la carretera. Según me explicó mi amigo Harry, había comprado los terrenos donde construiría su hotel, y el lugar fue un antiguo convento o quizá un reducto de meditación y retiro para monjas.

El mar, embravecido, junto con inacabables y profusas lluvias que ahogaron en esos días la costa, más el clima exacerbado por la corriente del niño, había destruido prácticamente todo el convento, y lo poco que quedaba de él: se erguía ruinoso mirando ese mar intenso y pleno de vida. El cielo, diáfano en donde se suspendían mágicamente las aves marinas con el fuerte viento, era el trasparente testigo de la historia que aquel día me narró Harry Shuller.

Harry, colorado, con cabello casi pelirrojo, con un aspecto más suizo que peruano, siempre risueño contando chistes y anécdotas, cerveza en mano y lleno de humor, simpatía y vida, mientras que los obreros iban reconstruyendo el lugar para convertirlo en el hermoso hotel que es hoy, me narró esta historia:

-Mira- me dijo:

–Cuando llegué a este lugar todo esto era una ruina. La lluvia, más el inmenso huaico que llegó de la sierra sin llamar por teléfono, sumado el mar embravecido, casi hacen desaparecer el convento con las pocas monjitas que quedaban. La verdad no sé si andaban por aquí rezando o en bikini, ni si esperaban los veranos para juguetear con los curas en la playa, ya sabes: mojas y curas hacen locuras.- Harry rió para proseguir: -Lo que sí te puedo contar es que cuando compré el terreno, en una noche oscura en la que luchábamos contra los escuadrones voladores de zancudos asesinos chupa sangre, en el silencio nocturno donde se escuchaba el viento gemir, alguien tocó la campana que tengo colgada en la entrada para que se anuncien los visitantes. La campana sonó lejana y opacada por el rugido de las olas, entonces, di un salto tomando una vieja pistola que tengo por allí guardada, una de esas reliquias que me dio mi padre cuando vivíamos en el Hotel el Pueblo, para luego asomarme pistola en mano y alumbrar desde aquí con la linterna. Harry me indicó el lugar y continuó: -Entonces, salí de mi cuarto y me acerqué preguntando con un  grito quien llamaba, entonces descubrí extrañado que se trataba de una moja que se acababa de bajar de un colectivo que venía de Piura y enrumbaba hacia el norte. La religiosa había alquilado el colectivo para ella sola.-

-Y qué quería la monja- inquirí

-Tranquilo- repuso sonriendo y dándole un sorbo a la cerveza PIlsen que tenía en mano.

-La monjita era rellenita y poseía un rostro angelical. Yo la verdad me asusté pues en las noches, especialmente tras tanto desastre natural, pululaban ladrones y saqueadores de propiedades abandonadas, y, la desesperación y el hambre mí querido amigo hacen que la gente pierda la consciencia y cualquier hábito decente. Las desgracias como los terremotos, inundaciones y males naturales, son el caldo de cultivo para el pillaje y la anarquía. Ya se hablaba en la zona de asaltos y robos consumados por víctimas de la necesidad desenfrenada, esa que no conoce de reglas ni leyes. Esa noche, luego que la monja jalara la campanita que tengo en la puerta principal, que por cierto, hallé entre los escombros de lo que fue la capilla del alegre lugar de las religiosas…- Harry, guardó silencio y extrajo sin previo aviso una raída foto de su bolsillo y me la mostró: se trataba del conventillo antes que sucedieran las desgracias. La foto era en blanco y negro y en ella se apreciaban a un grupo de monjas que estaban frente al mar alineadas como si se tratase de un equipo de futbol, y tras ellas, se podía apreciar el mar y las embarcaciones artesanales de los pescadores decorando el horizonte.

-Ves las monjas- me preguntó mostrándome la foto.

-Si- conteste a secas

-Bueno, para que veas que no es cuento, aquí tengo la foto.

-Ya ¿y? no te pongas tan misterioso y suelta la historia.- insistí

-Tranquilo.- me dijo para proseguir su relato:

-Ese día la monjita noctámbula me pidió  con mucha y santa educación  permiso para entrar en la propiedad para sacar algo que según ella se encontraba enterrado en la parte de atrás de las construcciones. Era una rara petición, y como te imaginarás, no se anda por la vida desconfiando de la petición de una monjita de aspecto virginal.- si es que era virgen, claro, pues eso sólo lo determinan los ginecólogos y los curas que les toca desvirgarlas- Harry echó una de sus típicas risotadas y continuó: -La monjita pidió una pala, extremo que en verdad me sorprendió, sin hacer preguntas e inundado de curiosidad se la proporcioné de inmediato, entonces me dijo:

-Señor permítame cavar detrás de la zona que está construyendo.- su voz era cantarina y suave, y me intrigó aún más la extravagante situación.

