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La Coctelera

palosanto

5 Marzo 2011

EL PALACIO

Año de 1989. Es un tiempo difuso por la extravagancia de la vida misma. Madrid, un año en el cual la “marcha” madrileña rebozaba todos sus límites, Felipe González efectuaba cambios impensables en la sociedad española y el PSOE cobraba una fuerza política sin precedentes en el socialismo español. Tras una serie de acontecimientos, que no son el foco de esta historia y referiré escuetamente, empecé a salir con Cecilia. Ella se proclamaba condesa, emparentada con la realeza británica y seguro que lo fue. No tengo idea dónde estará Cecilia ahora, pues las vueltas de la vida nos arrojan a vericuetos impensables, lugares que pueden ser maravillosos, o sencillamente pavorosos. Quizá se halle comiendo caviar iraní en algún hotel cinco estrellas en París, acompañando la delicadez con un champaña Don Perigñon, o sencillamente, su vida haya pasado a la tristeza y se encuentre en una situación tan brumosa como la que me ha tocado experimentar.

Hay días y momentos, por lo menos para mí, que quisiera estar fuera de este mundo, en otro mundo, en el mundo desconocido que es dominio de aquellas estantiguas que azotan la imaginación de los que creen en los espíritus del más allá.

Cecilia era una mujer bella, algo mayor que yo, de ojos intensamente claros poseedores de un fulgor especial, digno del encantamiento; cabello rubio y un porte distinguido propio de su alcurnia. Vestía perfectamente, con sobriedad clásica y soltura, sus palabras, con un lejano acento nórdico, sonaban a música en el español madrileño con el que siempre se expresaba. El rostro angelical de Cecilia, como el de una diosa de carne y hueso extraída de una obra de arte del Louvre, apareció más de una vez en las revistas Vogue, donde por cierto ella trabajaba. Su elegancia personal no era todo, ella misma estaba rodeada de eventos llenos de clase y teñidos de la bohemia propia de una mujer de su categoría.  Fuimos a Casa Lucio unas cuantas veces, allí en la Plaza Mayor: degustábamos angulas y bebíamos vino Vega Sicilia, de cosechas que ella siempre ordenaba. Fue en Casa Lucio donde tuve la suerte de sentarme en la mesa con Gabo, infatigable escritor que siempre admiré, quien con seguridad jamás supo quien era yo, ni lo sabrá, pues con tanta fama y tanto adepto a sus obras, difícilmente podrá recordar a los miles de satélites que lo siguen en su paso por el mundo. Es increíble, como en parte de las historias del misterio, independientemente de las apariciones, hechos impensados, como fortuitos encuentros, cruzaron mis caminos (o yo pase por los suyos) célebres escritores, tres de ellos premiados con el Nobel, otros muy famosos, los tuve a tiro: en restaurantes, en cafés, en la calle, y, no sé por qué, no me atreví a disparar un diálogo con ellos, tan sólo permanecí estático, apuntando al blanco y agradeciéndole al destino la oportunidad que me otorgaba de rozar con la yema de mi presencia su aura y vestiduras. Es igual, también allí conocí otros personajes del mundo de la fama, ellos compartieron bebida y comida conmigo, y si bien yo fui uno más en el desfile habitual de su vida, quedé con el recuerdo.

Con Cecilia frecuentábamos los mejores restaurantes de Madrid, bebíamos el mejor champaña, y los mejores vinos, degustábamos las mejores langostas y los más finos mariscos, justamente en aquella época, me dedicaba a vender mariscos, bogavantes, ostras y otros productos del mar altamente rentables.
La conocí tras un incidente violento con su ex pareja al que destruí su coche  a patadas. La había visto una serie de veces con él: siempre llegaba distante, hermosa, inalcanzable, indiferente, escoltada por aquel infeliz. Cuando la veía, en el pedestal inalcanzable de su vida, no presagiaba que un día tras consolarla por los abusos de su galán, estaría, viajaría y dormiría con ella.

