Publicidad:
Terra
La Coctelera

palosanto

23 Marzo 2011

LA MUJER DE NEGRO

San Isidro Lima Perú, 1978. Vivía en la calle Cádiz, a tres cuadras de la casa del presidente de la república, el General Francisco Morales Bermúdez. En aquellas fechas, Lima aún no era la ciudad desbordante y caótica que es hoy, el concepto urbanístico empezaba a deteriorase y los servicios básicos como el transporte y las prestaciones sociales perdían estabilidad  hundiéndose en la  paulatina anarquía. Se acercaba el momento que Morales Bermúdez entregaría el poder a la democracia, y silenciosamente, en la sierra de la provincia de Ayacucho, se agazapaba la idea maoísta que predicaba Abimael Guzmán desde la Universidad de Huamanga. Ese año fuimos de cacería hasta la misma ciudad de Ayacucho, conduciendo un Toyota último modelo por la carretera de Libertadores: el viaje fue tortuoso, largo y accidentado: el invento japonés se sacude como un frágil bote en el mar, los baches como cráteres parecen tragarnos, y nuestras cabezas se baten como  títeres fijos a los asientos.  El viaje parece que nunca acaba, la lluvia embarra toda la carretera y el auto queda empantanado varias veces, se rompe el tubo de escape y hay que descartarlo, una piedra destroza el parabrisas, se revientan tres neumáticos y hay que esperar para que pase un camión y nos socorra, llega la noche, el día, la noche y el día, el sol emerge en la madrugada desbocado sobre la montañas, el frío congela en la noches nuestras manos entumeciéndolas despiadadamente y la calefacción estropeada brilla por su ausencia, parece que no llegaremos jamás:  Al final llegamos, ese fue el viaje a Ayacucho, una tortura desmedida.  La carretera en aquel entonces no poseía asfalto, y el encalaminado, más las piedras del camino se encargaron de demoler el auto, al arribar a  Huamanga  el auto estaba destartalado.  Pasamos varias semanas en esa ciudad con una iglesia en cada esquina, en casa de la tía Salomé, esposa de Miguel Chahud hermano de la madre de Carlos, ella nos mimó y atendió con la ternura que no esperaba. El Toyota se reparó y nos dispusimos a ir de cacería a las montañas. Nos habían avisado de un maravilloso lugar donde encontraríamos una fauna impresionante. Caminamos por los andes, subiendo las montañas y llevando a cuestas las escopetas, una pequeña tienda de campaña y dos bolsas de dormir. Carlos, como siempre me acompañaba. En ese lugar él era el conocedor de los terrenos; su  madre, la señora Teresa Chahud, Siria de nacimiento, había llegado al Perú procedente del oriente junto con su familia y se instalaron en aquella provincia una buena cantidad de años atrás. Preguntando en las montañas, dimos con un lugar llamado Niñobamba, donde las aguas termales brotaban de la tierra andina curtida por los milenios, hirviendo, burbujeantes, y tan solo estaban canalizadas precariamente por unas paredes de adobe. Los campesinos construyeron dos piscinas empozando las aguas termales entre paredes de adobe cubiertas por un techo de brillante calamina. Para acceder a las aguas, cobraban minucias con lo cual se podía disfrutar todo el día de sus propiedades medicinales y relajantes. Básicamente nadie acudía allí como turista, era más bien un lugar remoto donde unos cuantos ciudadanos ayacuchanos podían ir y disfrutar de aquel maravilloso lugar.

