El doctor Bisbal. Un cuento de Ivo Morán
El doctor Bisbal
Solía veranear en la Palmas, la Playa de Asia, a 98 kilómetros al sur de Lima En aquellos años, en esa localidad no existía la moda, ni discotecas, menos aún supermercados, restaurantes, tiendas, y mucho menos, turbas de noveleros mezclados con dipsómanos y cocainómanos. Tampoco existía la clase mutante eterna, característica instaurada como fenómeno social de los estratos sociales del Perú. En aquel entonces, Las Palmas era un pequeño enclave de familias que pasaban el tiempo estival en la playa, y la mayoría de ellos provenía de las familias oligarcas en proceso de extinción que habían sobrevivido a la revolución del general Juan Velasco Alvarado. Nombrar las familias y sus apellidos de abolengo, los patriarcas del Club Nacional en la plaza San Martín, sería absurdo. Sin embargo, es destacable que en aquel entonces, el pequeño grupo de oligarcas empujados por la realidad del aparente cambio social que se daba en el Perú, escogieron aquella playa como el último bastión que los aglutinaba dándole un espacio exclusivo como era su propia usanza. La historia del club la conozco mejor que muchos de los veraneantes que van hoy en día a la playa Asia; playa convertida en un inmenso balneario que se ha edificado allí, y en donde, por obligación, justo cruzando la carretera, ha florecido por necesidad social, el clásico asentamiento humano como emblema de la miseria y la injusticia social que impera en el Perú. Se trata del paradigma de la informalidad y el servilismo, pues la mayoría de habitantes de aquel lugar, el asentamiento informal y carente de estética, están sin duda subyugados al poder económico que detentan los nuevos ricos y burgueses que han poblado la Playa con sus casitas de verano, de esa manera, han vuelto a imprimir la imborrable tendencia social que aún prevalece en el Perú desde la época de la colonia española del antiguo virreinato. Las reglas que rigen el orden de los distintos balnearios de los nuevos ricos, así como los que quieren serlo, o los arrimados, son realmente estúpidas y despreciables, empero, no deseo hacer una disquisición social, ni elaborar un cuadro de protesta y queja del mal que tiene atrapado a mi país, lo que deseo es contar una historia que me contó Oscar Bisbal.
¿Quién era Oscar Bisbal en aquel entonces? Eran tiempos de infancia, fantasías y sueños. No había videojuegos, ni Internet, mucho menos redes sociales que nos permitieran tener preconcepciones de los adolescentes que íbamos conociendo, y menos aún, podíamos saber exactamente los gustos y preferencias de los mismos hasta que invirtiéramos un tiempo determinado cultivando las interrelaciones. Oscar Bisbal era un veterinario, amigo de mis padres que se distinguía por su carisma, su personalidad grandilocuente, su verbo, una especial forma de ser, y especialmente, por la forma impecable que vestía: siempre de blanco, muy peinado, con un garbo propio de un verdadero chalán peruano, educación refinada e impregnado de mucha cultura y conocimientos, y sobre todo, recuerdo, me llamaba la atención, su tez trigueña brillante que contrastaba con su vestir inmaculado y blanco y los ricachones en decadencia, blancos de piel todos ellos. Las Palmas era una playa de blancos, y Oscar, era trigueño, un estilo de chalán impecable, o mestizo adoptado por los colonos, y aunque no perteneciera a la oligarquía decadente de ese entonces, se había hecho parte de ella como se pudo haber hecho el Inca Garcilaso de la Vega hijo hidalgo, o cualquiera de los mestizos que fueron amparados en los edictos del amigo Carlos V, el rey de España que murió hace un buen rato. Oscar Bisbal, nos acompañaba a mí y a mi amigo Carlos en las prolongadas cacerías de palomas en el valle de Asia, en Omas, y en toda esa zona donde solía caminar de lado a lado; andábamos kilómetros de kilómetros, disparando a las parvadas que surcaban el cielo para abatir a las que estuvieran a nuestro alcance. Nos arrastrábamos cientos de metros, con nuestras precarias escopetas de un solo tiro calibre doce, cartuchos recargados y comprimidos con papel periódico, para matar a las palomas desprevenidas