-Va a sacar algún tesoro del pirata.- le pregunté con burla discreta que ella no captó, y la monja, se sonrojó con aire pueril sin darme respuesta alguna. La verdad la situación me intrigaba, entonces le pregunté si podía acompañarla. Ella asintió moviendo la cabeza de forma afirmativa como lo haría una niña de colegio. Caminó silenciosa dando a entender que conocía muy bien el terreno que pisaba, tras unos pasos, al llegar a un punto, observó con ojos de arqueóloga las enormes palmeras que están atrás.-

Harry Me indicó las palmeras y me dijo:

-Ves ese lugar, fue allí donde empezó a cavar hasta que, pasados unos minutos, suspirando por el esfuerzo y con la frente perlada de sudor, no muy profundo en la tierra tocó algo compacto, entonces exclamó: Bendito seas Señor y lanzó con desenfado la pala al lado, se arrodilló de golpe sobre su hábito ensuciándolo de barro y empezó a escarbar con las manos sacando el barro de los contornos del objeto: Lo hacía con desesperación, a tal punto que jadeaba en su propia agitación; finalmente extrajo una caja de madera con bordes de metal. Yo observaba el espectáculo con cierta incredulidad pues no todos los días aterriza una monja en tu construcción a cavar a la media noche. La caja estaba oxidad y, aunque no había aquella luna que nos alumbrara, los faroles de kerosene que pendían en la construcción iluminaron intermitentemente su angelical rostro: se le veía resplandeciente, como si hubiera encontrado un tesoro. Te diré la verdad: por un momento pensé que efectivamente allí había algo de valor, y que al ser ya la propiedad mía, me pertenecía, ¡pero que va!, nada que ver, la verdad y siendo justo pensé que eso era seguro propiedad de ella o ellas.

-¿Qué es eso? O mejor dicho, ¿Qué  diablos contiene?- le pregunté ansioso. La moja se incorporó  con la caja en las manos y exclamó:

-Es algo que no vale nada y vale mucho. Lo que para la gente no vale nada, para el alma vale mucho, y lo que vale mucho para el alma para la gente no vale nada.- explicó.  
Harry tomó otro sorbo de cerveza y me dijo:- en ese momento no estaba para acertijos y no quería darle vuelta a las cosas. La monja era especial, misteriosa, y sobre todo, verla embarrada de lodo, con las manos sucias, y sudando a través de esa especie de túnica que llevan, me causó gracia; la observé fascinado y disparé sin preámbulos una pregunta contundente:

-¿Qué hay en la caja?-

La monja me miró intensamente respondiéndome:

-Se lo diré. Pero déjeme sentarme y le contaré primero una historia, y la razón por la cual he venido a desenterrar esta vieja caja.-

-Bien- repuse.- vamos-

Caminé con ella hasta el arco de la entrada que habíamos empezado a construir mientras que la religiosa sostenía la caja en sus embarradas manos con celo exagerado, de pronto, lanzó un profundo suspirito con aire infantil y se sentó en uno de los muros incompletos. Por lo que veía, poco le importaba estar sucia y enlodada. Llamé a Jackie, mi fiel colaboradora y amante solicitándole una gaseosa para la monjita. Jackie, emergió de la oscuridad acercándose y la miró con disimulado asombro como si aquella religiosa hubiera llegado en un platillo volador, se volvió lanzándome una mirada de interrogación encogiendo los hombros. A los pocos minutos Jackie trajo una gaseosa, un vaso, y le sirvió a la monja una Inka Kola bien fría: La bebió silenciosa y sedienta, apoyó el vaso con parcimonia sobre el murito, dejó la botella sobre el suelo inspirando profundamente para decir:

-Todo comenzó hace algunos años. En ese tiempo todo era alegría en este lugar, nuestra hermandad solía mandar a todas las novicias a este sitio en el verano para que recen y para acercarse a nuestro señor Jesucristo gracias a la belleza natural que abunda en esta zona. Nos juntábamos y rezábamos frente al mar, era un lugar de paz, reflexión y retiro espiritual. Los días domingos acudíamos a la iglesita del pueblo, allí había un sacerdote joven y apuesto, era un español, Andaluz, que, además de oficiar misa animaba a los pescadores, no pecadores claro.- la monjita interrumpió con una risita susurrante y continuó:- feligreses a cantar. En aquel entonces no existía aquí el turismo, ni toda la gente loca que ha llegado estos años. El cura se llamaba Pilatos.- sentenció imperturbable.