La fauna, era sencillamente espectacular, compuesta de miles de vizcachas, perdices y en los recodos del río que corría paralelo a la carretera se podía ver patos migrantes que se detenían ahí en determinadas épocas del año. Ascendimos hasta una explanada entre dos altas montañas, y divisamos un grupo de casitas con paredes de piedra; nos acercamos y nos encontramos con varios nativos del lugar solicitándoles que nos permitieran acampar cerca de ellos. Fue impresionante para mí encontrar esa gente, anclada en el pasado, con un estilo de vida prehistórico, sin hablar el castellano. Al principio tuvimos dificultad para entablar diálogo con ellos. Por medio de señas y no sin antes haberles obsequiado chocolates y unas cuantas vizcachas que habíamos cazado en el camino, nos atendieron con inmensas y verdes sonrisas por el chakchado de hojas de coca, ofreciéndonos afablemente una de sus casas para que nos quedemos allí. Las viviendas de aquellos originales, estaban edificadas con paredes de piedra unidas con barro donde crecía el musgo dándole el aspecto vivienda desprendida de la misma naturaleza; eran techadas con el ichu arrancado de la altura que se hallaba apoyado sobre troncos que seguramente extraían de las orillas del río, o de los valles cercanos; el interior de aquellas viviendas se encontraba en un nivel más bajo que el suelo donde se asentaban,  y cada familia vivía en un solo ambiente donde dormían y cocinaban, guareciéndose del frío inclemente de la noche en la altura. Una brasa instalada en uno de los rincones, ardía noche y día, dándole un calor perenne al ambiente. Sus camas eran hechas de piel de carnero seca y amontonada, cubiertas con frazadas compradas en la ciudad. En el interior se respiraba un aroma intenso a carnero, humo, olores corporales y comida, no obstante, aquella mezcla inaudita conformaba un extravagante olor digno de un ambientador descabellado, no era desagradable, más bien aquel intenso aroma, una vez percibido por el sentido del olfato, era disparado al cerebro, y éste ponía en acción aquella sinergia estrambótica de nuestra existencia, lanzándome a un mundo prehistórico, un paisaje primitivo encapsulado en el mundo de la vorágine moderna. La alimentación básica de los indígenas era el cuy, las gallinas que criaban, la papa de altura seca por el frío llamada chuño, la carne seca de la llama o charqui, y los quesos de oveja que ellos mismos producían, eso sí, con el nutritivo maíz andino llamado mote. Nosotros buscábamos venados, y pretendíamos subir hasta la parte alta de las montañas para tratar de cazar uno. Durante el día y medio que compartimos el tiempo con esa diminuta comunidad, una suerte de allyu moribundo, pensé seriamente acerca de la realidad peruana, del anacronismo el cual tiene el país y sus tentáculos más abyectos, durante siglos, sometidos a sus propios dueños. Recordé a José Carlos Mariátegui, un visionario, y con cierta pesadumbre, a tantos años de su muerte entendí que para cambiar mi país había que hacer una revolución de verdad, libre de corrupción, y quizá con las armas en la mano. Pensé en la belleza natural que se extiende por doquier, en cada región maravillosa, en el amarillo de la costa, en el marrón y blanco de los andes, y en el verde de la selva, y en la estupidez humana que parece decantar en países como el mío plenos de recursos en contraposición del egoísmo y el retraso de su pueblo. Ya entrada la tarde, a lo lejos divisé a un joven que llegaba caminando, los presentes, salieron de inmediato para saludarlo exultantes, y mientras que lo esperaban acercarse, se volvían y nos lanzaban miradas chispeantes que deseaban expresar algo. Al llegar, se presentó: se trataba de un joven de la comunidad que vivía en Ayacucho, hablaba muy bien el castellano. Nos explicó que él decidió salir de la montaña, sus visitas a la ciudad aguzaron su inquietud y decidió marcharse de la comunidad enquistada en el pasado, y regresaba de cuando en cuando de visita. También nos indicó un lugar en la altura donde con seguridad podríamos cazar un venado. Conversamos con él, y nos explicó que escapar de la montaña era la única opción de cambiar el sentido a su propia existencia.