posadas en los arbustos. En el camino, durante las esperas, el doctor Bisbal nos narraba historias increíbles, extraordinarias, a veces, muy fantásticas. Escuchar sus narraciones era una delicia para la imaginación y los sentidos, sus extravagantes historias capturaban nuestra imaginación y nuestra atención. Los días que no podíamos gozar de sus delirantes relatos, nos sentábamos recién entrada la noche, ya bañados con el agua salobre de los pozos, impregnados del fresco aroma a jabón y con el cielo teñido de naranja junto con la isla en plena inmersión en la oscuridad, como testigos de aquellos instantes inolvidables, en la terraza de Oscar Bisbal. Lo hacíamos justo antes que empiecen las reuniones de la gente mayor donde no faltaban nunca los piqueos, los tragos y las interminables conversaciones donde con seguridad él acaparaba la atención de los concurrentes. Oscar, era un pescador empedernido, y sí que lo era. En las mañanas, muchas veces nos despertábamos para darle el alcance, él solía salir en el amanecer con su cañoncito montado en un trineo que surcaba la arena y donde disparaba el espinel mar adentro para asegurar una pesca abundante. El doctor Bisbal, tendía el espinel a lo largo de la playa, colocaba el pistón dentro del cañón y lo disparaba percutando un cartucho calibre doce que disparaba aquel pistón tras las olas tendiendo el espinel, acto seguido, iba caminando por la playa mientras que enrollaba el artilugio de pesca y extraía decenas de peces que se batían por librarse del anzuelo que finalmente los había condenado a ser miembros de una fiesta en la sartén o la olla, volviéndolos pescados dignos de un buen menú. Salíamos caminando por la playa, y a lo lejos, divisábamos al inmaculado doctor Bisbal, con su infaltable camisa blanca, pantalón corto también blanco, y un sombrero propio de un chalán, el cual siempre llevaba puesto. El doctor Bisbal nos contó historias inconcebibles, recuerdo en particular la historia que según él, fue la génesis de su tesis de doctorado: versaba en el arte de cazar murciélagos gigantes con cara de perro, animales descomunales que pendían en los árboles de la selva y él abatía con flechas en miniatura; años después constaté que sí existían los mentados murciélagos gigantes y puede haber sido posible que él los cazara. También contaba historias de fantasmas y anécdotas personales que los situaban en encuentros con personajes del otro mundo, apariciones en las cuales él fue testigo directo; o la historia de su infancia en la cual su padre lo castigaba y azotaba con un cable de una plancha, decía que tras los azotes la piel se le hinchaba hasta reventar y sangrar, quizá también verdad.
Una tarde, Oscar Bisbal nos narró una peculiar historia:
Miren chicos- nos dijo – Hay una playa en San Antonio donde penan, las almas salen a caminar de noche y asustan a los pescadores, ahí ya nadie desea pescar, muchos han regresado en la mañana presa de la locura, del delirio y absolutamente enloquecidos por los espíritus errantes que bajan de los cerros.-
Nosotros reíamos entre dientes y no le dábamos crédito alguno. Aquella tarde que se ha perdido en el tiempo, advirtió que nos burlábamos con la párvula discreción que acostumbran a proyectar los infantes, entonces su expresión se tornó realmente seria y masculló
-Los voy a llevar allí-
Nosotros no nos opusimos, por el contrario, la perspectiva que nos llevara a aquel lugar del que hablaba resultó atractiva y aceptamos ir con él. Pedimos permiso en casa, y nos lo concedieron. Nos advirtió que si íbamos, tenía que ser en el día pues resultaba peligroso permanecer allí en la noche por lo que nos había narrado. Subimos a su auto Volkswagen utilitario color blanco, provisto de anchos neumáticos y preparado para pasar sobre la arena de los desiertos, y enrumbamos con dirección a la Playa San Antonio. En aquella época no existía la autopista, la carretera montaba en los cerros pasando por el pueblo de San Antonio, justo antes de la subida había una desvió de tierra donde encaminó el vehículo. Avanzamos un largo trecho hasta llegar a una antigua casa hacienda de aspecto fantasmal envuelta en un aire misterioso.
