NO ES FÁCIL CONTAR ALGUNAS HISTORIAS
-No es fácil contar algunas historias, la complicación empieza cuando uno tiene que referirse al origen de la
misma historia, el relato, o la narración que se quiera hacer. No quiero enfrascarme en una de las tantas disquisiciones filosóficas que terminan en una pesadilla dialéctica que terminará aburriéndote. Si eres joven no vaciles en filosofar, y de viejo no te canses de filosofar, porque nadie es demasiado joven ni demasiado viejo para cuidar el alma, esto último es el parafraseo que le hago a Epicuro cuyo nombre tiene cierta analogía con el de Epiterco, el personaje en el cual te interesas, quien, no fue un filósofo, tampoco un pensador, sencillamente fue un pelotudo de campeonato que nunca calculo sus pasos ni sus relaciones con el resto de las personas que cruzaban sus caminos de azar, él jamás cuidó de su desdichada alma y cuando decidió hacerlo, fue tarde, entonces te contaré la historia de marras, y, no quiero que al final me hagas ni una sola pregunta.- le decía a Pluto ya sin muchas ganas de entrar en detalles escabrosos acerca de lo que él quería que le cuente. Pluto me escuchaba atento a pesar de la música estridente que inundaba el local donde nos encontramos para tomar aquella inolvidable cerveza, y, su atención, dada su profesión y ritmo de vida, era una demostración total de interés, y captar el interés de una persona como Pluto, es prácticamente imposible.
El perfil psicológico de las personas como él, suelen generalmente tener los mismos parámetros de comportamiento: 1.- Dificultad en centrar la atención 2.- Problemas de concentración 3.- Disfunción de pensamiento 4.- Egocentrismo 5.- Amor a las putas 6.- Deseo básico de ostentación, entre otros problemas que se concentran en los más profundo y superficial de su extraña psiquis de narcotraficante. -Mira Pluto, no quieras saberlo todo porque es muy largo y pesado, es más, hacer toda una historia del tema sería un nunca acabar, y sobre todo, no tengo deseos de hacer grandes exposiciones. Como te he dicho inicialmente, no quiero dar ideas que apunten a declarar nuevos conceptos filosóficos acerca de la verdad en el pensamiento errático de un criminal, del juicio y el desquicio, de la ética y de la vulgaridad, y, de la inmoralidad escudada en la moral, para esto ya han pasado varios cientos de miles de estudiantes de filosofía en distintas universidades del mundo, todos ellos han querido estudiar, analizar, emular, imitar, evocar, masturbarse, lo que quieras, todo a costa de los grandes pensadores y filósofos de la historia universal. Esos estudiantes que tratan de hacer un estudio y análisis de absolutamente todo, y que preguntan todo, honestamente me enervan.- -Está bien, entonces quiero saberlo todo.- interrumpió Pluto. Ignoré su impertinencia e interrupción para encender el motor que accionaría el mecanismo fisiológico cerebral que me haría recordar, hilvanar y escupirle la historia en la misma cara. -Epiterco llegó a esa paupérrima prisión un día de julio, en la tarde; esposado junto a otros más, hacía un frío polar el cual se magnificaba con la húmeda, deteriorada y antigua infraestructura carcelaria. Epiterco había cometido un grave error, y ese grave error consistía en la vinculación voluntaria con personas peligrosas, y eso ya era malo, los obtusos policías, de inmediato lo catalogaron como participe de una asociación criminal en la cual él no tenía absolutamente nada que ver. Lo único que lo unía a ellos era el interés morboso de lo prohibido, y conocer hechos que nunca debería haber conocido, lo cierto es que jamás lucró con su posición de amigo de la mafia. Epiterco, era alto, de piernas delgadas, mirada taciturna, cabello recortado prolijamente corto, y siempre estaba de buen ánimo y sonriente; tenía virtudes y defectos, como cualquiera de nosotros, mejor dicho, como cualquier humano. No era un virtuoso de nada, porque básicamente su vida había transcurrido entre los amigos necios, y una dinámica de vida parecida a la tuya Pluto, o sea, una mierda. Epiterco cayó preso y aterrizo aterrorizado en el penal que te menciono. Allí, ingresó a un pabellón de recién llegados donde supuestamente lo clasificarían, nada de eso pasó, lo lanzaron como una mierda, o sea como hacían con todos, a un pabellón común donde de inmediato le cobraron un cupo de entrada y el derecho de cama. Un ambiente paupérrimo y sucio, donde la ilógica extravasaba toda lógica coherente. Por ejemplo, en aquel agujero penitenciario, los grifos estaban rotos y el agua salía todo el tiempo sin detenerse, desperdiciando el líquido fundamental para la vida, mientras, en otros lugares del país, la Argentina, la gente carecía de agua potable para su propia subsistencia. Otra de las incoherencias estaba en el tratamiento: no lo había, o la comida, no alcanzaba para alimentar ni siquiera a un perro. Pasadas unas semanas de vivir entre cucarachas, la mugre, la precariedad y toda una colección de personajes aviesos con los que compartía su existencia, inmerso en la profunda angustia, la incertidumbre y atrapado en los engranajes de un sistema perverso, lento y absurdo, llegó el primer problema: Un sujeto totalmente fuera de sí, con rasgos antropológicos que lo acercaban al eslabón perdido, probablemente bajo los efectos de algún tipo de ansiolítico mezclado con otras sustancias psicotrópicas, decidió hostigarlo y perseguirlo.