Harry me quedó mirando y exclamo:- Te imaginarás compadre que un cura que se llama Pilatos es bastante inusual-

-¿Y qué dijiste?- pregunté  a Harry.

-Nada, indagué pues amigo mío, indagué.-

-¿Pilatos?- exclamé sorprendido clavando mis ojos sobre la monja.- ¡Qué nombre para un cura! ¿Me esta tomando el pelo madrecita?- La monjita rió entre dientes y me miró fijamente a los ojos respondiendo el duelo: tenía unos ojos bellos y expresivos. Sonrió con dulzura y musitó:

-Espérese que le cuente la historia, tenga usted calma señor y no desespere.- suavizó.

-Aquella noche se hallaba cargada del olor salobre que expele el océano embravecido, y de cuando en cuando llegaba a nuestro olfato el olor fétido de los animales muertos en la orilla que por una extraña razón, evoca libertad.-

- ¿Y qué hay en la caja?- insistí.

-La monjita hizo un mohín con la nariz  por el olor del ambiente y amonestó:-

-Usted sí que es impaciente, cálmese, le estoy contando la historia para que sea capaz de entender el contenido de la caja.- la monjita hizo una pausa para continuar:

-El curita se llamaba Pilatos Muñoz, y, ante la disyuntiva de llamarlo por tal impío nombre, su congregación optó por llamarle padre P. Muñoz. Todos lo conocían como el padrecito Muñoz,  así lo llamaron un tiempo, pero, como tenía un cabello muy ralo y ostentaba una incipiente calvicie de natural sesgo franciscano, todos en el pueblo de Máncora le terminaron llamando el padre Pelito.

-Me parece tan raro un cura que se llame Pilatos, o mejor dicho que lo hayan bautizado así en España donde antes los nombres eran muy controlados.- comenté

-Eso lo sabemos.- repuso la monjita.- Lo que sucedió es que su padre era el alcalde de su pueblo y hacía lo que quería. Según tengo entendido, una familia de herejes que estuvo a punto de ser excomulgada por el Santo Padre en el Vaticano. Su padre fue separado de su cargo, y fueron vituperados por el pueblo en pleno. El padre Muñoz, como comprenderá, descendía de una familia extravagante y rara; no obstante él era diferente: bueno, creyente y una persona excepcional. No tardó en apartarse de su extraña familia, y en cuanto pudo entró al noviciado, entonces se distanció aún más de sus congéneres. Allí, en el noviciado, su nombre causó un tremendo revuelo, fue todo un tema, según supe, tras largas disertaciones del clero, los obispos y principales, el caso llegó hasta el mismo Vaticano, y aunque es difícil de creer, fue aceptado y su nombre fue únicamente sustituido por P Muñoz. Cursó el seminario con notas sobresalientes, acudió también al conservatorio y se hizo un maestro tocando la flauta dulce, a tal punto, que recorrió Europa deleitando a obispos, cardenales y llegó a deleitar al mismo Sumo Pontífice con sus melodías, las cuales, él mismo componía. Pasado un tiempo de giras por distintos países, dada su vocación sacerdotal, solicitó a sus superiores desempeñarse como cualquier cura, y que sea destinado a un lugar remoto para propagar la fe y la devoción a nuestra Santa Iglesia. A regañadientes, pues lo querían mucho en España, y sobre todo ante su dedicación y profunda devoción y ánimo de ayudar a los necesitados, fue destinado al Perú, a este bello y empobrecido y maravilloso lugar, actualmente arruinado por el vicio y la locura.-

-No exagere madrecita- interrumpí.- Seguro que hay algo de vicio y recién empieza, pero debe entender que ese es el precio del progreso, por lo menos la gente del pueblo no vivirá  en la anacronía y sus hijos tendrán nuevos horizontes, y sobre todo, no estarán condenados a ser simples pescadores.- opiné

-Mire amigo- dijo ella.- no he venido a discutir temas sociales a Máncora, ni debatir posiciones respecto al progreso, ¡No! Sencillamente he venido a recoger esta caja, y agradezca que le cuente la historia.- la monjita, me escrutó con la mirada, metió su cabeza entre los hombros y su sucio hábito y sentenció:- Le cuento la historia porque no hay ser humano desprovisto de curiosidad, y dado que ahora  ésta es su propiedad, y verá el contenido de la caja, para que no crea que hay elementos de valor o cosas prohibidas, se la cuento.