Por razones de brevedad, referiré esta historia a partir del momento que fuimos a vivir juntos a su casa en la Calle del Nuncio, cerca de la Plaza Mayor en Madrid. El edificio es un antiguo palacio reconstruido y acondicionado manteniendo en su fachada el esplendor propio del palacio de acuerdo a la época que se erigió.  Consta de un amplio vestíbulo común con mármol de Carrara y de contados y lujosos pisos cuyos ventanales miran impertérritos a la calle del Nuncio a una cuadra de la Plaza Mayor. Obviamente, el antiguo palacio convertido en un edificio de lujosos apartamentos, conserva la estructura antigua, y el estilo exterior de época que conjuga con la zona, considerada por cierto, parte de patrimonio cultural de Madrid antiguo. Si bien la Plaza Mayor data del siglo XVII, y el crecimiento anárquico de esa zona está registrado en el 1635, cuando en la capital española sólo había unas cien mil personas, en aquella época de renacimiento se fueron intercalando los edificios públicos de una forma bastante caprichosa entre el casco medieval de la ciudad y la parte en crecimiento. El desarrollo urbano fue gradual, y honestamente no conozco a ciencia cierta de cuándo data el palacio donde Cecilia tenía su lujoso piso al cual me mudé por un corto periodo. Salía en las noches a caminar por aquella zona incursionando  con pensamientos extraños  mi propia mente; si se escinde la presencia humana actualizada, es decir, los borrachos y comensales que por ahí pululan, y los miles de turistas que deambulan fotografiando todo, especialmente en la Plaza Mayor, el ambiente que se respira es bastante diferente: para mi fantasía siempre fue una retrospección al pasado, y salto en el tiempo donde mi mente me permitía observar a los madrileños del siglo XVII, los carruajes y los olores cloacales que emanaban de los desagües precariamente hechos en aquel entonces. Basta mirar la base de las edificaciones medievales para darse una idea de cómo era la existencia en ese siglo. Por esa razón, como por arte de la misteriosa sinergia humana capaz de transportarnos en nuestra mente a través del tiempo, comparaba la vida que llevaba con Cecilia, y la que deben haber llevado los nobles propietarios del Palacio. Cecilia organizaba fiestas con distintas personalidades, con abundante Champaña Moet Chandon, caviar iraní, ostras, bogavantes, y un nutrido grupo de invitados conformados por artistas, escritores, directores de cine, y bohemios desconocidos adictos a la cocaína y alcohólicos irreprimibles. Con toda esta zoología humana, las reuniones eran afables, interesantes, plagadas de anécdotas, elegantes vestimentas, etiqueta, educación, y mujeres altamente refinadas, sin embargo como Cecilia ninguna.

Cecilia contaba con un cortesano moderno, bien parecido, encargado de ayudarla a vestirse, hacer los mandados, y proporcionarle compañía en todo momento, brindándole las atenciones dignas de su clase. No recuerdo cómo se llamaba el joven, únicamente puedo dibujarlo en el recuerdo con una virilidad exagerada, que por supuesto, se contradecía con su naturaleza. Cuando lo conocí, despertó celos en mí, y es que pensé por unos instantes que aquel bien parecido muchacho, de barba cerrada y porte de artista, era el amante de turno. Bastó que abriera la boca y soltara una retahíla de palabritas con tono amanerado para cazar en el aire, su verdadera inclinación sexual, entonces de competidor pasó a ser un buen amigo. El ama de llaves de la casa se llamaba Manuela,  era una mujer menuda de unos cincuenta años, madrileña neta, rubia y de rasgos óseos que llevaba siempre un delantal blanco y se encargaba que todo funcione a la perfección en la residencia de Cecilia. Cuando acababa sus labores domésticas, noté que se tornaba ansiosa, apurando sus tareas para salir de la casa antes que caiga la noche.

- Manuela ¿Cuál es su apuro? Tómese las cosas con calma – le decía

- Se hace de noche, se hace de noche... – reponía nerviosa sin explayarse en las razones

- Que no le van a robar señora ¡Venga! Tómese con calma la cosa, el barrio es tranquilo en esta zona – tranquilizaba

No había modo de tranquilizarla, si la noche se empezaba a asomar  en el firmamento, y el crepúsculo la anunciaba en los ventanales, Manuela era presa irremediable de un nerviosismo evidente que no llegaba a entender