Una noche en la que Epiterco se levantó para ir al baño, al momento que ingresaba en los servicios sorteando los charcos de micciones y aguas fétidas, se encontró con el personaje quien fuera de sí lo increpó sin razón alguna, conminándolo a limpiar los inodoros, a lo que naturalmente Epiterco se negó, la negativa despertó en el individuo su inherente sed bestial de violencia, entonces, corrió a buscar un pedazo de metal convertido en arma blanca para salir a su encuentro. El sujeto blandía el arma frente a Epiterco y lo amenazaba de muerte: -Te voy a matar hijo de mil putas- rugía inmerso en su propia narcotización Epiterco dio un salto y tomando un palo de escoba se defendió como pudo mientras el sujeto saltaba dándole vueltas con el cuchillo en mano, la danza de esa especie de lucha a muerte duró unos cuantos minutos hasta que de pronto, uno de los reclusos del mismo pabellón salió intempestivamente de su celda y se abalanzó sobre el atacante desarmándolo y lanzándolo al piso, una vez desarmado le propinó unos cuantos puntapiés en la cabeza. Epiterco quedó profundamente agradecido y el atacante superficialmente golpeado. Los siguientes días fueron más tranquilos y Epiterco trabó amistad con su salvador, un individuo llamado Gerardo quien se hallaba cumpliendo una condena por asalto a mano armada e intento de homicidio. Pasados unos meses, Epiterco y Gerardo desarrollaron una cercana amistad, comían juntos, jugaban al ajedrez, o sencillamente se enfrascaban en largas e interesantes charlas que abrieron la mente de Epiterco, y le hicieron despertar a la realidad del mundo: -el mundo y su gente, por más que se hable de bondad y humanización, es y será siempre un agujero de crueldad e injusticia. Epiterco mediante una obligatoria catarsis se dio cuenta que su vida andaba algo distorsionada, y el afán de andar cerca de personas inmersas en el crimen le traería siempre problemas. La amistad prosperó, encontrando ambos muchos aspectos en común, lo cual los unió aún más. El tiempo amigo enemigo de los prisioneros dicto su paso inexorable y finalmente, primero salió en libertad Gerardo, y luego, fue liberado Epiterco. Recuperada la libertad, Epiterco sintió una alegría inefable, emergió a la calle como si hubiera vuelto a nacer, se sintió expulsado del mismo infierno, aquel día el sol acarició sus mejillas como jamás lo había sentido, y en realidad, hasta el mínimo detalle que se erguía frente a él tenía un sentido diferente: los árboles, sus hojas murmurando con el viento, la simpleza de la vida era lo más grande que ahora conocía, el tráfago de los transeúntes, los niños correteando, todo era más hermoso, y lo podía sentir. Se reunió con su familia y su mujer regresando a su trabajo habitual, maldiciendo a los jueces, a los abogados y al servicio penitenciario, jurando jamás volver a ver a nadie que perteneciera a aquel mundo perverso y sucio: -en donde apretemos hallaremos pus, eso es el sistema.- Gerardo Borgia, por su parte salió disparado a la calle con indiferencia a todo y a todos. Gerardo era un huésped que concurría al penal asiduamente, cada dos años a lo mucho, debía regresar por alguna nueva causa, o alguna otra que aún no había cerrado. Todas sus expectativas de vida, de contemplación de las cosas simples, de la armonía, del entendimiento y de respeto al prójimo, habían naufragado en la cruel realidad que le había impuesto su existencia, y la cárcel, allí, en ese establo de cerdos que vigilaban personas, se encargaron de destruir lo último de su esperanza en la mejora, quebraron rotundamente sus ánimos de superación, fue humillado y privado del derecho a su propia dignidad, y ese paso lento de destrucción personalizada, pudo más que el tratamiento individualizado