- Mi padre nació en estas montañas, mi madre también, mis abuelos igual. No sé desde cuando se remonta la historia de una familia que no tiene historia, porque no existen registros de los eventos que han venido ocurriendo en nuestras generaciones. Nosotros, somos como las vizcachas que vienen a matar, existimos entre las montañas. ¿Creen ustedes que esto es lo espera de la vida un hombre que se para en la cumbre de un pico nevado y ve pasar un avión,? ¿Creen ustedes que son jóvenes como yo que se puede vivir en esta montaña toda la vida, ser parte del paisaje como si nos hubieran dibujado en él y no llegar a ni siquiera comprender la grandeza y la riqueza que poseemos? No, esto no es así, por eso, voy a Ayacucho y acudí a la escuela y ahora a la universidad de Huamanga, tenemos un líder que cree en el cambio del Perú, un profesor de filosofía y letras que tiene la verdadera solución -

No hicimos muchas preguntas y le pedimos que nos mostrase el lugar donde se encontraban  los venados. Se ofreció a acompañarnos al día siguiente. Nos acostamos entre las pieles de carnero, embutidos en las bolsas de dormir para sumergirnos en el sueño inmediato guiado por el cansancio. Despertamos tras dormir muy poco, en la madrugada, con la aurora acariciando los techos de las casucas. La madre de Juanca, ataviada con coloridas polleras, no sirvió solícita sopa de carnero con queso fresco y mote, la cual estaba deliciosa, tomamos infusión de hojas de coca con chaplas;  salimos caminando hacia la parte alta de las montañas. Los cañones de la escopeta estaban tan fríos que no se podían tocar con la mano, nuestras manos lucían mortecinas por la helada de la madrugada en la altura, los pies agarrotados dentro de las botas hacían el paso más tortuoso, y el sol esparcía atolondrado sus rayos entre las montañas filtrándose entre las piedras y creando auras y diminutos arco iris, conforme ascendíamos, las vizcachas corrían de lado a lado, o se calentaban sobre las formaciones rocosas tentándonos al disparo. No disparábamos porque lo que buscábamos eran venados. Escalamos un largo rato la montaña, hasta que llegamos a una especie de descanso entre las afiladas rocas que formaban un derrotero natural donde había una casuca como la de los de la comunidad de Juanca, nuestro guía y nuevo amigo. Me llamó la atención la casuca, y le pregunté a Juanca, pues así pidió que le llamáramos, por qué esa vivienda estaba sola, como un hongo solitario que había crecido entre las rocas en una parte tan alta e inaccesible.

- Aunque no lo crean- dijo –  son supersticiones, se dice que allí vive una mujer, una mujer que viste de negro, y que dicen que es la mujer del Sopaipahuahua, el diablo en quechua, que sale en las noches a buscar almas, pero nunca se le puede ver. Dicen que ella es la que busca a los que morirán. Todos temen pasar por aquí – Juanca rió – son tonterías, el único diablo que existe es el que nos roba y nos condena al hambre, a ese maldito hay que acabarlo –

Sin decir nada, lo miré directamente al rostro y percibí el fulgor rebelde de sus ojos, la agudeza del ataque y la venganza. Caminé hasta aquella solitaria vivienda, el interior estaba muy oscuro, me asomé y un golpe de aroma excremental sacudió mi nariz. Definitivamente la mujer del demonio no se hallaba, y en su lugar alguien había echado una pestífera cagada. Continuamos la marcha preguntándole por los sitios exactos donde había visto venados, mientras él y mi amigo Carlos intercambiaban conversaciones sobre la realidad de Ayacucho y situaciones de las familias propias de la ciudad. Nos detuvimos agitados luego de un buen trecho de escalada, el sol ya había remontado hasta ubicarse tras las nubes y calculamos que para llegar al sito de los venados tendríamos que caminar todo el día, recién en la tarde llegaríamos al punto donde se encontraban  y si matábamos uno, o si no lo hacíamos, tendríamos que dormir en la altura para  empezar a descender la siguiente madrugada.