-Bueno, continué entonces y mejor me calló.-

La monja, miró impaciente el cielo oscuro e impenetrable con la vista donde nada se veía y prosiguió:

-Finalmente el padre Pelito llegó  a Máncora y tomo posesión de su cargo como párroco en la iglesia. Su llegada fue celebrada por nosotras, y en especial por el pueblo. El padre Pelito era alto, poseía cierta fortaleza física y estaba dotado de una mirada penetrante. Le gustaba nadar, y surfeaba las olas a pecho, lo cual en principio causó sorpresa y curiosidad despertando los más diversos comentarios en el pueblo. Ver a Pelito llegar a la playa, despojarse de la sotana y lanzarse al mar como si se tratara de un Tarzán despistado, nadando y corriendo las impresionantes olas que se forman en las épocas de mar embravecido, constituyó un espectáculo para todos los pescadores. A veces venía aquí a Punta Ballenas a correr olas, nosotras lo veíamos nadando desde la playa frente al pueblo hasta Punta Ballenas, aquí al frente, y de un momento a otro veíamos su cabeza emerger entre las espumas remontando olas y descendiendo en ellas como si fuera un bufeo, y nosotras, nos sentábamos en la orilla a mirarlo extasiadas. Muchas veces la madre superiora nos llamó la atención increpando nuestra actitud. Alguna vez el tema salió a colación, y cuando vino un superior del padre Muñoz, tratando de averiguar y esclarecer los rumores sobre su extraño comportamiento y su actitud de nadador surfista, él siempre contestaba que nada de malo había en buscar armonía en la naturaleza que había creado El Padre, o sea Dios. Con el tiempo la gente del pueblo se fuer acostumbrando a sus extravagancias, y como le he contado, él mismo provenía de una familia extravagante. Sin embargo, poseía virtudes muy grandes, y se caracterizaba por su simpatía y era muy carismático. La gente lo buscaba por sus preciados consejos, los jóvenes, los viejos, las parejas, y muchas jovencitas también, la mayoría de ellas enamoradas perdidamente del padre Pelito.

-¿Y ustedes? También vivían enamoradas del padre Pelito.- inquirí tratando de imprimir cierto tino a la pregunta.

La monjita sonrió, su rostro y sus mejillas se tiñeron de rubor y disparó

-No amar al padre Pelito era imposible.-

Harry contaba la historia entusiasmado:

-Sonreí y ella contestó con otra sonrisa, sonrisas que se transformaron en risas y finalmente carcajadas.

La monjita calló de golpe, como si la consciencia le avisara que no era apropiado exteriorizar determinados sentimientos.

-¡Basta!- espetó

-Continuaré contándole la historia, es tarde y debo irme hasta la estación de buses caminando, y no está  cerca.- informó la monja

-Prosiga- solicité

-Bien, en esos días se formo un coro de religiosas, y, se adhirieron al coro unas cuantas nativas de la zona. El padre Pelito tocaba la flauta dulce, como le he dicho, una de las madres de nuestra congregación, el violín, y las demás cantábamos junto con las lugareñas. Entonces sucedió lo que no debería haber sucedido y a veces debe suceder, y ….- -La monjita hizo una pausa echó un suspiro de adolescente enamorada para decir.- Lo que pasó fue que una de las nativas de la zona, esa pobre lugareña, era demasiado hermosa y…-

-Explíquese.- musité

-Era una jovencita de piel canela, ojos enigmáticos y un cuerpo hermoso. Nadaba en el océano como si fuera un pez, era una sirena, y cantaba de una forma única. Cada vez que nos reuníamos a cantar, el padre Pelito, mientras que tocaba la flauta dulce quedaba hipnotizado mirándola. La observaba embelesado, y ella, con el tiempo a él. La mujercita se encandiló con el padre. En cada ensayo, era obvio que ambos se miraban y se miraban. No todo quedaba allí, la joven, acudía a la playa los días que él surfeaba a pecho y se metía al mar a nadar. Nadaban juntos.-

-Todo eso deber haber sido un tremendo escándalo.- pregunté.

-Por supuesto.- contestó ella.- El hecho que se encontraran en la playa y se obsequiaran tales miraditas, que muchas veces trasmitían la lujuria y el deseo, empezó a escandalizar a todos. -

-Dios perdona el pecado, pero no el escándalo- informé con el aforismo popular.

Harry rió mientras me contaba esto.