que postulaba la ley falsa y mentirosa que estaba escrita en los ordenamientos legales, esos ordenamientos con los que se limpiaban el culo los esbirros del aparato judicial: jueces y toda la estúpida familia judicial. Gerardo Borgia tenía una sola misión en el mundo: robar, y a cualquier precio. El era un enemigo de la sociedad y la sociedad opulenta y burguesa era su mayor enemiga. La guerra había sido declarada años atrás, y como en toda guerra, no había piedad ni compasión por sus enemigos. Sus compañeros de armas, habían ido cayendo poco a poco abatidos por las balas de la policía, en cada atraco, en cada asalto a un banco, siempre hubo alguna confrontación, y como en toda batalla, hubo víctimas. Gerardo Borgia sobrevivió y su mundo, el hampa, lo esperaba siempre con los brazos abiertos. Existían ciertos códigos, principios que se borraban muchas veces cuando el dinero estaba en juego, y Gerardo lo sabía, tras un asalto, luego de disparar y apoderarse del dinero, cualquiera de sus cómplices podría darse vuelta, escoger la no lealtad, y, matarlo por dinero, así de simple, aunque lo digamos así, pero no era así de simple. Gerardo Borgia no robaba por robar, él, a pesar de su pesimismo, era obstinado y seguía una pauta precisa; a primera vista podríamos decir que Gerardo era un asaltante más, pero no, él cuando robaba y asaltaba a mano armada un banco, lo escogía, se aplicaba en seleccionar un grupo objetivo de ricos, su lema era robarle a los ricos y compartir las ganancias con los pobres que trabajaban con él. Sin embargo eso no era todo, Gerardo tras toda la experiencia que había acumulado en años de fechorías, idealizaba un grupo de trabajo, diáfano, limpio en sentimientos, si ánimos retorcidos de hacer daño, y en su idea quijotesca de Robin Hood, esperaba armar la banda perfecta que robara con el corazón sereno, la sangre fría, y sin ánimo de enriquecimiento personal, más bien su idea colisionaba con la idea de muchos colegas de profesión que destinaban sus ganancias al placer hedónico, a la satisfacción de sus expectativas burguesas cultivadas en el medio consumista y materialista. Gerardo, creía que podría construir comedores populares donde los pobres y faltos de oportunidades serían aleccionados en una lucha contra la exclusión haciendo tomar consciencia a la gente que el camino no estaba en la sumisión. La realidad es otra, esa realidad traspasa los sueños delirantes de los ladrones idealistas, de los ladrones buenos, de los sicarios con buena fe, de los estafadores discretos y medidos, la puta realidad mi querido Pluto es una sola: cuando las personas, quienes quieran que sean se ven atrapadas, se terminarán destruyendo mutuamente, y los buenos e idealistas encuentran su existencia únicamente en las páginas de libros de ficción mientras Epiterco se esforzó en mejorar su vida, y no tener una vida como la tuya Pluto, Gerardo se esforzó en sofisticar sus técnicas de atraco. Fue un día 12 de febrero, caluroso y agobiante, en el cual, Epiterco y Gerardo tomaron dos caminos diferentes en la misma ciudad. Epiterco desde que salió del penal nunca trató de comunicarse con nadie que perteneciera a ese mundo, y sólo llevaba el buen recuerdo de Gerardo Borgia, en esos días, estaba desarrollando un proyecto muy interesante para llevar a cabo un evento cultural, había invertido todo su tiempo y su desagradable experiencia en la miserable cárcel porteña en proyectar valores sociales diferentes, preparaba la organización de un evento de teatro callejero que representaría las distintas alteraciones y desventuras sociales que ocurrían en Buenos Aires, todas ellas, según Epiterco, producto de las injusticias y el desbalance económico social que tenía atrapados a muchos