Una noche organizábamos una reunión con actores y con un productor de cine colombiano que estaba de visita en Madrid y era un amigo personal de Cecilia. Esa  mañana fui a la Plaza de la Cebada, frente al teatro la Latina, a comprar mariscos para la reunión que esperábamos: solía acudir a un puesto llamado El Mar Cantábrico, propiedad de Manuel Fernández, simpático gallego que nos atendía extraordinariamente y contaba con el mejor género en lo referente a mariscos;  Manuela con afán y prolijidad preparó los platillos durante la tarde: canapés, gambas, cigalas, percebes y ordenó la mesa asegurándose que no le quedase trabajo antes que el sol se ponga, y como era habitual salió literalmente disparada. Aquella noche, los invitados fueron llegando mientras que eran recibidos en la puerta por el asistente de Cecilia, perfectamente bien trajeado, perfumado con Dior, adornado por una resplandeciente sonrisa dando la bienvenida y desplegando sus más exquisitos modales. Conforme los invitados iban entrando al piso escuchaba el rumor de voces que agradecían y soltaban comentarios entre ellos. Esa noche sentí una sensación diferente: entre la gente que departía la tertulia y degustaban lo que se ofrecía, percibí una presencia que aún no soy capaz de describir, una de esas sensaciones en las que alguien se desliza entre la gente y no podemos captar, como si fuera una treta de la imaginación en complicidad con la realidad conspirando contra la lógica.  Estuvimos discutiendo hasta la madrugada diversos temas: de filosofía, de poesía y lógicamente de cine. Ese día me mantuve particularmente sobrio, mientras que Cecilia y el productor cinematográfico, bebieron una cantidad importante de escocés etiqueta negra. Finalmente el colombiano fue el último en retirarse haciéndolo con visible dificultad al caminar: lo acompañé hasta la puerta y lo ayudé a bajar las escaleras para depositarlo, en calidad de bulto exprés, en un taxi con la indicación que lo lleve directo a su hotel: el Eurobilding en Chanmartín. De regreso, la música de Enya caía suave como catarata apropiándose de toda la atmósfera que se respiraba en la residencia; la voz de aquella cantante, su ritmo suave y cadencioso en las canciones de Orinoco Falls, era delicia para los oídos. Lancé un vistazo a Cecilia: dormía profundamente sobre uno de los amplios sillones del salón principal. Vestía un pantalón de seda que caía indiferente en su cuerpo, una blusa del mismo material, y se hallaba descalza, respirando suavemente con bella naturalidad. Me dio pena despertarla, sería una lástima romper aquella composición de clase, belleza y arte, para que abriera los ojos que ya estarían inyectados, con la marca del cojín en la cara, y la obnubilación producto del sopor alcohólico y el despertar abrupto, razón por la cual, la dejé dormir tranquilamente. Me dirigí a la habitación principal, antecedida por un largo corredor y un vestidor independiente colmado de las mejores marcas de ropa para dama. La cama, emplazada en el fondo, cubierta de sábanas de seda, me esperaba con Morfeo listo para abrazarme y llevarme  a su reino. Me despojé del traje, lancé la corbata a un lado, y en calzoncillos, me lancé a la apacibilidad de aquella cama que invitaba al verdadero descanso, con las sábanas acariciando mi cansancio. Cuando empezaba a entrar en la fase previa al sueño, el adormecimiento, sentí un murmullo indeterminado, me incorporé, salí hasta el salón, y Cecilia seguía allí, dormía silenciosa, libre de ronquidos, el cassette ya se había apagado, y solamente el silencio ocupaba todo el ambiente. Me extrañaron aquellas voces, sin embargo atribuí el asunto a mi fecunda imaginación, acto seguido, regresé a la cama y al recostarme, el murmullo se volvió a iniciar: eran voces precedidas por un eco extraño, interjecciones inescrutables, a lo cual, poco a poco se le fue sumando la lejana música parecida de un clavicordio, sentí que la piel se me erizaba, las ventanas estaban cerradas y aquellas voces inextricables, llegaban de una dimensión imposible. Atribuí el hecho a posiblemente, uno de los vecinos con otra reunión, era posible que en la antigua construcción, y la reparación total con la respectiva modernización de las cañerías, las nuevas instalaciones, provocara aquel fenómeno. Ignoré lo que ocurría y quedé profundamente dormido. No sé cuanto tiempo dormí, fueron quizá unos cuantos minutos, lo cierto es, que sentí la inquietud que provoca una presencia observante, abrí los ojos con el embotamiento propio del sueño esperando encontrar a Cecilia contemplándome, empero, no fue así: en los pies de la cama, parado mirándome, había un niño, era más una sombra, un niño rodeado por una sombra: quedé estupefacto, inmóvil, quería moverme pero el cuerpo crispado no respondía, me sentía rígido, y mi rostro iba adquiriendo un rictus de terror, trataba de gritar y era imposible, el niño seguía al pie de la cama mirándome: su cabello era largo, sus ojos lánguidos, lucían húmedos y abatidos por una inconciliable tristeza. Forcé y forcé el grito estrangulado en mi garganta, hasta que finalmente salió. Grité llamando a Cecilia, una y otra vez, estático, hasta que de un momento a otro apareció dando tumbos, con la mirada vidriosa, con la sonrisa deformada, se despojó del pantalón, la blusa, y saltó a la cama abrazándome para quedarse dormida de inmediato en mis brazos, recién entonces pude dormir, como el niño que estuvo frente a mi, y posiblemente, no podía dormir en el mundo de la dimensión de donde llegó.

*

Ivo Moran A.G

Buenos Aires 2001                          Historia  en Madrid 1989

 

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Tags: cuentos

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