-¡Se equivoca!- repuso la monjita indignada.- Dios lo perdona todo. La verdad, lo que había allí no era lujuria, ni deseo, lo que empezaba a brotar era amor y el amor es un sentimiento inherente entre los hombres y las mujeres. Para nosotros las religiosas y religiosos, reprimir algunos sentimientos humanos es bastante complicado. Amar es parte de la vida, y aún haciendo votos de castidad y entregando nuestra vida a Jesucristo y el Padre, nos cuesta reprimir los deseos humanos, y le aseguro, en el más profundo abismo de nuestros corazones, siempre amaremos a alguien, y eso guárdeselo en uno de esos rescoldos del alma, en el cajoncito de la discreción.-

-Le agradezco la sinceridad.- dije a la monjita

-¡Sin ironías ni comentarios capciosos señor.- reprimió tajante.

-¡No! no quería decir eso, perdone.- me excusé

-Continuaré.- me observó reprobándome y prosiguió:- Esas miradas furtivas y fugaces se fueron incrementando. La jovencita tenía aparte una voz excepcional, la belleza natural que otorga la juventud, y él, cada vez que tocaba la flauta, era capaz de arrancar de las cuerdas vocales de la joven, una voz verdaderamente celestial. Ante las impresionantes actuaciones de ambos, en el plano artístico, los lugareños, las hermanas y religiosos visitantes, cerraron los ojos ante la obvia afinidad y sentimientos que ambos empezaban a profesarse. Pero no todo quedó en el éxito y la fascinación que despertaban en sus audiencias de la zona, viajaron a Lima a cantar y dar recitales al mismo obispo, y en la misma Catedral de Lima, ¡no! La cosa evolucionó. De regreso, empezaron a reunirse para sus habituales prácticas, y, sucedió lo que tenía que suceder. Los encuentros transgredieron los límites que les imponían sus condiciones, los vetos que él tenía, y las costumbres y moral que ella poseía. La mujercita pertenecía a una próspera familia de pescadores cuyo patrimonio era muy grande, poseían muchas embarcaciones de pesca, y su padre era un hombre respetable, próspero y orgulloso que procuraba dar la mejor de las educaciones a sus hijos. Ella se llamaba  Mar, y era la favorita de su padre. Los rumores dieron muchas vueltas en el pueblo, en nuestro pequeño convento y en los ambientes eclesiásticos de la zona norte; sin embargo,  tras escucharles a él con la flauta y a ella cantar, el efecto era inmediato: todos olvidaban el rumor corriente y se concentraban en sus maravillosas virtudes.

Los encuentros entre ambos prosiguieron, viéndose a secretas en la oscuridad de la noche, o en la lejanía de la playa, alumbrados por la luna y las estrellas como testigos de su amor prohibido. Se amaron intensamente, y rompieron todo canon de moral y de preceptos, él rompió sus votos.-

-Y ella su virginidad.- interrumpí

-Cállese- increpó la monjita.- No sea usted grosero que aquí dejaré la historia.

-Perdone, perdone, siga y no abriré  la bocaza.- Pedí al borde del ruego.

-¿Entiende? ¡Se amaban! Y pecaron, pero creo que amarse con amor no es pecado, y eso nadie lo podía entender. Una noche, al parecer se encontraron muy lejos de aquí, cerca de la playa Órganos…-

-Tenía que ser.-.interrumpí.- Órganos, ya sabe…-

La monjita me fulminó con la mirada para increparme:

-¡Qué sea el último comentario sucio señor Shuller!-

Harry, no puedes con tu genio, bien y qué más te dijo la monja.

Harry sonrió con malicia y continuó:

-La monjita se puso seria y continuó  el relato con solemnidad-

- y esa noche, pues estaban haciendo el amor a la orilla del mar. Los lugareños los habían seguido, y junto con ellos un sacerdote que había llegado de la ciudad de Tumbes para sorprenderlos infraganti y echarlos a las garras del oprobio popular. Y así fue, todos emergieron en la oscuridad como si fueran fantasmas de la nada y los sorprendieron desnudos, amándose, consumando lo que ambos tenían prohibido.-

Harry se volvió y me dijo:

-Mira amigo, cuando la monja me contaba esto, debe haber tenido las bragas húmedas, para mi fue difícil contenerme de decir cosas, la historia es muy romántica, pero la monjita era graciosa, la verdad, muy bonita, y hice esfuerzos para no decir lo que pensaba.-

-¿Y qué pensabas?- le pregunté

Harry me dijo:- Pensaba que el famoso padre Pelito quería que le toquen la flauta.-

-No seas malo ¿eso le dijiste a la monja?- inquirí

-Nada que ver compadre.- me quedé  callado

-Bueno. Sigue.- invité a Harry para que continuara con el relato.

-Entonces le pregunté a la monja interrumpiéndola excitado con el relato:

¿Y qué hizo toda esa gente?-

La monjita quedó pensativa, con aire críptico y voz de ultratumba, respondió:

-Allí fue cuando todo se destruyó, ese fue el día que empezarían las peores desgracias y tragedias para ellos y el pueblo.