-Es la antigua casa hacienda - informó al darse cuenta que mirábamos de soslayo la casa, que por cierto, se hallaba en ruinas y habitada por campesinos; las gallinas revoloteaban alrededor. Pasamos de largo y llegamos hasta la costa, sobre la misma playa: no había arena, y la orilla era de piedras, el mar imponente formaba olas monstruosas que rugían al reventar, formaban largas series dignas de admiración, y esas descomunales olas invitaban a pensar en el surfing, deporte que solíamos practicar. Detuvo el auto y quedamos embelesados mirando aquellas gigantescas y violentas olas, llegando a la conclusión que intentar remontarlas con las tablas de surfing constituía un verdadero suicidio. El doctor Bisbal explicó que él pescaba róbalos durante las mañanas en esa parte del litoral, que eran inmensos, y que solía permanecer allí hasta la tarde ya que como nos había narrado, cuando la noche se apoderaba del día emergían los espíritus errantes y lanzaban piedras desde el cerro. Había algo en especial que quería mostrarnos y que era una gran sorpresa. Cuando nos decía esto, escondía una sonrisa sarcástica, una de esas sonrisas que ocultan la sorpresa inesperada. Nos apeamos del auto, y empezamos a caminar por la orilla, el olor a mar era intenso y el viento del Pacífico llegaba trayendo el roció de la explosión de las olas contra la orilla, las gaviotas sobrevolaban el mar, y a lo lejos, los piqueros anunciaban la riqueza y los cardúmenes de peces tras las olas, las aves se clavaban desde lo alto emergiendo nuevamente con peces en el pico. Tras unos minutos de caminata, nos fuimos acercando hasta los cerros que bañaban sus faldas en la orilla y se esparcían caprichosamente en la costa. Divisé una serie de grutas, y en ellas, tintes azulados y oscuros que podrían ser un gran atractivo para los espeleólogos quienes con seguridad jamás habían escuchado de ese lugar. En un momento, subimos por un sendero de pescadores que corría paralelo a las grutas y seguimos caminando.
-¡Alto!- ordenó Bisbal de un momento a otro con tono militar
Echó un vistazo hacia el cerro y señaló un senderito que lo remontaba en cuya base había otra inmensa gruta, entonces subimos, y con poca dificultad alcanzamos la parte alta: allí, observé una especie de acumulación de tierra y a unos metros, sobre una piedra con forma de asiento, atónitos, mudos, descubrimos a un hombre sentado; el sujeto, vestía un traje verde descolorido por la brisa marina, unas viejas zapatillas y se encontraba mirando directamente el mar; eso no fue todo, lo estrafalario del asunto era que el hombre de marras estaba muerto, sí, así como lo digo, totalmente muerto. Se traba de un cadáver, en realidad un esqueleto con la piel pegada a los huesos, con el cabello aún adherido al cuero cabelludo, y con las manos sobre su regazo, impertérrito, sosegado observando el Pacífico desde su propia eternidad. En las órbitas craneanas, donde un día existieron los globos oculares, se apreciaba una especie de piel seca, como si fueran ojos oscuros reclamando presencia. Tras de él, se erguía imponente la gruta en cuya bóveda se podían divisar murciélagos que pendían del techo, las piedras en el interior estaban dotadas de diversos colores en tonalidades azules y moradas. A los pies del sujeto había un montón de velas consumidas. En frente se extendía el mar imponente, rugía, y cada vez que las olas rompían con estrépito contra la orilla, al retirarse, arrastraban las piedras emitiendo un ruido aterradoramente natural. El poder de la naturaleza hacía acto de presencia volviéndonos minúsculos ante aquella grandeza, ante aquella espectacularidad combinada con el mismo espectáculo de la vida, el acto efímero de la existencia en el universo infinito e inagotable, se manifestaba ahí mismo confundiendo nuestras cortas experiencias. La visión era críptica, digna de una película de terror. Relatar esta historia se acerca a la ficción, y así pueda jurarlo por medio de este relato, y la fantasía que este oficio impone desplegar, hace indefectiblemente inverosímil la historia, sin embargo, es la purísima verdad. Bisbal quedó inmerso en su propio silencio, situación que no era usual en él; se divertía con nuestras expresiones de asombro, con el rictus que se apoderó de nuestras bocas abiertas, y por la envergadura que adquirieron nuestros ojos en la dilatación producto de la mezcla de pavor, incredulidad y asombro.
-Vieron, yo nunca miento.- informó con una sonrisa burlesca y un tono afectado de profunda seriedad.
No había explicaciones, Bisbal nos miraba desde su distancia de ganador, había vencido todas nuestras dudas, había aniquilado nuestras especulaciones y neutralizado las burlas. No pudimos reír, ni decir nada, tan sólo nos volvimos a la vez reclamándole una explicación con la interrogante que puede guardar una mirada, la mirada de varios niños estupefactos testigos de una fantasía que se hace realidad. El arquetipo de la muerte estaba frente a nosotros, y junto con él, la realidad inexorable de la vida, la misma muerte.