Ya entrada la tarde, llegamos al punto donde supuestamente pasaban los venados: Era un gran pico, con un poco de nieve en su cumbre, inaccesible totalmente a menos que se poseyera equipos especiales de escalamiento, a pie se podía llegar hasta unos cincuenta metros cerca de su base, allí las dos montañas se unían, y desde la unión de ambas se podía apreciar la cadena de montañas que las precedía formando la cordillera con caprichosas entradas y salidas, con abismos capaces de causar vértigo. Sentados sobre las rocas cubiertas de líquenes de colores y musgo terciopelo, apoyamos las escopetas sobre la misma roca, bebimos agua de la cantimplora y quedamos embelesados admirando el panorama: desde lo alto, se divisaba la carretera diminuta, como una insignificante lombriz que culebreaba, el río, corría paralelo, y el valle de Niñobamba se veía fértil y colorido. El humo de las comunidades aledañas, trepaba el cielo deshaciéndose en la atmósfera anunciando la vida prehistórica de los andinos peruanos. Observé al otro lado, y descubrí en las montañas situadas frente a nosotros, majestuosas, extendiendo sus brazos de tierra y rocas para mostrar a rebaños de carneros con pastores y sus mujeres vestidas con polleras; cerca de ellos, los niños correteando con sus perros pastores sin raza determinada, sin pedigrí, y todo ese universo natural, causó en mi una sensación especial.

Nunca vimos un venado, pasamos horas horadando el viento inhóspito de la altura, escuchando su silbido engañoso entre las rocas descomunales de los andes. Llegó la noche, para engullir el día, con bocado un brutal que expulso el viento aún  más fuerte y más helado que salía de sus oscuras entrañas. Las estrellas empezaron a aparecer pálidas en el cielo centellando indecisas, entonces  resignados por el fracaso, armamos la carpa para protegernos del frío, el viento era tan vigoroso que para fijarla, tuvimos que luchar contras su fuerza invisible. Conforme avanzaba la noche, el viento se ponía más recio, y el brillo de la luna inmensa como un gran farol, alumbraba la parte posterior de la montaña lanzando las sombras como monstruos dispuestos a devorar la vida. Nos arropamos como pudimos, nos pusimos los guantes y nos sentamos los tres tiritando, pero hipnotizados con aquel espectáculo. En un momento, mientras que admirábamos la escena, sin poder creer lo que veíamos, ante nosotros, tan sólo a unos cinco o seis metros, cruzó una mujer caminando, vestía una pollera negra, y llevaba la cabeza cubierta. Fuimos presa del pánico, y Juanca quedó mudo como si le hubieran cocido la boca

- Es la mujer de muerte – exclamó Carlos con el rostro comprimido

- Tranquilos – calmé – Es posible que sea una  engaño de las luces que proyecta la luna, y nos ha parecido ver lo que hemos visto. Sin embargo, sabía que no era así, y que en realidad sí había cruzado una mujer

Esa noche nos introducimos a la carpa y ninguno de los tres pudo dormir. El viento silbaba en el exterior, la carpa se agitaba como el papel de una cometa a merced de la locura del viento, teníamos los ojos clavados en el techo que se sacudía haciendo ruidos desapacibles y enervantes, y el frío entraba hasta nuestros huesos. Conforme paso el tiempo, una intensa cellisca se apoderó de la altura anunciando al universo cuan diminutos somos. Juanca era quien mejor llevaba la situación. Nuestro guía pasó su infancia y niñez entre los andes, disperso por las montañas, pastoreando los carneros y ayudando a su padre que controlaba sus sembríos de maíz  y papa; estaba preparado para los embates del clima, y para acontecimientos que no poseían explicación. Tras la corta y extensa noche, descendimos en la madrugada, con los dedos de los pies congelados como cubos de hielo, nuestros labios se cuartearon como una pared de arcilla por efecto de la helada y la sequedad del ambiente, todo ello, tan cerca al cielo. De bajada abatimos unas cuantas vizcachas apuntando a sus cabezas para que no huyeran heridas y mueran sin necesidad; finalmente aterrizamos extenuados en la pequeña comunidad siendo recibidos con profunda felicidad por parte de la familia de Juanca y de los demás comuneros. Ese día, a orillas de un riachuelo que llegaba de la altura, con la ayuda del agua helada, desollamos las vizcachas, sacamos sus vísceras con un cuchillo de caza. Al medio día las cocinamos bajo la tierra haciendo una exquisita pachamanca acompañada de papas, maíz, mote, y carne de gallina. Al finalizar el banquete, sentados con toda la comunidad en el pasto de la explanada, bebimos con ellos aguardiente, y chakchamos hojas de coca mientras que tocaban la zampoña y bailaban desenfrenados sus bailes más tradicionales. Poco a poco se fueron embriagando más, y más hasta explotar en un delirio frenético que los transformó en otras personas. Una de las mujeres empezó a gritarnos afrentas en quechua, dos hombres se adhirieron a la mujer y nos increparon con palabras que para nosotros eran inescrutables, un tercer hombre trató de alcanzar una de las escopetas y cayó de bruces en su propia borrachera. Juanca, que se hallaba alegre, ensombreció su mirada en la vergüenza:

- Lo mejor es que se vayan, yo iré con ustedes. Cuando mi gente se emborracha, parece que la mujer que vive allá arriba entrara en sus cuerpos, beberán hasta la noche, y mañana seguirán, y quedaran dormidos y anestesiados por el mismo cañazo. Salimos corriendo, mientras que una india se le prendía a Carlos de la casaca, y él se trataba de zafar procurando no hacerle daño, pues mi amigo Carlos era un joven de un metro noventa y ocho centímetros de alto, y bastaba que le dé un golpe con una de sus manos de oso, para hacerla rodar como una piedra. Bajamos medio ebrios por el camino por donde habíamos escalado, escupimos la amargura de la hoja de coca y sentí que mis labios, mi boca y mi lengua se hallaban insensibles, anestesiadas, mientras que en el mismo instante, una fuerza impensable me hacía controlar todo con la agudeza de un halcón depredador. Llegamos al auto y enfilamos por la carretera hasta un pueblo cercano donde nos detuvimos y descansamos en el mismo vehículo. Despertamos a la media noche y Juanca no estaba presente El frío nuevamente aguzaba nuestros cuerpos, la cuerina del auto daba la impresión de un panel refrigerador, la oscuridad insondable  nos rodeaba apabullante, los vidrios del auto se hallaban empañados por la respiración perlándolos por el frío en el exterior. Giré la cabeza buscando un punto de referencia hasta que encontré una lucecita lejana que brillaba, rememoré el lugar y recordé de inmediato que allí había una especie de bodega. Carlos se iba desperezando, entonces me ajusté la chalina en el cuello y salimos al exterior: el golpe frío cambió la textura de nuestras pieles y la tortura de las manos y los pies empezó a tomar su posición acostumbrada.

- Camina rápido – aconsejó mi gigante amigo

Corrimos hasta la bodega  y llegamos al umbral de la puerta: adentró, había un lamparín de kerosene y cinco jóvenes cantaban alrededor de una mesa. El lugar estaba atiborrado de sacos de azúcar, latas de aceite y granos diversos entre otros enseres que se vendían allí, tras el mostrador, una nativa dormitaba indiferente al grupo de camaradas y ellos en coro repetían cantando:

- La hierba de los caminos la pisan los caminantes, ya la mujer del obrero la pisan cuatro tunantes de esos que tienen dinero. Los señores de la mina se han comprado una romana, para pesar el dinero que toditas las semanas le roban al pobre obrero - y cantaban estas canciones que de inmediato reconocimos como revindicaciones comunistas. Juanca advirtió que nos encontrábamos en el umbral de la puerta, nos observó con mirada torva mientras que esgrimía una sonrisa indescifrable: seguía bebiendo

- Los sujetos que cantaban con él, al momento que se percataron de nuestra presencia callaron de inmediato levantándose de sus asientos mientras iban murmurando entre ellos, Uno de ellos, bastante más pequeño que yo, lanzó un grito inesperado que más pareció el aullido de un can