-La verdad, era muy interesante aquel relato, yo estaba impresionado, me limité a guardar silencio.- me dijo Harry- La monjita prosiguió.

-ella fue llevada casi a rastras ante su riguroso padre quien de inmediato la apartó de la familia y la envió a una chacra que tenía en la sierra de Máncora, un lugar hermoso donde había aguas termales y verdor por doquier, y ella quedó prácticamente confinada en la casa.

--¿Y el curita?- inquirí inundado en la curiosidad.

-Fue muy triste- suspiró la monjita. A él primero lo mandaron al Seminario de Santo Toribio de Mogrovejo donde prácticamente estuvo recluido, luego lo metieron a un convento en Lima también, no sé exactamente a cuál, lo único que sé que él, dudó en abandonar el sacerdocio, y eso fue su peor error. Ante sus propias dudas, destruyó su propio corazón y enterró sus deseos en la soledad. Se auto recluyó y quedó inmerso en una especie de trance, en pocas palabras, lo que supimos era que dejo de hablar. Pasado un tiempo llegó a nuestros oídos que se había vuelto loco ¡Había perdido el juicio!,- exclamó la monjita-  el padre Pelito se hallaba encerrado en una celda del convento tocando la flauta dulce y mirando perdido por la ventanilla de la celda que le asignaron, es posible que en su mente sólo estuvo la imagen de Mar, y que perdió la razón por amor antes que desapareciera.

-¿Cómo? ¿Pelito desapareció?- Sí  él desapareció, el misterio puede ser que esté aquí.- la monjita levantó la caja.

-¿Y ella?- inquirí invadido de curiosidad

-Ella. Dios mío, es la parte más triste de la historia.- Musitó la monja.

-¿Qué pasó con ella?- pregunté  levantándome de donde me hallaba sentado

-Ella… ella...- no precisó que pasó

-Entonces la curiosidad me empezó  a matar, disparé la pregunta:-

-¿Qué paso?-

-Imagino… la soledad. Tras encerrarse en la casa de la chacra de la familia, y ser despreciada por su riguroso y estricto padre, e incluso sus hermanos, familiares y el pueblo entero, nadie la fue  a ver por un largo tiempo. No se sabe qué fue lo que paso. Nunca se hallara explicación: una verde enredadera fue cubriendo la casa  poco a poco. Como si fuera un cáncer vegetal, como un animal desconocido que la iba atrapando. Los peones de la chacra la proveían de alimentación por una rejilla, ya nadie hablaba con ella. Lo único que escuchaban era su dulce y armonioso canto que escapa por las ventanas que poco a poco fueron cubriéndose de verde, donde crecía la enredadera cuyo tallo estaba provisto por largas espinas. Los peones y campesinos se mantenían a distancia y se limitaban a lanzar la comida por el último agujero que se podía divisar entre las tupidas hoja de la espinosa enredadera. De pronto, un día, la enredadera cubrió toda la casa y la voz de la mujer se hizo más intensa, más sublime, más fuerte, y ellos, se asustaron dentro de su propia ignorancia, y atribuyeron el fenómeno de la enredadera y la fuerza de su voz a un designio diabólico: todos sabían de su aventura con el cura. Mientras tanto, el padre Pelito, tocaba y tocaba la flauta dulce. De un momento a otro, el padre Pelito, solicitó con tres palabras una dispensa y luego, prácticamente mediante señas y escribiendo una carta, colgó los hábitos y salió a la calle: delgado, enjuto, ojeroso con la flauta en mano empezó a caminar como si fuera un demente. La verdad aseguraron que en realidad estaba demente.

-Y qué te dijo la monja de la mujer, ¿Qué pasó con ella?- le pregunté a Harry.

-Calma compadre.- me dijo – La monja no paraba de contarme la historia:

-El padre Pelito caminó y caminó  día tras día con dirección al norte. Marchaba al borde de la carretera y dormía en cualquier sitio, se alimentaba con desperdicios, y sus vestiduras se volvieron jirones, su piel se marchitó: era un loco más de carretera, pero era un loco que caminaba tocando la flauta dulce. Los camioneros, y la gente que transitba por las carreteras lo empezó a ver, siempre caminando, y no tardaron los pobladores de los pueblos del norte en escuchar la historia del cura que se había vuelto loco, que caminaba perdido y deambulando en la calle tocando maravillosas melodías en su flauta dulce. Pues le diré algo, nunca dejaba de tocar. A veces llegaba a las estaciones de servicio, con ese aspecto de desquiciado, sucio, maloliente, con la piel percudida y esos impresionantes ojos que emergían entre la mugre acumulada en su rostro, esgrimía la flauta dulce y cautivaba a los clientes sin que ellos esperasen tal concierto, entonces, le obsequiaban comida y bebidas al pobre padre Pelito, y él, se arrodillaba y engullía la comida con el frenesí que comen los enfermos mentales hambrientos y escapados de un manicomio.-