ciudadanos. Se hallaba pleno, vigoroso y con ganas de sacar adelante su proyecto. Gerardo, en cambio, por su parte, había conseguido un par de pistolas calibre nueve milímetros que compró en el mercado negro, ambas provistas de silenciadores. Por otra parte, contaba con un par de cómplices que conocían muy bien los sistemas de seguridad y alarmas en los bancos, especialmente uno de ellos, podía desactivar sistemas de alarma de forma inmediata, la experiencia del trabajo en agencias de seguridad lo habían vuelto un experto en la materia. Los silenciadores tenían una función certera y efectiva: disparar a las ventanillas interiores del banco destruyéndolas, para así, aterrorizar a los presentes con el efecto devastador de las balas y al mismo tiempo, el silencio de la detonación cubierta por el largo silenciador que iba enroscado en cada cañón de las pistolas, detonación que no sería escuchada fuera: los tres entraron al banco, Gerardo llevaba una vieja pistola calibre veintidós , y sus dos cómplices portaban las dos nueve milímetros. -¡Qué nadie se mueva!- vociferó Gerardo Acto seguido, sus dos colegas de trabajo saltaron sobre los dispensadores del banco para apuntar a los clientes, una vez reducidos todos, tendidos en el piso cubriéndose la cabeza, uno de ellos, el experto desconectó de inmediato el sistema de alarma, el otro dio un saltó de felino posicionándose frente a una de las puertas precedida de una gran mampara de cristal, de inmediato hizo lo planeado: levanto el arma y se escucho el sonido característico de un pedo que escapa del ano ajustado, soez comparación a una sorda detonación seca y contundente que esconde el silenciador la cual encubrió la explosión que disparó el proyectil a la mampara, ésta se hizo añicos y cayó regada en mil pedazos por el suelo. Los clientes tendidos en el suelo, se estremecieron en conjunto apretando las manos sobre e sus cabezas. La vida, repleta de misterios y caminos indescifrables, puso a Epiterco entre los clientes: justo ese día había ido al banco a retirar el cheque que le había entregado uno de los auspiciadores de su evento con el cual empezaría a formar su proyecto teatral; lo que nunca pensó, fue, que los entretelones de la vida, y su paso por las bambalinas del destino, lo pusieran nuevamente cerca de Gerardo, quien le salvó una vez la vida, esta vez, en una escena diferente, quizá no tan teatral ni larga, se trataba de una representación de teatro fugaz, como la del clavadista que salta desde un arrecife y su acto es rápido, preciso y certero. El asalto al banco tenía que ejecutarse según las órdenes de Gerardo de la misma forma que el clavadista ejecuta su acto: un poco de movimientos teatrales en la parte alta, llamar la atención del público, motivar el silencio sepulcral y expectante, tensión, un ligero y grácil movimiento de manos, de brazos, una imperceptible flexión de rodillas y el salto al vació anudaría las vísceras de los presentes que quedarían inmóviles hasta que el clavadista rompiera la superficie del agua en el fondo rocoso y marítimo donde desaparecería ante la mirada impresionada de su público, todos, absolutamente todos quedarían esperando que el clavadista emerja nuevamente a la superficie para exclamar en unísono su admiración con el mugido común propio de las agrupaciones humanas. De igual forma, y para que me entiendas Pluto, Gerardo ejecutó su plan el cual se desarrollaba a la perfección. Mientras que Gerardo y sus secuaces iban llenando las alforjas de dinero, intercambiaban palabras, ideas, interjecciones, aforismos típicos del hampa, uno que otro: ¡que nadie se mueva! ¡Aquí morirá alguien que levante la cabeza! En pocas palabras, los clientes, como se diría vulgarmente: se cagaban de miedo.