- Malditos burgueses de Lima-

- Mierda para ellos – vociferó otro-

Se fueron tornando agresivos ante la indiferente observación de Juanca. Retrocedimos hasta la parte exterior: adrenalina recorrió nuestro torrente sanguíneo y no sentí el frío, no escuche el viento ni aprecié estrella alguna en el infinito, sólo percibí el oscuro instinto de defensa y me preparé para el consiguiente ataque de aquellos fanáticos borrachos, el más pequeño se lanzó descontrolado sobre mí blandiendo los puños como un boxeador, lo esquivé y de un puntapié cayó al piso, de inmediato otro se puso enfrente y Carlos le dio un brutal puñetazo en la frente que lo dejo sentado sobre sus posaderas. Inmediatamente intervino Juanca, como si hubiera regresado a la persona que habíamos conocido.

- ¡Tranquilos¡ - bramó con un rictus de sargento en el rostro

Los otros dos se levantaron rezongando y Juanca los tranquilizo susurrándoles unas palabras al oído que no alcancé a escuchar.

Esa noche terminamos bebiendo con ellos cañazo, cantando las mismas canciones que cantaban y que aprendimos. Discernimos sobre el Perú, la explotación de los indios, el olvido al que habían sometido a sus familias, y el desprecio del cual eran objeto entre los cholos mestizos que una vez entrados a un nivel mayor económicamente, no sólo los despreciaban, también los explotaban. Hablamos de Mao y la revolución china. Conversamos acerca de José Carlos Mariategui, y quedé perplejo al ver con la versatilidad que manejaban los temas marxistas. Estábamos en un momento de transición, el gobierno militar socialista revolucionario, tras entregar las tierras a los campesinos, con el consiguiente manejo de ellos mismos y su propia producción, devolviéndoles cierta identidad y la unión comunal como en los aullyus podría haber cambiado las cosas. No fue así. Ellos no percibían su existencia en un campo favorable. Seguían empobrecidos, olvidados, dejados a la buena de dios, a su suerte en la ignorancia en la que tenían que nadar. El tremebundo fantasma de la pobreza seguía cerniéndose sobre ellos y la democracia no traería beneficio alguno, ni procuraría una vaga aquiescencia de mejora social para el campesino. Se lamentaban de la situación de los campesinos reclutados para trabajar en las minas, sumergidos como fantasmas perdidos en el centro de las entrañas de la tierra, arrancándole sus órganos vitales para venderlos a los imperialistas y que ellos los devuelvan para implantarlos en nuestras industrias ya procesados, hechos máquinas de producción que serían utilizadas para depredar y expoliar al proletariado. La consciencia de estos jóvenes era clara, y siempre el tema desembocaba a la falta de escapatoria: Estaban acorralados, y su lema era muerte o victoria. Quisieron comprarnos las armas y nos negamos. Finalmente, en la madrugada se retiraron a hurtadillas agazapados entre las sombras que proyectaban las casitas del pueblo, con el brillo de las calaminas en los techos y el sol rompiendo el crepúsculo para iluminar todo. No sé cómo, pero luego de despedir a todos ellos con un fraternal abrazo, nos lanzamos por la carretera conduciendo el Toyota para dirigirnos a Ayacucho.

Ya cerca de la ciudad, la aventura no acabó: un uniformado de verde olivo, conocido en el léxico mundano como policía, nos esperaba erguido al borde del camino. Nosotros ya habíamos anunciado nuestra aparición rodeados de una nube de polvo, balanceándonos en el automóvil sobre el encalaminado de la carretera; lo divisamos a lo lejos, presto a detenernos, solitario, a unos cuantos metros de la caseta policial. Conforme nos íbamos acercando, el uniformado crecía, y crecía, hasta que el pitido de su silbato y la mano de la autoridad extendida nos ordenó detenernos. Abrí la ventanilla, y el agente se acercó.