-La madrecita hizo una pausa y exclamó:--

-No me pregunté ahora nada por ella porque se lo voy a contar todo. Una noche, de estrellas inmensas y con la luna llena, tan brillante que parecía un amanecer interminable, Mar dejó de cantar. Su voz se apagó como si la radio cantarina agotara sus baterías, y esa misma noche, la enredadera pareció haber crecido con mayor fortaleza porque cubrió totalmente la casa. Pasados unos días, el estricto y riguroso padre, el pescador que confinó a la pobre Mar, a su propia hija al encierro injusto, él, que la lanzó a las siniestras garras del oprobio, se acordó de ella, y se le ocurrió dar una vuelta por su chacra para ver cómo se encontraba. Al llegar, atónito, descubrió ante sus ojos que en vez de casa lo que había era un inmenso matorral que había formado la enredadera cubriendo la pequeña casa, y que era casi imposible entrar allí por las afiladas espinas que defendían sus troncos y no permitían que nadie se acercara. El padre,  vociferó maldiciones, y, encolerizado increpó a los estúpidos peones ordenándoles cortar las ramas. Preguntó por lo qué había sucedido, y ellos, con expresiones de inocencia ignorante y atemorizada, narraron al padre lo acontecido. Le explicaron que ella cantaba y cantaba y que desde las nubes una melodía indescifrable llegaba hasta la chacra y ella cada día cantaba más; sin embargo un día ella calló y no se le escuchó más.-Rompan esa enredadera, córtenla toda.- bramó el padre.

-Los peones, con guadañas, serruchos y machetes se lanzaron a la ardua tarea de cortar la terrible enredadera, los troncos eran de una dureza jamás vista, y cuando los lograban cortar, sangraba una sabia roja carmín que se parecía a la sangre de grado, expelía un olor extraño a jazmín mezclado con el aroma de las rosas. Cortar una planta tan ponzoñosa en apariencia que sangrara aromas tan deliciosos, confundieron totalmente a los presentes. Algunos peones se arrodillaban a rezar, otros empezaron a colectar la sabia de aquella planta, y el padre, estúpido y estupefacto, quedó inmóvil como si fuera una estatua. Finalmente cortaron las últimas ramas que cubrían la puerta principal, y el padre con una comba en mano destrozó la puerta irrumpiendo en el interior donde él mismo había confinado a su hija. Todo se hallaba ordenado, no había signo de evento inusual, el aroma en el interior era el mismo que despedía la sabia de la enredadera, y la frescura se asemejaba a la que echan los aparatos de aire acondicionado en las oficinas de los cardenales en Lima.-

¿Y la mujer?- pregunté a Harry

-Eso mismo pregunté a la monja de inmediato- me dijo- ¿Y Mar?-

-La monja suspiro, sus ojos se llenaron de lágrimas y casi susurrando me dijo:- estaba muerta. Se encontraba sentada en un sillón, muerta. La corrupción ni la podredumbre tuvieron la valentía de atacarla. Dicen que estaba simplemente marchita, como si fuera una flor que fue extraída del tallo y depositada sobre una mesa. Se hallaba seca, con los ojos cerrados y con una tenue sonrisa que quedó grabada en su marchito rostro. El padre rompió a llorar y salió despavorido de la casa para perderse en los cultivos de maíz, lo encontraron unos días más tarde metido en una canaleta de riego, semidesnudo y totalmente aturdido y en estado de shock. Lo tuvieron que internar en una clínica para estabilizarlo, estuvo a punto de morir. Ella fue enterrada en el silencio de una tarde, en el austero cementerio de Máncora con un cortejo fúnebre escaso al que acudimos todas las religiosas del convento y algunos parroquianos modestos y piadosos que la conocían.

Nada supimos del padre Pelito, de vez en cuando llegaban las noticias que se encontraba caminando por la carretera, en una marcha de orate que no dejaba de tocar su flauta dulce.-

-La madrecita  hizo una pausa, se sumió en sus cavilaciones y le pregunté: ¿Y esa es toda la historia?