-Seguro que ahora quieren saber muchas cosas- masculló el veterinario
No respondimos, porque no salían palabras de nuestros labios congelados. Bisbal, echó una risita suspirante que se perdió en la cascada de piedras que arrastraba el mar en el declive de la orilla y subió la voz diciendo:
-Les contaré la historia. Los pescadores le prenden velas en las tardes, y salen corriendo antes que caiga la noche. Este hombre, fue un pescador. Solía venir a lanzar su espinel aquí, y en este mismo sitio, lo esperaba su mujer y su hija mientras él caminaba de lado a lado tendiendo y revoleando una y otra vez el espinel. La pesca aquí es más que abundante, es un regalo de la naturaleza, y los peces que podemos pescar aquí, son gigantes: corvinas, lenguados, róbalos, gallos, todos son peces muy buscados y que pueden ser muy bien vendidos en los mercados. Este hombre, que carece de nombre porque nadie nunca se ha atrevido a pronunciar su nombre, se dejo llevar por la codicia e hizo caso omiso de las advertencias de los pescadores que advertían que en las noches no era lo más adecuado pescar. Era una especie de Juan sin miedo que se resistía a seguir a los demás. Llegaba a pescar en las madrugadas y se quedaba todo el día en la faena, a tal punto, que traía consigo a la mujer e hija para que no se preocuparan por su prolongada ausencia. Era muy testarudo, y permanecía hasta que la noche prácticamente devoraba el día. El producto de su pesca, era vendida a los mejores restaurantes de la zona: en Bujama, en Mala, en San Antonio, en los mercados, en todas partes. Compró una carretilla a la que le instaló una moto, y en ella acarreaba su milagrosa pesca. La codicia es la perdición que se traduce en ruina, y mientras más ganaba, más quería pescar. Construyó su casita en Bujama Baja, y su vida iba cada vez mejor. Una tarde, la pesca fue más que abundante y ante la cantidad de pedidos que iba acumulando sumada la necesidad de cumplir con los clientes, decidió, extender la pesca; esa tarde, la noche tomó su posición, la oscuridad se adueñó de todo, mientras que la luna escondida entre las nubes se negaba a lanzar su brillo, para entonces, había hecho una faena increíble, y poco a poco, con la ayuda de su mujer y su joven hija acarreó los pescados hasta la carretilla adherida a la moto, regresando varias veces. Cuando estaba a punto de irse, el deseo imprudente pudo más, ordenó a su mujer e hija retornar con él hasta este sitio y con una precaria linternita marchó hacia la orilla para tender y revolear una vez más el espinel. Mientras tanto, su mujer y su hija sólo podían ver la luz en la penumbra danzando débilmente, la humedad junto con el rocío lanzado por el viento les produjo frío y se acurrucaron aquí.- Oscar Bisbal nos mostró un espacio en la entrada de la gruta.- Y él, por lo que sé, estaba allá.- Bisbal nos indicó un lugar en la orilla donde destacaba una especie de montículo hecho de piedras. – Los pescadores hacen esos montículos para poder ver si el espinel esta bien tendido y asegurarse que no se enrede con la fuerza de las olas. Esa tarde, transcurrió veloz, y ya de noche, de pronto, desde el cerro, empezaron a caer piedras, rodaban cuesta abajo impactando el suelo y la entrada de la gruta. Tanto su esposa como su joven hija, habían escuchado las historias de los fantasmas del cerro, y sabían que entrada la noche, ni un solo pescador se atrevería a pescar en la zona; la piedras siguieron cayendo cerro abajo asustando a la mujer y a la joven; entraron en pánico, aterrorizadas, presa de los nervios salieron hasta aquí- Bisbal nos indicó un lugar.- y empezaron a llamar al pescador a voces, gritaron inútilmente pues el sonido ensordecedor de las piedras en cascada arrastradas por el océano no permitía que el pescador escuchara la desesperación de su familia, sin saber que hacer, se abalanzaron hacía la orilla tratando de alcanzarlo, y en el intento de llamarlo equivocaron la distancia y se acercaron demasiado a la orilla, de pronto, una enorme ola rompió contra la misma orilla lanzando las piedras con fuerza descomunal y golpeándolas intempestivamente, las mujeres, aún más asustadas no atinaron a nada, de inmediato llegó el agua con toda su fuerza y las arrastró succionándolas en el océano para hacerlas desaparecer. Cuando el pescador recogió el espinel, reía solo, y fue enrollando contento el cordel en el bastidor para regresar con los pescados hasta el lugar donde dejaba que su familia se guareciera, sin embargo, esta vez, al llegar no la encontró. Confundido empezó a llamarlas sin que obtuviera respuesta alguna, y su nerviosismo se fue acrecentando cuando se dio cuenta que había esparcidas sobre el suelo un montón de piedras que llamaron su atención. Esa noche, deambuló por toda la playa buscando a su mujer y a su hija, llamándolas, desesperado, al borde de la misma locura; de pronto, de un momento a otro, se tropezó en la orilla con el zapato de su hija que había sido depositado sobre las piedras por el mismo embravecido océano. Buscarlas ya no servía de nada, ambas habían desaparecido en aquellas turbulentas aguas. Finalmente, el pescador extenuado, regresó hasta esta gruta y sentó donde se encuentra en este instante. Llegó el día, y permaneció aquí sentado. Llegó la tarde y la noche, y el día siguiente, y no se movió. Estuvo cuatro días como un faro humano mirando el océano, estático, catatónico, como un vegetal. Los pescadores que pasaron esos días por allí, desconociendo el tiempo que realmente permanecía, quisieron preguntarle por lo acontecido, y él, respondió lanzando un débil vistazo al zapato de su hija y afirmando el suceso con una mirada al horizonte marino. Se reunieron varios grupos de pescadores y recorrieron la playa esperando que el mar varara los cuerpos de la mujer y su hija sin resultado alguno. Cuando la noche se hacía presente, todos huían, y el pescador continuaba sentado aquí. La última vez que regresaron a verlo, estaba muerto, erguido, Con los ojos abiertos como el vigía eterno que esperaba el imposible regreso de su hija y su mujer. Decidieron no tocarlo, porque si lo hacían, hubiera sido una profanación a la sagrada espera de un hombre que amaba a su mujer y a su hija. Y esta es la historia.- sentenció el doctor Oscar Bisbal.