- Caballeritos – apresuró al ver nuestra juventud –  Brevete, tarjeta de propiedad – solicito con ademán militarizado

- Extraje ambos documentos – Los inspeccionó estirando los ojos, escudriñando de reojo el interior del auto. Luego estiró la mano devolviéndome la documentación pertinente, y sin mediar palabra, introdujo la cabeza en el auto.

- Aquí huele raro- insinuó

- Ustedes han bebido ¿No?–

- Si- intervino Carlos

- Estuvimos cazando en Niñobamba, cerca de una comunidad, y para que los comuneros no se pongan violentos tomamos unos cañazos con ellos.

- Ah sí, ustedes chupan y manejan y tienen armas – dijo achicando un ojo

En es momento se volvió y llamó con una seña a su compañero que se encontraba recostado en la puerta del puesto policial

Se acercó caminando con abulia: era un policía de abdomen protuberante,  con mejillas teñidas del rubor de la tuna roja, iluminadas por el sol. Llegó sonriendo De inmediato nos hicieron abrir la maletera, allí encontraron cuatro escopetas, una carabina 22, morrales, municiones, y cerca de quince vizcachas desolladas y sin vísceras envueltas en hojas de plátano que habíamos traído por consejo de Salomé para conservar la carne fresca. A un lado había tres patos cazados en el recodo del río, unas cuantas palomas y seis perdices.

- Estos no son subversivos – dijo riendo el policía gordo

Carlos mostró las licencias de las armas, y los policías nos explicaron que había rumores que en la altura se estaban armando los comuneros, que se empezaba a gestar un movimiento de sedición, y que muchos de los sediciosos estaban siendo formados en la universidad de Huamanga. Nosotros escuchábamos sin decir nada, Nos faltaba un par de licencias y fue motivo para que exijan  la ineludible coima que consistió en un cajón de cerveza el cual tuvimos que beber con ellos, acentuando la cantidad de alcohol que ya nos circulaba en la sangre, Tras varias horas de beber, cerca del medio día, el policía más gordo y de mejillas sonrosadas, decidió que era hora de preparar una buena comida. Subió al auto y enrumbamos por la carretera hasta que dimos con un caserío en cuya entrada se alimentaban unos cuantos cerdos, el policía bajó del auto y desenfundó su revolver calibre 38 para descerrajarle un tiro a un lechón que seguía a su madre: un chillido atroz, el crepitar de su cuerpo y el cerdito cayó al piso inmerso en las convulsiones de la muerte, la madre huyó despavorida con los demás cerdos, y las gallinas que rodeaban a la diminuta piara, saltaron cacareando y soltando plumas que quedaron suspendidas en el aire. El guardia se arrojó al piso y tomó al lechón de las patas, lo sacudió y lo introdujo en el piso del asiento trasero del auto, allí estiró patas y quedó tieso. En ese momento salieron los habitantes del caserío, los divisé en el espejo retrovisor, y el policía sacó el brazo y los saludó. Mas tarde  preparamos una parrilla y devoramos el cerdo con lo que quedaba de cerveza.

Aquel viaje fue todo un evento, jamás lo olvidaré. En Ayacucho dormimos dos días seguidos, atendidos con el cariño y la dulzura única de la tía Salomé. Descansamos en el patio de la casa, sentados frente al jardín con un árbol de limones, aspirando el aroma cítrico que flotaba en el ambiente. Jugueteamos con los perros de la familia, y finalmente, decidimos no regresar en el Toyota, ni hacernos al camino que otrora  casi nos muele los huesos, donde tuvimos que soportar frío y angustias. Habíamos tenido bastante aventura, entonces conseguimos un chofer que se comprometió a llevar el auto una semana después, y terminamos abordando un pájaro mecánico de la extinta aerolínea Faucett Perú, desintegrada por la estupidez de la dinámica económica peruana que se encargó de aniquilar cualquier transporte decente y propio, dando paso a los extranjeros, a los colonos, a los imperialistas, tal como lo describió Juanca.