Epiterco, tendido en el piso, se vio obligado a recordar su paso por la cárcel y en el griterío, el silencio, y el intercambio de palabras de los asaltantes, creyó reconocer una voz. No estaba seguro. Los asaltantes continuaron llenando alforjas y conminando a todos a guardar silencio, en uno de esos momentos que no escapaba ni un respiro y sólo era perceptible la tensión en aquella atmósfera preñada de terror, Epiterco alcanzó a escuchar un aforismo que ya conocía: -Nos lo deben todo- silencio. Sólo se escuchaban respiraciones agitadas y nuevamente el aforismo -Nos lo deben todo. Que nadie levante la cabeza porque el primero que nos vea a la cara será hombre muerto.- La persona que estaba al lado de Epiterco temblaba como una paloma moribunda, los demás se ahogaban en sus nerviosas respiraciones, lo que en realidad transcurría eran segundos, minutos que para todos los que se encontraban tendidos en el suelo representaban siglos. Epiterco no tuvo duda alguna, quien estaba asaltando el banco era definitivamente su amigo Gerardo Borgia. En fracción de segundos pensó en todo lo que había vivido con él, lo bueno que había sido ayudándolo, protegiéndolo en aquella cárcel asquerosa. Recordó nítidamente el momento en que Gerardo le había salvado la vida. Sin pensar en nada más que en la trasparente amistad que Gerardo compartió con él durante su estancia en la miserable prisión, en su gran corazón, y en su buena voluntad, Epiterco se levantó de golpe ante la sorpresa de los tres asaltantes: de inmediato los dos colegas de Gerardo saltaron apuntándole dispuestos a matarlo, pero Epiterco se volvió dándoles la espalda mientras buscaba la mirada de Gerardo, en esos instantes, segundos, los dos asaltantes armados con las pistolas del nueve, dieron un paso adelante listos para apretar el gatillo y descerrajarle un tiro en la espalda; sin embargo eso no sucedió, ambos recordaron las charlas de Gerardo en las cuales siempre les advertía que no había que matar a nadie, menos aún por la espalda. Entonces ambos buscaron con la mirada al jefe mientras seguían apuntando a Epiterco quien se volvió sonriente para mostrarse a su amigo Gerardo. La situación se complicaba para Gerardo, por un lado tenía a todos los clientes y trabajadores del banco tirados en el piso, por el otro lado sus cómplices cargando varios cientos de miles de dólares que habían robado mientras apuntaban a Epiterco en la espalda, ambos se mostraban desconcertados pues advirtieron la expresión de sorpresa de Gerardo Borgia. -Hola- alcanzó a decir tímidamente Epiterco saludando a su amigo. El ambiente se cargó aún más, y no sabían que hacer. Gerardo había sido descubierto, y básicamente, desde que salió de la prisión, jamás volvió a saber de Epiterco. Epiterco estaba tranquilo porque Gerardo le había salvado la vida, y lo que quería Epiterco era que le concedieran la autorización de salir del banco con el dinero que ya había cobrado; en su pensamiento, la seguridad lo acompañaba y sobre todo, su salvador Gerardo Borgia estaba allí. Gerardo había sido su amigo, su profesor, su protector, su compañero, y aunque en ese instante se arrepintió de no haberlo buscado ni llamado, al mismo tiempo se sintió bien pues había evitado contacto con delincuentes que siempre le trajeron problemas. De un instante a otro un de los cómplices de Gerardo tomándolo por el cuello del saco lo arrastró hasta la parte trasera de los mostradores bancarios, el tiempo apremiaba, era hora de irse, y en cualquier momento la tranquilidad del banco alertaría a los pasantes, a las mismas personas que llamaban por teléfono, o a la central de monitoreo de seguridad. El hecho era que uno de ellos había sido reconocido, y eso no estaba en sus planes. Gerardo no tenía tiempo para explicar su relación con Epiterco, ni sus secuaces tiempo para escuchar explicaciones, menos aún había tiempo para explicarle a Epiterco que debía regresar a su posición, cerrar la boca y no haber visto nada, no obstante eso era imposible, Epiterco fue tan imbécil que se había levantado y con seguridad los demás rehenes ya se habían percatado de que él se levantó y saludó a uno de asaltantes como si lo conociera. Gerardo dudó, se acercó a Epiterco y le regaló una sonrisa, lo miro directo a los ojos, y vaciló, miró a sus cómplices y vio en sus ojos el reloj, en su mano tenía la veintidós y su dedo estaba en el gatillo, Epiterco era bueno, era su amigo, era un testigo en contra que lo reconocería. -Lo siento- musitó Gerardo con tono críptico conteniendo el llanto, entonces levanto su arma y disparó en la frente de Epiterco, éste, pudo verlo por última vez, tuvo tiempo en pensar en los buenos momentos, y luego, todo fue oscuridad. Gerardo salió corriendo del banco con los otros dos hampones, abordó el auto donde esperaba un cuarto hombre y todos escaparon. Una semana más tarde, la policía halló el auto del robo en un campo, escondido entre matorrales, y en él estaban los cuerpos ensangrentados y agujereados de los tres cómplices de Gerardo, de él, nunca más nadie supo nada. Epiterco yace en el cementerio de Recoleta, en un mausoleo que perteneció a su extinta familia, y en su epitafio escribieron: “Nunca podremos confiar en nada ni en nadie, sólo en la propia certeza que nos trae la muerte”
Ivo Luis Moran Albonico Gasparotto Una charla con uno de ellos, e imaginar…. Buenos Aires Junio en un año de mierda hasta hoy 2010
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Fotografía: "Flores de mi hogar" de Lily Cuadra

xdsofh dijo
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6 Diciembre 2010 | 01:46 PM