Regresamos a la Playa Asia mudos, sin pronunciar una sola palabra, situación que divirtió profundamente al doctor Bisbal. En mi mente discurrían mil pensamientos, y fue la primera vez que evalué la importancia y la fuerza que tiene el amor. El amor a la mujer, a la familia, al trabajo, a la pasión y al peligro. El pescador murió definitivamente por la desesperación que le causó la pérdida de su gran amor, su mujer y su hija. La historia era muy triste, no obstante lo impresionante de todo fue ver aquel cadáver medio esquelético sentado contemplando el horizonte y esperando lo inesperable.
La tarde fue engullida por la noche, el sol se zambulló en el horizonte instantes antes, y el viento incrementó su fuerza desde el océano a la tierra, los pescadores que faenaban en la playa de San Antonio apuraban el paso para salir de aquella playa mientras que un silenciosos e imperceptible murmullo bajaba de los cerros. El pescador quedó sentado en la roca mirando el horizonte en el océano, se mantenía sereno, firme, con la convicción eterna que ellas aparecerían:
-Debo seguir esperando, no sé que me pasa, ya nadie viene por la playa, no se cuanto tiempo llevo aquí esperando, he perdido la noción del tiempo. ¿Dónde estará mi mujer? ¿Dónde estará mi querida hija? ¿Y si se ahogaron? Recuerdo toda mi vida y no me puedo mover hasta que ellas aparezcan. He pasado todo el día dando vueltas por la playa, mis pescados siguen allí, parece que nunca se malograran. La carretilla, creo que se la han robado, y mientras más camino no alcanzo a ver a ninguno de mis amigos pescadores. Lo que no entiendo, es, a qué hora dejan velas en la gruta, porqué nunca veo a nadie dejar las benditas velas y por qué las dejan, y me parece más raro, que en todos estos días que no parecen tener medida, no aparece absolutamente nadie. Cada vez que me levanto y regreso hay huellas en la gruta, y nunca veo gente. No sé si es domingo, miércoles o jueves, no sé qué día estamos. Llamaría a la policía para que me ayuden a buscar a mi familia pero me da miedo que aparezcan y yo no esté. Lo más extraño de todo es que no me ha dado nada de hambre y que no tengo sed, será por los mismos nervios. Siempre regreso a la gruta y me siento en el mismo sitio, y despierto allí, y ya no me duele nada. A veces escucho voces lejanas, o me siento observado, pero no entiendo de dónde vienen esas voces.-
En la madrugada, el sol emerge tras las montañas y empieza a brillar con intensidad, las olas rompen violentamente contra las piedras arrastrándolas en el declive de la orilla y produciendo un sonido ensordecedor y el pescador sigue sentado esperando y mirando el horizonte.
Meses más tarde, un tío militar, le regaló a mi hermano un mapa cartográfico de la zona, cualquiera lo puede comprobar si lo consigue, debe ser un mapa que muestre las playas localizadas frente al Pueblo de San Antonio antes de Mala y en ese mapa, verificará que existen dos cerros, y se llaman así: Cerro de las Animas y Cerro La Sepultura, allí donde el pescador sepultó el amor de su vida y su vida, mirando el océano para siempre tal como nos lo contó el doctor Oscar Bisbal.
Épocas de Las Palmas con el doctor Bisbal
Ivo Moran Albonico Gasparotto
Buenos Aires agosto 2010
Fotografía: "Agua del tiempo", de Lily Cuadra
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