Llegué a Lima una mañana soleada, aún el cansancio estaba impregnado en mis huesos, traje conmigo vizcachas, patos y perdices, chaplas, queso fresco y regalos que nos dio la tía Salomé. MI padre me recibió sonriente en la puerta de la casa en la avenida Cádiz,  dejé algunas cosas en el zaguán de la casa, y mi hermano entró indiferente mirándonos, procedente de sus interminables estudios en la universidad Cayetano que captaban su atención totalmente, convirtiéndome siempre en un minúsculo personaje a su lado. Mi madre, emergió sonriente de la cocina, desvaneció la preocupación, y suspiró aliviada al veme intacto. La gorda Andrea, amada nodriza natural de Abancay y encargada de la casa, saltó discretamente de alegría al ver las chaplas y el queso, y esgrimió una bella sonrisa que perfiló su noble nariz aguileña de nativa peruana pura y sin mezcla alguna. Ese día almorzamos vizcachas, con polenta y vino, nos sentamos alrededor de la mesa con Carlos presente que fue a su casa y regresó corriendo para no perderse el polentonne que hacía la mamma. Recuerdo todo como en una foto revelada a la usanza de esos tiempos, con los colores algo opacos y eternos, la camisa a cuadros de mi hermano Oscar, su sonrisa de aprobación mientras se chupaba los dedos, y estudiaba anatómicamente los huesos que iba limpiando.

Esa tarde, acomodé mis armas en el armero, puse las municiones restantes en el cajón de municiones, recorrí con la vista los trofeos de caza que pendían en las paredes de mi habitación, los arpones de pesca submarina con los que cazapa peces bajo las aguas del pacífico, mi tabla  hawaiana con la que remontaba las olas, y me sentí feliz de estar en mi propia habitación, decorada con esas cortinas azules que mi madre me hizo escoger, con la alfombra azul y la cubrecama azul, el escritorio y la biblioteca con vitrinas donde tenía pájaros disecados y antiguos revólveres en exhibición. Aspiré al aroma a madera que expelía silenciosa la biblioteca.  Caí en la cama rendido, y entré en el adormecimiento vigilante que dispara el cerebro, estaba entrando en el sueño profundo, cuando de pronto, percibí la presencia observante de alguien, entonces abrí los ojos para ver quien era, pensando que se trataba de mi hermano o mi madre, la sorpresa fue grande: no era ninguno de ellos. Enfrente tenía a una mujer vestida de negro, que me miraba desde una dimensión imposible, espectral; su rostro estaba cubierto por un velo negro y se hallaba rígida ante mí, su tétrica presencia no sólo me crispó totalmente, sentí que no podía moverme, quería gritar, y al mismo tiempo sentía que mi rostro se iba deformando, en un rictus aterrado, con los labios arqueados y los ojos abiertos, era como estar muerto y ver la vida a través de esa ventana imposible, esa ventana que nadie puede cruzar de regreso, desde donde se ven dos partes de la existencia. El grito estaba atorado en el fondo de mi garganta, y no podía hacer nada, hasta que de un segundo a otro, la mujer se desvaneció, y mi cuerpo recobró la compostura de la vida, mi corazón retomó su ritmo y mi rostro se distendió.

Hasta hoy, y siempre estaré convencido que esa mujer que estuvo frente a mi, así como otros visitantes, fue y son, los emisarios de la muerte que aún rondan mi vida y no se animaron a llevarme a aquel reino desconocido al que todos llegaremos.

Ivo Moran Albonico Gasparotto  Buenos Aires febrero 2010

Tags: cuentos

servido por Ivo sin comentarios compártelo

sin comentarios · Escribe aquí tu comentario

Escribe tu comentario


Sobre mí

Avatar de Ivo

palosanto

Lima, España
ver perfil »
contacto »

Últimos comentarios

Fotos

Ivo Moran todavía no ha subido ninguna foto.

¡Anímale a hacerlo!

Categorías

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?

Crea tu blog gratis en La Coctelera