-¡Qué va!- musitó- La verdad lo más extraño llegó después. Un buen día, cuando el incidente empezaba a filtrase en la amnesia popular, cuando la gente ya había dejado de hablar de extraño caso, por la bajada de la carretera Panamericana, hizo aparición el padre Pelito como si fuera un soldado que retornaba de una guerra imposible: estaba descalzo, su ropa vuelta jirones, sucia y percudía con la justa cubría sus partes, se encontraba flaco, sucio y apestoso, desnutrido, y los ojos resaltaban en sus órbitas con la mirada que posee la locura. Bajó tocando la flauta dulce y todos los habitantes del pueblo fueron saliendo de sus casas para ver aquel espectáculo intrigante, para ver al que fue el apuesto párroco sumergido en el mar del desquicio. Esa tarde, tras ser observado por el pueblo entero, Pelito desapareció junto con su suave melodía. Todos retornaron a sus hogares y presumieron que Pelito estaría durmiendo en la playa. Nadie se atrevió a hablarle, tan sólo le entregaron algo de pescado frito y le dieron de beber. No hubo tiempo para pensamientos, porque los acontecimientos inexplicables empañan la razón general. Esa noche de bruma, las estrellas brillaban lejanas y ocultas tras el velo del cielo, y Pilatos Muñoz, se dirigió al cementerio donde su amada Mar dormía marchita el sueño eterno y reparador para el alma: está con Dios.

Harry me miró y ya no le dije nada, esperaba que termine la increíble historia que me relató aquel día.

-Bien compadre.- me dijo.- Aquí  va acabando lo que te cuento.

La monjita, se enjugó las lágrimas con un pañuelito que tenía escondido bajo el hábito y con una mueca de consternación exclamó:

-El final de la historia está en esta caja.-

-Levantó la caja y mientras que la abría siguió su relato:

-El padre Pelito caminó entre las tumbas como si fuera un autómata, con la flauta en mano, la dejo caer arrodillándose frente a la tumba de su amada. Con la misma flauta que tocaba aquellas maravillosas melodías empezó a cavar hasta que la rompió toda, continuó cavando con sus manos, sus uñas fueron arrancadas por la tierra y las piedras que rodeaban el agujero donde habían depositado el ataúd, con las manos sangrantes y la tierra adherida a ellas, forzó la tapa, abrió el ataúd y extrajo el hueso fémur de Mar, cerró la tapa, y cerró nuevamente la tumba. Luego de alguna manera se las ingenió para convertir aquel fémur en una flauta y, salió caminando hasta llegar a la playa. Permaneció toda la noche tocando las mismas melodías que ella cantaba con el fémur de su amada, y, cuando el sol emergía tras las colinas que se encuentran atrás del pueblo, mientras que tocaba, se fue introduciendo en el mar, despacio, lentamente, desnudo, sucio y con aquel incongruente aspecto. Nosotras, absolutamente trémulas, observamos al padre Pelito desaparecer entre las olas del mar. Quisimos alertar a los trabajadores del convento, gritamos asustadas, desesperadas, pero era inútil, Pelito desapareció en el mar. Lo buscaron, llegaron buzos, vinieron representantes de la iglesia, el padre de ella, con el peso del error de la intolerancia en la consciencia, también envió a sus más diestros pescadores para tratar de hallar el cuerpo de Pelito, y nunca, nunca más apareció.-

La monjita abrió la caja, y en su interior se encontraba el fémur de Mar.

-El fémur apareció un mes después en la orilla del mar justo frente al convento aquí en Punta Ballenas. Decidimos guardarlo y lo pusimos en esta caja para enterrarlo y no hacer más alboroto con la historia.-

La monjita se sumió en el silencio

-¿Para qué lo quiere ahora? Inquirí

-¿Es importante saberlo?- repuso

-Me da curiosidad. Venir a media noche para buscar esta caja, con tanto misterio, y embarrarse el hábito, actuar como…. No sé madrecita, ¿Para qué lo quiere?-

-Ese no es su problema.- rezongó.- Existe una razón que me ha hecho buscar el fémur de Mar, y esa razón, quedará sepultada al igual que ella está sepultada en la tierra, y él, junto con todo el amor que se profesaron, en lo más profundo del océano.-

-La monjita, cerró la caja, se levantó sacudiendo la sotana y desapareció en la oscuridad de la noche.-

¿Y? –pregunté a Harry

-Nada, al día siguiente averigüé si la habían visto tomando el colectivo o el bus y lo más extraño de todo es que jamás nadie vio a la monjita. Quizá fue un fantasma de mi propia imaginación, pero lo que sí te puedo decir es que esa noche, quedé dormido, y mientras que el sueño me engullía, escuchaba la melodía de una flauta. Nunca sabre si fue un sueño o si fue verdad.

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Tags: cuentos

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